SUPLEMENTO

80 años de su asesinato: ¿Qué puede decirnos sobre Venezuela el marxismo de Trotsky?

Ángel Arias

80 años de su asesinato: ¿Qué puede decirnos sobre Venezuela el marxismo de Trotsky?

Ángel Arias

En este artículo vamos a hablar de Trotsky y de Venezuela. Como es sabido, León Trotsky fue asesinado en México en agosto de 1940, por un agente encubierto al servicio de la burocracia stalinista de la URSS. Un hecho que completaba la cadena de asesinatos con que la burocracia gobernante resolvía por vía criminal la feroz lucha política entablada al interior de la Unión Soviética –e incluso más allá de sus fronteras. En su estancia en México, pudo ver en directo el fenómeno del cardenismo, estudiar más de cerca América Latina, mantener discusiones con dirigentes proletarios de la región y desarrollar aportes de relevancia para las y los revolucionarios de esta parte del mundo.

Luego de la revolución rusa, los otros procesos revolucionarios que se dieron en esos años fueron derrotados (en Hungría, en Alemania, en Italia, más tarde en China), dejando en el aislamiento a la Rusia devastada y atrasada económicamente, con las masas extenuadas por los largos años de guerra y las múltiples penurias (primero la guerra mundial, luego la interna), una porción considerable de los cuadros y militantes obreros bolcheviques murieron en la guerra civil.

Todas estas circunstancias trajeron profundos cambios en las fuerzas sociales, se desarrolló una casta burocrática que consolidaba su propio poder a expensas del retroceso de las masas y expropiándoles el lugar que habían ocupado en los primeros años del triunfo revolucionario, sustituyendo la democracia de los soviets (los consejos de obreros y campesinos) por un régimen policíaco, descabezando incluso al propio partido que hizo posible la revolución: casi todos los miembros del comité central del partido bolchevique que en 1917 dirigió la revolución junto a Lenin y Trotsky, terminaron asesinados o muriendo en las cárceles por decisión de esa burocracia, gran parte de la cual, dicho sea de paso, no formaba parte del partido bolchevique cuando este encabezó la revolución ni durante los primeros años de la misma. Y si esa fue la suerte de la dirección del partido revolucionario, aguas abajo se expresó en la persecución y encarcelamientos en masa de decenas de miles de militantes revolucionarios. Fue esa burocracia también la que se inventó convenientemente lo del “socialismo en un solo país”.

Es en todo este proceso que se desarrolla la lucha entre esa nueva casta y los revolucionarios que se oponían por izquierda a la burocratización y al abandono de la lucha por la revolución socialista internacional. Trotsky era el máximo exponente de esa Oposición de Izquierda, que luchaba por el desplazamiento de la casta burocrática a manos de una nueva revolución, que preservara las bases de la economía socializada, sin capitalistas, pero que transformara todo el régimen político retornando a la democracia soviética.

Con este breve preámbulo ponemos, como se dice, en contexto, sobre la figura de quien tomamos sus ideas. Como parte de las diversas actividades llevadas a cabo en este nuevo aniversario de este detestable hecho, desde la Fracción Trotskista por la Cuarta Internacional (FT-CI) realizamos un novedoso video-documental internacionalexplicando parte de las ideas y concepciones de Trotsky que resultan pertinentes para las luchas planteadas hoy contra el capitalismo y su barbarie. En este artículo nos centraremos solo en algunas de las cuestiones específicas –que hemos plasmado también en un material audiovisual– que ayudan a la comprensión de nuestro país y su más reciente proceso político.

El análisis de los nacionalismos burgueses como “bonapartismo sui generis”

¡Yendo al grano! ¿Pueden decirnos algo sobre Venezuela en general, y el chavismo en particular, las elaboraciones de Trotsky? ¡Por supuesto que sí, y mucho! Como hemos dicho en numerosas ocasiones, el chavismo fue la expresión más reciente de un fenómeno más o menos recurrente en la historia de América Latina: el nacionalismo burgués. Claro, estamos acostumbrados a oírlo nombrar como supuesto “socialismo”, pero eso es cuento, no tiene nada que ver, y ya lo veremos en seguida.

Uno de los casos emblemáticos de ese tipo de fenómenos tuvo lugar en México, el régimen del general Lázaro Cárdenas (entre 1934 y 1940), precedido de la gran revolución mexicana (1910-1917) –que aunque frustrada, se mantuvo presente y agitando la realidad nacional–, y precedido también de un ascenso de luchas obreras. En medio de una crisis económica y social en México –incluyendo los impactos de la Gran Depresión de los años 30’s–, y estando las potencias encaminándose a una nueva guerra mundial, Cárdenas, además de dar nuevos pasos en la reforma agraria, en 1937 nacionaliza 100% los ferrocarriles (que eran sociedad mixta con mayoría estatal), y en 1938 expropia las compañías petroleras, que estaban manos de capitales estadounidenses y británicos, pasándolas a control del Estado mexicano.

Veamos que no hablamos de comprarles a las transnacionales sus acciones a precio de mercado, o darle jugosas indemnizaciones, para luego hacer con estas empresas mixtas, que fue básicamente lo que hizo aquí Chávez, no: Cárdenas suprime la sociedad mixta en los ferrocarriles para que sea totalmente pública, y estatiza toda la industria petrolera, pagándole a las transnacionales indemnizaciones inferiores a las que éstas reclamaban. ¡Obvio, los imperialismos estadounidense e inglés pegaron el grito en el cielo!, le impusieron un bloqueo petrolero y acusaban a Cárdenas nada más y nada menos que de jugar a favor del fascismo alemán –por supuestamente privarlos a ellos del petróleo mexicano, ¡cuando eran ellos los que le imponían a México el boicot!

En el marco de grandes movilizaciones de obreros y campesinos para apoyar las medidas del gobierno y rechazar la hostilidad imperialista, los ferrocarriles fueron entregados a una administración obrera. Sí, así como se oye, no a burócratas de un ministerio, sino en manos del sindicato. Y en el petróleo se instituyó una especie de cogestión entre el Estado y los sindicatos, dándole a estos importantes espacios en la dirección de la industria. Todo esto, por supuesto, tuvo grandes límites: los ferrocarriles estaban prácticamente en quiebra cuando se los dieron a la administración sindical; el gobierno impidió decisiones de la gestión obrera que hubiesen podido ayudar a mejorar la crisis; los sindicatos, a su vez, no expresaban a las bases de los trabajadores sino que eran burócratas duramente autoritarios y antidemocráticos contra las bases, entre otros límites que veremos ahora.

Pero es importante mostrar estos hechos para ilustrar algo: las medidas nacionalistas del chavismo no fueron una novedad en la historia de América Latina, incluso fueron bastante más tímidas que las de gobiernos similares en el siglo XX. Otro ejemplo es el general Velasco Alvarado (que gobernó Perú entre 1968-1975), también expropió las compañías petroleras, estatizó las minas, el acero, etc., que estaban en manos extranjeras, dispuso que las empresas privadas compartieran parte de sus ganancias y acciones con los trabajadores, etc. Si se revisa el siglo XX latinoamericano, veremos otros casos parecidos. Precisamente, allí entran las definiciones y aportes de Trotsky.

Analizando el cardenismo, Trotsky escribió: “En los países industrialmente atrasados el capital extranjero juega un rol decisivo. De ahí la relativa debilidad de la burguesía nacional en relación al proletariado nacional”. Esto genera, dice, “condiciones especiales de poder estatal”, puesto que “el gobierno oscila entre el capital extranjero y el nacional”, así como también “entre la relativamente débil burguesía nacional y el relativamente poderoso proletariado”.

Detengámonos ahí: el rol decisivo del capital extranjero en la economía nacional. En México los capitales imperialistas no solo controlaban el petróleo, sino que tenían presencia mayoritaria en la minería, la industria metalúrgica, las comunicaciones, los bancos, etc. Esto, evidentemente, obstaculiza el desarrollo nacional: las ganancias y los recursos de la economía están al servicio de las necesidades del capital extranjero, no del país. Esta realidad era más o menos la misma en toda América Latina, y habiendo pasado hoy casi un siglo, no es muy diferente, aunque con nuevos actores.

Entonces el Estado oscila entre ese poderoso capital extranjero con presencia en el país, y relativo poder de la burguesía nacional, pero también entre esa burguesía nacional y la clase trabajadora. Esto, dice Trotsky, “le asigna al gobierno un carácter bonapartista sui generis, de índole particular”.

¡Bonapartismo! Para decirlo de una manera simplificada: en la tradición del marxismo, tomando como referencia el régimen de Luis Bonaparte a mediados del siglo XIX en Francia, se designa así a regímenes políticos en los que, a decir de Engels, el Estado “como mediador aparente” en el conflicto entre las clases, “adquiere cierta independencia momentánea” y parece no obedecer a los intereses de ninguna clase en particular; se articula alrededor de un gobierno fuerte, que hace a un lado ciertos mecanismos de negociación y consenso, en función del poder discrecional de un líder, generalmente proveniente de los estamentos militares o apoyado en estos. En los bonapartismos, la clase económicamente dominante pierde el control directo sobre el régimen político, aunque éste sigue sirviendo, a su manera, a esos intereses.

Entonces, dice Trotsky que en países como los de América Latina, el bonapartismo adquiere un carácter sui generis, particular. ¿Por qué? Por la presencia decisiva de los capitales imperialistas en la vida nacional. El régimen político entonces, como en el bonapartismo clásico, “Se eleva, por así decirlo, por encima de las clases”, pero “puede gobernar, o bien convirtiéndose en instrumento del capital extranjero y sometiendo al proletariado con las cadenas de una dictadura policial, o maniobrando con el proletariado, llegando incluso a hacerle concesiones”, ganando así “la posibilidad de disponer de cierta libertad en relación a los capitalistas extranjeros”.

En la variante de bonapartismos sui generis que actúan como instrumentos del capital extranjero y someten con mano de hierro a los trabajadores, tenemos a las clásicas dictaduras militares latinoamericanas; aquí el régimen de Pérez Jiménez tuvo bastante de esas características. El cardenismo entraba en la otra variante, correspondía, dice Trotsky, al “período en el que la burguesía nacional busca obtener un poco más de independencia” frente a los imperialistas extranjeros, así “está obligada a coquetear con los obreros, con los campesinos, y entonces tenemos el hombre fuerte del país, orientado hacia la izquierda como sucede ahora en México”.

Las burguesías nacionales, que si bien clase dominante al interior de nuestros países, tienen una relación subordinada con el gran capital imperialista y sus Estados: eventualmente pueden aspirar a aflojarse esas cadenas, dando pie a los nacionalismos burgueses.

El chavismo: un régimen con rasgos de bonapartismo sui generis orientado a izquierda

Esta definición es de mucha utilidad para comprender el régimen de Chávez.

Es indiscutible la presencia decisiva del capital extranjero en nuestro país a lo largo del siglo XX, no solo en petróleo y gas, también en los bancos, el sector automotriz, la construcción, la minería, industria de la alimentación, químico-farmacéuticas, etc. Históricamente se configuró la economía nacional en función de las necesidades de esos capitales extranjeros, mientras el país seguía en el llamado “subdesarrollo”. Con la ofensiva privatizadora de los 90’s esos capitales ocuparon más espacio en la banca, las comunicaciones, la siderurgia, las cementeras y la electricidad.

Así mismo, es claro también que el régimen político, con Chávez, desarrolló esas características de cobrar relativa independencia con relación a las clases sociales, sin que, en teoría, ninguna le dictara la pauta. Tuvimos al “hombre fuerte de la nación” llevando adelante algunas medidas nacionalistas, estatizando diversas empresas o re-nacionalizando las que habían sido entregadas al capital extranjero en los 90’s, disponiendo de un considerable margen de maniobra frente a los capitales imperialistas al apoyarse en la movilización de masas, a quienes a su vez les otorgó concesiones sociales y económicas.

La perspectiva de la revolución permanente

Ahora bien, ¿eran capaces estos regímenes de liberar realmente la economía nacional del control de los capitales imperialistas, asumir plena soberanía sobre todos los recursos de la nación y conducirlas así al desarrollo? Trotsky dirá que no. Y esto tiene que ver con uno de sus aportes más destacados al marxismo:la teoría-programa de la revolución permanente.

Trotsky retoma y actualiza una perspectiva planteada por Marx a mediados del XIX. Uno de los aspectos de esta perspectiva de Trotsky es que, en la época del capitalismo imperialista, si bien los países de desarrollo capitalista rezagado tienen por delante tareas históricas que no son directamente anticapitalistas o socialistas, como lograr naciones plenamente soberanas, acabar con la propiedad terrateniente, desarrollar las fuerza productivas nacionales, etc., las burguesías de esos países no son capaces de llevar adelante estas tareas “democrático-burguesas” que sí llevaron adelante en su momento las burguesías de los países ahora imperialistas.

Esto es así porque en esta época, de un mercado mundial y división internacional del trabajo, la falta de soberanía real de nuestras naciones y su atraso económico y social, están en relación directa con la incursión y dominación que ejercen los capitales imperialistas y sus Estados. Por tanto una verdadera emancipación nacional y el pleno desarrollo de las capacidades productivas requiere llevar adelante un programa de medidas radicales como la expropiación de los capitales imperialistas, desconocer las deudas externas y demás pactos económicos, políticos y militares que nos atan a sus intereses; así como una revolución en el campo que liquide realmente el latifundio.

¿Qué fuerzas sociales de la nación pueden llevar adelante tales tareas históricas? Con base a la experiencia histórica disponible a finales de los años 20’s, Trotsky señaló que las burguesías nacionales se mostraban incapaces de encabezar hasta sus últimas consecuencias este enfrentamiento con el imperialismo (y con los intereses terratenientes en el campo). De manera que solo una revolución de trabajadores y campesinos, encabezada por la clase obrera, podría llevar hasta el final estas tareas [1]; sin embargo, una revolución así, no podría detenerse en esas tareas “democrático-burguesas”, sino que para cumplir íntegramente con los objetivos nacionales de emancipación y desarrollo se encontraría también ante la necesidad de avanzar sobre los intereses de la burguesía nacional, de expropiarla y socializar sus bienes, por lo cual la revolución no sería solo de liberación nacional, antiimperialista, sino que se transforma directamente en socialista [2].

Esta relación entre la emancipación nacional y la revolución socialista, esa mecánica de las fuerzas sociales en la lucha antiimperialista, que señala que solo una revolución proletaria puede llevarla hasta el final, es indispensable para entender América Latina y nuestro país. Toda la historia siguiente de nuestra región confirmó, por la negativa, esa perspectiva de Trotsky: ¿qué nacionalismo burgués llevó hasta el final la emancipación nacional frente a los capitales imperialistas, la liquidación de la propiedad terrateniente y el pleno desarrollo de las fuerzas productivas nacionales? ¡Ninguno! No lo hizo el cardenismo, ni el peronismo, ni Velasco Alvarado… no lo hizo Chávez.

Cuba, el único país de América Latina que conquistó realmente su emancipación frente a la dominación imperialista, es la confirmación, por la positiva, de esa perspectiva permanentista: solo trastocándose en revolución socialista (expropiando tanto al capital imperialista como a la burguesía local y los terratenientes, suprimiendo la propiedad privada) pudo llevarse hasta el final el movimiento histórico hacia la liberación nacional y la liquidación del latifundio; y por supuesto, no fue la burguesía cubana la que llevó adelante esas tareas. Aunque por una combinación excepcional de circunstancias, no fue un partido proletario –ni organismos de democracia directa, como los soviets– quien condujo ese proceso, y la burocracia desarrollada a partir del partido-ejército triunfante adoptó también, a su manera, la idea de “socialismo en un solo país”, truncando así la dinámica internacional que, necesariamente, tiene la lucha por la revolución socialista, único terreno donde esta puede triunfar definitivamente (que es otro de los aspectos de la perspectiva de la revolución permanente); lo que sin embargo sería tema de otra discusión [3].

Aquí, bajo Chávez, la economía nacional siguió subordinada a transferir gran parte de sus recursos al capital imperialista: mediante la deuda externa, mediante las ganancias que se llevan las transnacionales instaladas aquí, mediante ser un mero proveedor de materia prima a las potencias y comprador de los productos de sus industrias. Aquí el petróleo nunca fue 100% nacional y público, sino que se mantuvieron los pulpos imperialistas de toda la vida y se incorporaron los capitales chinos y rusos. Aquí no se liquidó ni de cerca el latifundismo, mucho menos, por supuesto, se desarrollaron las fuerzas productivas.

Chávez: a la búsqueda de una burguesía nacionalista y productiva

Ahora bien, alguien podría objetar: “toda esta lógica está articulada alrededor de la idea de que estos regímenes políticos lo que expresan es un interés burgués de mayor independencia ante el imperialismo, pero que por ser proyectos capitalistas no llevan hasta el final esa lucha, sin embargo, ¿qué burguesía nacionalista expresaba Chávez, si la burguesía venezolana lo enfrentó, más bien alineándose con el imperialismo?, no tenía ningún sector burgués de peso que lo acompañara”. ¡Eso es sí y no!

En primer lugar, no hace falta ser un empresario para encabezar un proyecto político capitalista, por otro lado, aunque Chávez y su movimiento no provenían de los partidos orgánicos de la burguesía, sí provenían de un pilar clave del Estado burgués: las FF.AA. Aparte de eso, si bien la mayoría de la burguesía nacional no acompañó a Chávez, sí lo hicieron importantes sectores de la burguesía media, y no tan media. Si no, ¿qué es acaso Fedeindustrias? ¿Y Empreven (Empresarios por Venezuela)? ¿Y la Federación de Ganaderos de Venezuela (Fegaven)? ¿Y la Cámara Bolivariana de la Construcción? ¿Y el “Frente de Empresarios ‘Socialistas’”? ¿Y quiénes son los Volmer, Ruperti, Cudemus, Van Dam, los Pérez Abad, el propio Oswaldo Cisneros, sino connotados burgueses aliados del gobierno de Chávez? Pero vayamos más allá: ¿acaso no se formó además bajo el chavismo todo un nuevo sector de la burguesía venezolana? Sí. ¡Y eso no es accidental, no es solo un indeseado producto de la corrupción!

Chávez siempre pidió una burguesía nacionalista y productiva que abrazara su proyecto. Decía: “Queremos un sector privado nacionalista, comprometido con el pueblo de Venezuela y con la patria”. Siempre dejó claro que su “socialismo” no implicaba abolir la propiedad burguesa, o sea, no era socialismo nada. Afirmaba claramente: “Nosotros no tenemos prevista la eliminación de la propiedad privada, ni la grande ni la pequeña”. Su gran punto era que la burguesía venezolana dejara de ser parasitaria y se volviera productiva y “nacionalista” para “desarrollar el país”, por eso es un nacionalismo burgués.

Se los explicaba a los empresarios con esta claridad:

“…este Gobierno no está subordinado a ningún otro interés que no sea el interés nacional… y cuando defendemos el interés nacional, estamos al mismo tiempo defendiendo el interés del sector privado nacional, no son contradictorios… están absolutamente ligados”.

Chávez buscó una y otra vez convencer a la burguesía venezolana de que el desarrollo nacional lo concebía como desarrollo con la clase capitalista nacional:

“defendemos la tesis de la necesidad de potenciar el sector privado nacional, de impulsar un modelo de acumulación de capital nacional, de potenciar la fuerza productiva nacional y allí está nuestro proyecto, está asentado sobre esa idea (…) ese es un modelo en el cual imprescindible es una alianza estratégica del Gobierno, el sector público nacional con el sector privado venezolano (…) Con esto ratifico que nosotros necesitamos un sector privado verdaderamente emprendedor, nacionalista” [4].

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Por eso la pugna con los capitales imperialistas para que el país captara un poco más de la renta y control sobre algunas áreas de la economía nacional, no era solo para la llamada inversión social, era también para que el Estado tuviera más recursos para darle a esos burgueses que, supuestamente, iban a desarrollar el país. La lógica básica de la famosa “siembra del petróleo” es esa: poner los recursos de la renta petrolera pública en manos de unos empresarios para que supuestamente desarrollen la industria y la agricultura del país. ¡Y vaya que el chavismo transfirió renta pública hacia los empresarios del país, tanto a los tradicionales como a los nuevos burgueses! ¡Y vaya que antes del chavismo todos los otros regímenes también le dieron renta a la burguesía venezolana! ¡Y aún estamos esperando el desarrollo!

Si quiere llámelo capitalismo de Estado, porque el socialismo es otra cosa muy distinta

Volviendo al bonapartismo sui generis girado a izquierda. ¿Qué actitud habría que tener entonces ante estos regímenes y sus medidas, que ciertamente cuentan con gran apoyo de masas y acuden a movilizarlas?

Trotsky señalaba que, por supuesto, había que defender el pleno derecho de la nación a decidir soberanamente las medidas que considerase necesarias contra los capitales imperialistas, pero apuntaba:

“Estas medidas –refiriéndose a las de Cárdenas–, se encuadran enteramente en los marcos del capitalismo de Estado. Sin embargo, en un país semicolonial, el capitalismo de Estado se halla bajo la gran presión del capital privado extranjero y de sus gobiernos, y no puede mantenerse sin el apoyo activo de los trabajadores”, los moviliza, pero “sin dejar que el poder real se le escape de las manos”. Y agrega: “Sería un error desastroso, un completo engaño, afirmar que el camino al socialismo no pasa por la revolución proletaria, sino por la nacionalización que haga el estado burgués en algunas ramas de la industria”.

¿Útil esta reflexión para Venezuela, no?

Aprovechemos de aclarar: cuando se habla de socialismo se habla de una economía sin capitalistas privados, ni banqueros ni terratenientes, basada en la propiedad común de los medios de producción y las finanzas, con la clase trabajadora ejerciendo el poder político de la sociedad, con sus propios organismos de democracia directa, sobre las ruinas de todas las instituciones que hoy conocemos del Estado burgués.

El rol de contención social del bonapartismo: no busca hacer la revolución obrera y popular sino evitarla

Pero la elevación de la clase trabajadora a clase gobernante y la supresión de la explotación capitalista no están entre los planes de estos proyectos. Este bonapartismo se apoya en la movilización de las masas contra las amenazas imperialistas y los ataques de los sectores más regresivos de la clase dominante local, pero al mismo tiempo las controla, les impone límites, busca subordinarlas a la disciplina del Estado burgués y, en especial, subordinarlas a la autoridad del líder bonapartista.

Una de las características de estos regímenes es que surgen precisamente en momentos de aguda crisis y convulsión social, y no se proponen aprovechar para desarrollar la energía revolucionaria de las masas para barrer el orden económico y social existente, y reorganizar la sociedad sobre nuevas bases, ¡no!, surgen para hacer de “árbitros” en la profunda crisis, buscando reordenar la misma sociedad capitalista, con algunas reformas y cambios que, en teoría, apuntarían al “desarrollo nacional”. “De la Venezuela rentista a la Venezuela productiva”, era el gran lema.

Aquí el chavismo, como sabemos, surge en medio de la profunda crisis económica, social y política de los 90’s, con el Estado burgués resquebrajado, con sus instituciones sumidas en una gran ilegitimidad ante la población y con los trabajadores, estudiantes y sectores populares protagonizando un ascenso de luchas. ¿Ante eso, qué dijo Chávez en su primer discurso al asumir en 1999?

“No queremos más rebeliones (…) Es un pueblo que recuperó por su propia acción, por sus propios dolores, por sus propios amores (…) la conciencia de sí mismo y allí está clamando, en las afueras del Capitolio y por donde quiera que vayamos (…) y yo tengo la certeza de que nosotros le vamos a dar cauce pacífico, que nosotros le vamos a dar cauce democrático a esa revolución que anda desatada por todas partes (…) Ese pueblo necesita cauce (…) Asumamos con coraje y con valentía la tarea de darle cauce a la revolución venezolana de este tiempo o la revolución nos pasa por encima, tenemos dos alternativas, son dos opciones que tenemos: o le damos cauce a esa fuerza o esa fuerza nos pasa por encima” [5].

¿Qué les decía a los empresarios en 2004, aún después que estos fueron parte del golpe y el paro patronal golpista? Refiriéndose a las misiones, los aumentos de salarios, etc., les decía:

“Cuando nosotros estamos haciendo ese gigantesco esfuerzo para bajar las presiones sociales… estamos contribuyendo a un clima de estabilidad en el país… hasta que logremos desactivar la bomba social… El peligro de que en Venezuela, producto de la miseria, la pobreza y la desigualdad… ocurran hechos… como los que ya ocurrieron en 1989… Cuando hacemos eso estamos también salvaguardando los intereses del sector privado nacional, no solo de los que reciben educación, no solo de los que reciben atención médica a tiempo; no, también, repito, del sector privado nacional” [6].

¿Qué decía luego de diez años en el gobierno, en 2009, ya asentado en el poder y habiendo pasado los enfrentamientos más duros?

“Si no fuera por este proceso de revolución democrática y pacífica no sé qué estaría pasando en Venezuela, no sé cuántos Caracazos tendríamos (...) No estarían los burgueses viviendo plácidamente como ahora”.

Ese era su papel bonapartista, y lo decía abiertamente. Su propósito histórico no era barrer con el orden burgués venezolano, era preservarlo en una versión (tibiamente) nacionalista.

Control estatal y mano dura con los trabajadores cuando van más allá de lo deseado por el gobierno

Por eso, cada vez que algún sector de trabajadores daba un paso más allá de lo que quería el gobierno o que con su lucha enfrentaban al Estado, Chávez y su gobierno respondían con mano dura y desarticulando esos procesos. Vamos a mostrar así sea brevemente algunos ejemplos, para ilustrar lo que planteamos, ya que, obviamente, la maquinaria de la propaganda oficial no muestra esos hechos.

Cuando los trabajadores del Metro de Caracas asomaron la posibilidad de un paro por sus derechos, en 2009, Chávez los amenazó con militarizar el metro. En más de una ocasión amenazó también a los trabajadores de Guayana con enfrentarlos “con todo el peso del Estado” si iban a huelga.

En 2009, cuando los obreros tomaron la Mitsubishi contra los despidos, el gobierno de Chávez se puso del lado del capital imperialista japonés, con una brutal represión asesinaron a dos obreros, luego amenazaron con meter la Guardia Nacional si los obreros no desalojaban la planta, después del desalojo aprobó los despidos, incluyendo la desarticulación del sindicato que dirigió la lucha. Cuando en 2008 en Sidor dejaba hacer y deshacer a Techint por sus buenas relaciones con los Kirchner, reprimió con saña a los obreros sidoristas que luchaban contra la empresa, con varios heridos de bala y decenas de detenidos, estos radicalizaron la lucha con grandes movilizaciones junto a sus familias, así entre la intransigencia de la transnacional y la firme lucha obrera que no pudo vencer ni con la dura represión, Chávez optó por re-nacionalizar Sidor, pero luego advirtió que consideraría “contrarrevolucionario” a todo aquel que exigiera la incorporación a nómina de los tercerizados.

De manera insistente cuestionó en muchas ocasiones derechos de contratos colectivos del sector público, diciendo que los trabajadores “serían egoístas” si exigían esos derechos y no entendieran que esos recursos hacían falta para otras necesidades del país,diciendo que no le iba a quitar dinero a las misiones para dárselo a los contratos colectivos. ¡O sea, si “no había plata” suficiente para los más pobres era por los derechos obreros, en lugar de señalar el dedo hacia la gran tajada que se quedaban los capitalistas extranjeros y nacionales, y la fiesta de fuga de dólares que bajo sus narices hacían los empresarios y altos burócratas de su entorno!

Cuando en 2007 en Puerto La Cruz los trabajadores petroleros se movilizaron por su contrato colectivo, esos mismos que habían luchado ejemplarmente contra el paro-sabotaje proimperialista de 2002, el gobierno respondió con represión, a perdigonazos e incluso un herido de bala.

Cuando hubo experiencias verdaderas de control obrero, donde los trabajadores querían dirigir ellos las empresas y no burócratas nombrados por el gobierno, el gobierno de Chávez les negó apoyo y las cercó económicamente, e incluso reprimió a los obreros, como en Sanitarios Maracay.

Chávez quería sindicatos obedientes al Estado y a su gobierno

También por ese rol bonapartista de disciplinar a los trabajadores, Chávez era un rotundo enemigo de la independencia de los sindicatos frente al Estado burgués, quería que estuvieran subordinados al partido de gobierno. Lo dijo abiertamente con afirmaciones como: “los sindicatos no quieren tener nada que ver con el partido ni con el gobierno, quieren ser autónomos, es una especie de chantaje”, se quejaba de que algunos sindicatos del propio chavismo no obedecían al PSUV “con el cuento de que son autónomos”, decía; mezclando citas de István Meszárós, afirmó:

“Se requiere… el brazo industrial y el brazo político. El partido, los sindicatos, pero no cada brazo por su lado. ¡Ah! No, que los sindicatos son autónomos (…) actúan como otro partido, tienen su dirección, toman decisiones de manera autónoma porque eso y que es la democracia (…) eso no puede ser así, bochinche, eso se llama bochinche y nosotros no vinimos a hacer bochinche” [7].

Se quejaba también en estos términos: “Vemos sindicatos que se dicen revolucionarios, que en una región (…) arremeten en contra de un gobernador, de un alcalde, o dentro de una fábrica en vez de pregonar la unidad, lo que hacen es sabotear a la fábrica o a la empresa”. O sea, llamaba “saboteo” a las luchas y, por supuesto, se ponía del lado de la burocracia, de los gobernadores, alcaldes y directores de las empresas. Dijo que la autonomía sindical era “un veneno heredado de la IV República” y que había que “batallar contra eso”, que los sindicatos no debían ser autónomos y que “habría que terminar con eso”.

Es decir, que las organizaciones de los trabajadores fueran patronales y obedientes a su gobierno. De hecho, la nueva Ley Orgánica de los Trabajadores de Chávez, le dio al Estado más injerencia en los sindicatos, en especial para controlar sus elecciones internas.

Y en consonancia con todo eso, el bonapartismo también se expresó en leyes mucho más duras del Estado contra las luchas de los trabajadores. Todas esas leyes que hoy Maduro y las FFAA emplean para amedrentar y hasta encarcelar trabajadores, ¡no fueron creadas solo bajo Maduro, no, muchas se hicieron bajo Chávez cuando este tenía mayoría absoluta en la Asamblea Nacional! Ya desde su gobierno se hicieron nuevas leyes o reformas en las que se pasaba a considerar “delito” los paros, movilizaciones y huelgas en muchos sectores de la clase obrera y en muchos sectores del país.

Así el mismo Estado que decretaba aumentos de salarios, otorgaba la inamovilidad laboral, que ponía algunos límites al despotismo del capital privado, que movilizaba a los trabajadores para resistir la imperialismo, al mismo tiempo se armaba legalmente para criminalizar y frenar las luchas que por su propia cuenta diera la clase trabajadora.

Lo mismo en el movimiento campesino: la Ley de Tierras que plantea cierto reparto de tierras, estableció al mismo tiempo que los campesinos que rescaten tierras por su propia acción de lucha, sin contar con el procedimiento del gobierno, pierden automáticamente el derecho al reparto de tierras. ¡No es por sus propios métodos de lucha, no, todo supeditado a la decisión del Estado burgués! Su objetivo es hacer de “árbitro” en la lucha de clases en el campo, no es darle rienda suelta a la lucha revolucionaria de los campesinos, sino disciplinarla. Por eso, entre otras cosas, no se acabó con el latifundio.

Una cuestión de principios y estratégica: la independencia política de la clase trabajadora

Todo esto es así porque ese mismo “bonaparte” que “se eleva por encima de las clases”, para ser el “hombre fuerte” de la nación ante el capital imperialista y ante las diferentes clases sociales del país, golpea a uno y otro lado según lo necesite, golpea también a las clases explotadas cuando se radicalizan o cuando intentan luchar con sus propios métodos. Por eso, afirmaba Trotsky:

“la independencia del proletariado incluso en el comienzo de este movimiento, es absolutamente necesaria (…) la independencia íntegra de nuestra organización, de nuestro programa, de nuestro partido” [8].

Decía también el experimentado revolucionario que:

“Este tutelaje del estado está determinado por dos grandes tareas que éste debe encarar: en primer lugar atraer a la clase obrera, para así ganar un punto de apoyo para la resistencia a las pretensiones excesivas por parte del imperialismo y al mismo tiempo disciplinar a los mismos obreros poniéndolos bajo control de una burocracia” [9].

Al empeñarse en regimentar a las masas en los límites de la disciplina estatal “nacionalista”, estos regímenes bloquean de hecho las posibilidades de una verdadera lucha nacional antiimperialista hasta el final, que pueda cumplir con las tareas que señalamos antes, porque esta lucha implica más bien desatar toda la energía e iniciativa revolucionaria de las clases explotadas y oprimidas del país. Al disciplinar, estatizar y regimentar a los trabajadores, campesinos y pobres urbanos, en los marcos de un tibio nacionalismo burgués, estos proyectos dilapidan el apoyo de masas: teniendo apoyo obrero y popular como para ir por más y romper realmente la dependencia y el atraso, no lo hacen.

Así fue cómo en nuestro país, a pesar de la abundante fraseología contra la “burguesía parasitaria”, Chávez de todos modos preservó a la burguesía nacional como clase social, y además, propició un nuevo capítulo en la historia nacional de cómo la renta pública se convierte en capital privado dando nacimiento a nuevos grupos de burgueses. La clase trabajadora siguió, como siempre en el capitalismo, siendo una clase económica y socialmente subordinada al poder de los capitalistas y a los patronos. El poder político siguió estando en manos del Estado burgués y no hubo nada ni de lejos parecido a un gobierno propio de los trabajadores. Por otro lado, cuando sobrevino la crisis económica del capitalismo rentístico y dependiente, todos esos elementos que logró Chávez de control del Estado sobre el movimiento obrero, campesino y popular, han sido aprovechados y profundizados al extremo por su sucesor para imponer un gobierno abiertamente antiobrero y antipopular.

Oposición por izquierda a Chávez, desde el marxismo de Trotsky

Anclados en estos aportes de León Trotsky, en la perspectiva de la revolución permanente y la definición de bonapartismo sui generis, fue que desde nuestra corriente internacional y nuestra organización aquí en Venezuela, nos mantuvimos independientes del proyecto de Chávez. Enfrentando por supuesto los ataques de la reacción proimperialista como el golpe de abril o el paro patronal y sabotaje petrolero, denunciando cada ataque del capital imperialista y defendiendo el derecho del país a tomar soberanamente las medidas que considerase necesarias contra estos, pero interviniendo en el movimiento obrero, estudiantil y de mujeres siempre opuestos por izquierda al proyecto de Chávez y sus políticas.

Siempre planteando la necesidad de construir una alternativa política verdaderamente revolucionaria de los trabajadores, dando batallas políticas contra las corrientes que insistían en que era apoyando a Chávez como supuestamente, se podían acumular fuerzas proletarias para avanzar al socialismo. ¡Hoy es evidente que esa “estrategia” fue un fracaso, no hubo ninguna acumulación de fuerzas en ese sentido, todo lo contrario: la clase obrera hoy es más débil ante el capital y ante el Estado burgués!

Peor aún, al cambiar la bonanza económica petrolera, ya con Maduro en el gobierno, el resultado ha sido una catástrofe económica y social sin precedentes, en la que la han hecho pagar al pueblo trabajador el colapso histórico en que ha terminado el capitalismo venezolano bajo administración del chavismo. La clase obrera lleva años sufriendo grandes calamidades y una brutal pérdida de conquistas históricas, sin tener capacidad para responder a la altura de los ataques. A esto condujo la idea de que la "liberación nacional" y la emancipación social podían alcanzarse dando apoyo a un proyecto tibiamente nacionalista burgués.

Eso sería tema de interés para otro artículo. Por ahora, gracias por la paciencia si llegaron hasta aquí, y esperamos haber logrado el objetivo de mostrar la utilidad y la actualidad de algunos de los aportes de Trotsky para comprender un proceso reciente y tan importante en nuestro país como el chavismo.

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NOTAS AL PIE

[1Señala en la tesis 2: “Con respecto a los países de desarrollo burgués retrasado, y en particular de los coloniales y semicoloniales, la teoría de la revolución permanente significa que, la resolución íntegra y efectiva de sus fines democráticos y de su emancipación nacional tan sólo puede concebirse por medio de la dictadura del proletariado, empuñando éste el Poder, como caudillo de la nación oprimida y, ante todo, de sus masas campesinas”.

[2La tesis 8 dice textualmente: “La dictadura del proletariado, que sube al poder en calidad de caudillo de la revolución democrática, se encuentra inevitable y repentinamente, al triunfar, ante objetivos relacionados con profundas transformaciones del derecho de propiedad burguesa. La revolución democrática se transforma directamente en socialista, convirtiéndose con ello en permanente”.

[3La revolución china de 1949 también demuestra esta dinámica: no fue la burguesía china la que llevó al país a su liberación nacional, la conquista de la unidad nacional, la liquidación del latifundio y un nuevo salto en el desarrollo de las fuerzas productivas, al contrario, ya esa burguesía había demostrado su inutilidad histórica para llevar adelante esos objetivos en las anteriores revoluciones chinas de 1911 y 1925-27. Solo tomando medidas socialistas pudo China conquistar esos avances históricos. Por supuesto, al quedarse en los estrechos marcos de un solo país, además atrasado económicamente, este proceso tuvo un techo y grandes límites, girando décadas después hacia reformas procapitalistas. Pero eso sería tema de otra discusión, lo que es indiscutible, es que fue mediante una revolución socialista, y no solo “nacional” ni encabezada por la burguesía, como pudo conquistar su emancipación nacional. Para un análisis actual de esta cuestión, puede verse: “Los contornos del capitalismo en China”.

[4Ver: “El Comandante Presidente Hugo Chávez habla con los Empresarios”, Hotel Maruma, Maracaibo, 23/06/2004.

[5En el enlace (link) arriba puede verse el discurso completo. La transcripción del discurso puede encontrarse en la página oficial Todo Chávez: “Toma de Posesión del Comandante Presidente Hugo Rafael Chávez Frías”.

[6Ver: “El Presidente habla con los empresarios”, Hotel Caracas Hilton, 29/07/2004.

[7“Primer Evento con Propulsores del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV)”, 24/03/2007.

[8“Discusión sobre América Latina”, 4 de noviembre de 1938.

[9León Trotsky: “Los sindicatos en la época del imperialismo”.
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Ángel Arias

Sociólogo y trabajador del MinTrabajo @angelariaslts
Sociólogo venezolano, nacido en 1983, ex dirigente estudiantil de la UCV, militante de la Liga de Trabajadores por el Socialismo (LTS) y columnista de La Izquierda Diario Venezuela.
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