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Capitalismo y patriarcado, un debate que tiene historia

Brenda Hamilton

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Fotomontaje: Juan Atacho

Capitalismo y patriarcado, un debate que tiene historia

Brenda Hamilton

En el año de la marea verde es indispensable sacar lecciones de la historia del movimiento de mujeres para pensar nuestro presente. Muchas de las discusiones que lo atraviesan hoy tienen un largo recorrido. En este artículo hacemos una radiografía del texto en donde Evelyn Reed, en el marco de la segunda ola feminista de los Estados Unidos, abordó el debate sobre las relaciones patriarcado y capitalismo: La mujer: ¿casta, clase o sexo oprimido?

Evelyn Reed fue activista y teórica en los estudios de género, mientras se desarrollaba como dirigente del Socialist Workers Party (SWP) de Estados Unidos. En 1939 viajó a México y tuvo la oportunidad de entrevistarse con León Trotsky y Natalia Sedova, que se encontraban exiliados por la persecución estalinista. Allí también comenzó su diálogo con James Cannon para ingresar en 1940 a las filas del SWP –luego del asesinato de Trotsky–, donde se desempeñará como redactora del periódico partidario, en el que colaboró con diversas publicaciones sobre teoría marxista y feminismo hasta su muerte en 1979.

En el artículo, publicado por Evelyn Reed en septiembre de 1970 en International Socialist Review –publicación del SWP norteamericano–, “La mujer: ¿casta, clase o sexo oprimido?”, se debatirá desde el marxismo con una de las principales tendencias de la época, la del feminismo radical.

A medida que la izquierda de tradición fuerte en Estados Unidos va perdiendo peso e influencia como consecuencia del macartismo y la operación ideológica que significó la “Guerra Fría” contra el Partido Comunista y las organizaciones trotskistas, se fue consolidando como alternativa social la “Nueva Izquierda” [1].

Aunque el contexto histórico no es el mismo, este texto de Evelyn Reed es parte de una tradición feminista socialista que buscó ligar la lucha antipatriarcal con la lucha anticapitalista, aportando argumentos a debates que siguen abiertos hoy en día, cuando el avance de la lucha de las mujeres trae también el debate sobre cuáles son sus aliados y sus adversarios y qué política debe darse para que el patriarcado, efectivamente, caiga.

Movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos

En un contexto convulsionado por el gran descontento que generaba en la juventud el hecho de que el gobierno emprendiera una guerra como la de Vietnam, en la que morían día a día cientos de jóvenes pobres y obreros [2], se generó un amplio movimiento antibélico que compartió escena y época con la lucha del Black Power y el feminismo. En la década de 1960 se desarrollará, con epicentro en las ciudades más importantes a nivel político, un gran movimiento feminista que pondrá en cuestión tanto al sistema educativo, como la diferenciación salarial o los estereotipos de género.

Dentro de un proceso más general que tuvo como hito por ejemplo el lanzamiento de la píldora anticonceptiva como método para controlar la fertilidad, dando a las mujeres la posibilidad de tener mayor control sobre sus cuerpos, mientras se quemaban corpiños en los campus de las universidades y se debatía acerca de la libertad sexual había un mundo que se cuestionaba los roles sociales y las estructuras desiguales de dominación, salían a las calles miles de mujeres para hacer oír sus reclamos.

Debate estratégico dentro de la “segunda ola”

La mayoría de las organizaciones surgen llevando adelante la pelea en el ámbito público y laboral, junto con la problematización de las relaciones en el ámbito privado. Rediscutiendo las relaciones sexo-afectivas, los parámetros y roles sexuales, e inclusive el cuestionamiento a la monogamia impuesta como único modelo de vida [3]. A su vez, también había participación de partidos políticos en las distintas movilizaciones e instancias de coordinación, principalmente de los activistas que eran parte de la “nueva izquierda”, pero también actuaban desde sus espacios las y los activistas del SWP de Evelyn Reed.

Semanas antes de que se publicara el artículo que acá citamos, se había dado uno de los hitos más grandes de la rebelión femenina, la “Women’s Strike for Equality” (Huelga de Mujeres por la Igualdad) que en 1970 se realizó en la ciudad de Nueva York. En esta importante movilización, que congregó a más de 20.000 mujeres, volvió a levantarse la consigna de igual salario por igual trabajo, algo que ya estaba institucionalizado por ley desde 1963, pero que no era respetado ni por los empresarios ni por los políticos que se nutrían de esta brecha salarial para sacar más ganancias y así sobrellevar una economía que se encontraba aún muy debilitada.

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Cuanto mayor es un movimiento, podríamos decir, mayores son los debates que lo atraviesan internamente. Una de las preguntas que se planteaban entre las feministas era acerca del origen histórico de la opresión de género y cómo superarlo para conquistar la plena igualdad de derechos. Entonces allí surgía una nueva discusión sobre quién es el verdadero enemigo de las mujeres y garante de la explotación, y si las mujeres pertenecemos o no a una clase o casta diferenciada.

¿Lucha de géneros o lucha de clases?

Esta es el debate central sobre el cual Evelyn Reed desarrollará un contrapunto con el feminismo radical, pero que también podemos entender como una discusión que apuntaba a la versión liberal que dirigió en sus orígenes a las mayores organizaciones del movimiento, moldeando a grandes franjas bajos sus ideas y objetivos de lucha.

Partiendo de la exhausta investigación antropológica que Reed retoma de Freidrich Engels, decía:

En virtud del papel preeminente que habían tenido los hombres en la agricultura extensiva, en los proyectos de irrigación y construcción, así como en la cría de animales, se apropiaron poco a poco del excedente, definiéndolo como propiedad privada. Estas riquezas potencian la institución del matrimonio y de la familia y dan una estabilidad legal a la propiedad y a su herencia. Con el matrimonio monogámico, la esposa fue colocada bajo el completo control del marido, que tenía así la seguridad de tener hijos legítimos como herederos de su riqueza.

En discusión con las teóricas del feminismo radical Ti-Grace Atkinson, Roxanne Dunbar y con la organización “Redstockings [4]”, el punto de vista de Reed es que al entender a las mujeres como integrantes de una clase o casta en sí mismo, se obnubila el hecho de ver que no todas las mujeres son iguales:

Algunas de estas teorías sostienen que la mujer constituye una clase especial o una casta. Estas definiciones no solo son ajenas al marxismo, sino que llevan a la falsa conclusión de que no es el sistema capitalista, sino el hombre, el principal enemigo de la mujer. Propongo poner a discusión esta tesis. [...] Una posición teórica errónea lleva fácilmente a una falsa estrategia en la lucha por la liberación de la mujer. Este es el caso de una fracción de las Redstockings, que dicen en su Manifiesto que “las mujeres son una clase oprimida”. Si todas las mujeres forman una clase, entonces todos los hombres deben constituir la clase opuesta –la de los opresores–. ¿Qué conclusión se puede deducir de esta premisa? ¿Que no existen hombres en la clase oprimida? ¿Dónde colocamos a los millones de obreros blancos oprimidos que, como los negros oprimidos, puertorriqueños y otras minorías, son explotados por los capitalistas? ¿No tienen todos ellos un lugar primordial en la lucha por la revolución social? ¿Dónde y bajo qué bandera estos pueblos oprimidos de todas las razas y de ambos sexos se unen por una acción común contra su enemigo común? Oponer las mujeres como clase a los hombres como clase solo puede constituir una desviación de la auténtica lucha de clases.

Esta advertencia sigue vigente hoy, cuando tras la “sororidad” se pretende como positiva la confluencia entre mujeres aunque tengan intereses de clase opuestos. Se desprende aquí también el lugar que le da en su artículo Evelyn Reed a los hombres como parte de esta pelea. Al definir categóricamente que el enemigo principal del feminismo es el sistema capitalista y patriarcal, desarrollará entonces la necesidad de pensar una alianza con todo el pueblo trabajador, incluidos los hombres, en lugar de una falsa alianza que solo pondere el género más allá de las relaciones de explotación.

Podemos ver en sus argumentos cómo este debate excedía sin dudas al ámbito académico. La intencionalidad de su trabajo estaba puesta en vistas de pensar cómo construir un gran movimiento de mujeres con implicancias prácticas para no solo quedarse en una lucha en el terreno de las reivindicaciones de género. Militaba porque este tuviera una perspectiva totalizante contra el sistema capitalista que explota doblemente a la mujer trabajadora, por su condición social y de género.

Aquí es donde más se evidencian las diferencias estratégicas sobre qué camino tiene que llevar adelante el feminismo y en pos de qué objetivo. Ya que al fortalecerse la variante que pugna solo por una mera igualdad de derechos en el plano institucional, legal o incluso cultural, se estaría dejando de lado la cuestión de clase, que como la dirigente de SWP señala, es esencial si realmente se quiere liberar plenamente a todas mujeres y no solo a quienes pertenecen a los sectores medios, aunque estas últimas fuesen quienes dinamizaban al movimiento.

Por más que la simple condición de género implique opresión de por sí en las sociedades de clases, no podemos obviar que antes que nada el capitalismo es un sistema que se basa en la división entre explotados y explotadores, atravesando por así decirlo transversalmente la cuestión de genero a la división en clases sociales.

¿Por qué las mujeres deben llevar a cabo su lucha por la liberación si, en última instancia, para la victoria para la revolución socialista será necesaria la ofensiva de toda la clase trabajadora? La razón es que ningún sector oprimido de la sociedad, tanto los pueblos del Tercer Mundo como las mujeres, pueden confiar a otras fuerzas la dirección y desarrollo de su lucha por la libertad –aunque estas fuerzas se comporten como aliados.

Entonces Reed arribará a la conclusión de que la única forma de romper hasta el final las cadenas de la opresión es con la transformación radical de la sociedad, destruyendo la propiedad privada que relegó a las mujeres a un lugar subordinado y es principio fundante del capitalismo y el patriarcado. En ese plano se extinguirá a la familia como institución garante de la opresión de género, se liberará sexualmente a hombres y mujeres dejando de lado la discriminación y persecución, al igual que la comunidad negra podrá desprenderse del lastre racista que acarrea el sistema. Solo de esta forma se podrán extinguir los privilegios y desigualdades que en ese momento sufrían, y hoy también, las mayorías explotadas del mundo.

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Sin embargo, el régimen intentó adiestrar y frenar a estos movimientos que desataron en todo el mundo una oleada de luchas por los derechos civiles. Para lo cual la clase dominante necesitó, tanto en Estados Unidos como en el mundo, por un lado llevar adelante una contraofensiva cultural y política que encarnó en este país el reaganismo de los 80, buscando imponer un modelo tradicional de familia religiosa y hablando en discursos públicos [5] en contra del derecho al aborto. Pero también, por otro lado, durante las décadas de ofensiva neoliberal, el Estado (principalmente en los países centrales) avanzó en un proceso de integración de los movimientos por los derechos civiles otorgando ciertos derechos aunque sin modificar en lo esencial las condiciones de opresión.

Aunque el hecho de ser mujer, negra o lesbiana determine la posición en la que te pone esta sociedad, no debemos perder de vista que las opresiones son herramientas que utiliza el capitalismo para profundizar la explotación. Y en este sentido la fragmentación de la clase obrera que impuso a nivel mundial la contraofensiva neoliberal no hace más que nutrirse de esas opresiones para dividir nuestras luchas, intentando así desdibujar del horizonte la potencialidad que tienen las y los trabajadores cuando toman las demandas de lxs demás sectores oprimidos y explotados para cambiarlo todo.

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Una clase que tiene rostro de mujer

Esta pulseada sigue abierta, como muchos de los debates que atravesaron al feminismo de esos años y que hoy tienen eco frente al potente movimiento de mujeres que vino a cuestionarlo todo en Argentina y el mundo. Aunque se nos siga relegando a los peores puestos y con menor salario, y estando también las más jóvenes a la cabeza de los índices de pobreza, las mujeres somos mayoría dentro de la estratégica clase trabajadora. Esta feminización del trabajo y de la pobreza, a su vez, va a aparejada de una nueva generación de mujeres trabajadoras que se ponen al frente de las luchas contra la precarización y los despidos, como podemos ver estos días en las compañeras de Siam que enfrentaron la represión de la gobernadora Vidal y el desprecio de una patronal que las quiere dejar a ellas y sus familias en la calle. Siguiendo también el ejemplo de las leonas de Pepsico, las trabajadoras Kraft, la comisión de mujeres de Madygraf y tantas otras luchadoras que salen con sus compañeros a dar batalla.

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Intentamos retomar en este artículo algunas de las mejores lecciones del movimiento de la segunda ola, que nos mostró que lo personal es político, y que debemos organizarnos en las calles de manera independiente si queremos de una vez por todas vencer para dar vuelta la historia.

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NOTAS AL PIE

[1En este marco la izquierda estadounidense cederá por sus propias debilidades a las presiones del estalinismo, pero sobre todo a la de los movimientos. El SWP no estuvo exento de estas presiones. Ver Ana Sanchez, “Feminismo en los 70 en EE. UU. y Europa: ¿cómo llega a Argentina?”, La Izquierda Diario, 25/02/2017.

[2Christian G. Appy, “Vietnam: una guerra de clase”, en Fabio Nigra y Pablo Pozzi (comps.), Huellas imperiales, Buenos Aires, Imago Mundi, 2003.

[3“El feminismo radical de los setenta”, Alicia Puleo en Historia de la teoría feminista (coordinado por Celia Amorós Puente), Madrid, Instituto de Investigaciones Feministas, 1994.

[4Es un grupo feminista radical de Estados Unidos fundado en enero de 1969, liderado por Ellen Willis y Shulamith Firestone.

[5Ronald Reagan, “Discurso sobre el Imperio del Mal”, Asociación Nacional de los Evangélicos, 8 de marzo de 1983.
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Brenda Hamilton

Tiene 23 años y es estudiante de Historia en la UBA, donde es presidenta del Centro de Estudiantes en la Facultad de Filosofía y Letras. Referente estudiantil de Pan y Rosas.
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