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ACTO INTERNACIONALISTA

Contra el racismo y la violencia policial: los jóvenes nos sumamos al acto internacional

Son millones los trabajadores y jóvenes que, en Estados Unidos y en todo el mundo, salieron a las calles a cuestionar el racismo y la violencia policial. Pero, ¿de dónde surge este problema tan profundo? ¿Qué rol cumple el Estado? ¿A qué intereses responde? La necesidad de una salida desde abajo, de izquierda e internacionalista.

Manuela Colombo

Estudiante de sociología/ UNLP

Jueves 9 de julio | 23:07

El asesinato de George Floyd fue, sin lugar a dudas, el detonante de la bronca contenida ante la desigualdad y las injusticias que desnuda la pandemia. Asistimos a un escenario en donde los pobres son los que más mueren por coronavirus, por el hambre o, en su defecto, a manos de la brutalidad policial y estatal.

Pero quienes manifiestan su descontento también exigen respuestas, soluciones. La posibilidad de un cambio queda planteada, y por eso nos queremos organizar e invitarte a ser parte del acto simultáneo de la Red Internacional La Izquierda Diario en más de 14 países, este sábado 11 de julio.

La pandemia y las protestas en muchos países son lo nuevo, pero bien sabemos que la desigualdad no.

Un recorrido por las responsabilidades políticas

“No existe una comprensión real de la cultura política estadounidense sin la raza como parte central”, afirma Khalil G. Muhammad en el documental Enmienda XIII. Y no le falta razón. La economía de esta potencia imperialista fue, literalmente, construida sobre la base de la esclavización de millones de negros. Un esquema que, no libre de transformaciones, explica la sociedad actual estadounidense.

En 1876, el partido Demócrata con mayoría en la legislatura aprobó las llamadas Leyes Jim Crow. Por esa vía, básicamente, se estaba legalizando la segregación racial en todo el país bajo el lema "separados pero iguales". Pasó casi un siglo hasta que, en la década de 1960, el profundo y masivo movimiento por los derechos civiles logró que se derogaran estas leyes.

Por eso, en la década siguiente, el establishment norteamericano se vio obligado a cambiar de política. Con las presidencias de los republicanos Nixon, Reagan y H. W. Bush, que fueron desde 1969 hasta 1993, se profundizó el fuerte abuso estatal descargado criminalmente sobre los afroamericanos y otras etnias, dándose inicio a una nueva era denominada “encarcelación masiva”.

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Con una combinación entre una baja de impuestos escandalosa a los grandes grupos empresarios, la oleada de privatizaciones de servicios públicos, el discurso de la “guerra total contra las drogas” y un incremento histórico del presupuesto para fuerzas represivas, los resultados fueron escalofriantes.

La población carcelaria fue desde 357.292 personas privadas de su libertad en 1969, a abarcar a unas 1.179.200 en 1990. Estados Unidos representa el 5% de la población mundial. Sin embargo, concentra la mayoría de la población carcelaria total, un 25%: 1 de cada 4 personas presas en el mundo se encuentra tras las rejas norteamericanas.

Con la posterior presidencia del demócrata Bill Clinton (1993-2001), esta situación experimentó su mayor salto en décadas. Fue durante sus mandatos en donde se construyó la estructura de las fuerzas represivas que perdura al día de hoy. Llegando a poner en las calles a 100.000 nuevos policías en cuestión de pocos años y nuevamente aumentando la población carcelaria, que en solo una década se duplicó, hasta llegar a alcanzar, en el año 2000, a unas 2.015.300 de personas. El 44% eran personas afroamericanas.

¿Quién está detrás de todo esto?

La pregunta es central en el asunto, porque claramente no todos salieron perdiendo con las medidas de estos gobiernos. Hubo algunos que se beneficiaron llenando sus bolsillos: los grandes empresarios. ¿Pero cómo?

Durante décadas, los grupos empresariales, gracias a demócratas y republicanos, lograron aprobar numerosas leyes que los beneficiaron directamente. La mayoría de ellas durante los gobiernos de Clinton.

Empresas como Wal-Mart, Coca Cola, Mc Donald´s, Google, Microsoft, Kraft, Visa, Facebook, Shell, Ford, son solo algunos ejemplos de la larga lista de grupos económicos que redactaron proyectos de ley criminales y presionaron fuertemente por su aprobación. La familia dueña de Wal-Mart hoy se ubica entre las más ricas del mundo, siendo esta empresa la principal vendedora de armas en Estados Unidos, y de balas y municiones a nivel internacional.

La Corrections Corporations of America (CCA) es otro grupo que se benefició directamente del encarcelamiento masivo. Líder en cárceles privadas en este país, factura actualmente unos 1,7 billones de dólares al año.

Durante la presidencia de Barack Obama, las promesas de terminar con la opresión de siglos demostraron ser eso, solo promesas. No se afectó el racismo estructural y continuaba la concentración de riqueza en cada vez menos manos.

La población carcelaria en 2014 llegó a abarcar a unas 2.306.300 personas. Datos del 2016 señalan que la probabilidad de que un hombre blanco termine preso es de 1 a 17, representando el 6% de la población carcelaria. Mientras, 1 de cada 3 afroamericanos muy probablemente termine preso, siendo el 40% de quienes habitan las cárceles en Estados Unidos.

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La brutalidad policial permaneció intacta, como lo demostró el caso de Trayvon Martin, un adolescente de 17 años que fue asesinado por un civil racista en 2012. Su asesino quedó en libertad gracias a una ley propuesta directamente por grupos empresarios. Este caso despertó el movimiento que hoy conocemos como Black Lives Matters.

Hoy en plena pandemia, las mayoría de las víctimas fatales del coronavirus y del desempleo son afroamericanos y latinos gracias a la política negacionista de Donald Trump, uno de los presidentes republicanos más racistas, xenófobos y misóginos.

Una salida de los de abajo

Con el resurgimiento del movimiento antirracista, antipolicial y anticolonialista, se está cuestionando cada vez más la existencia misma de la Policía, una base fundamental del Estado capitalista. Lejos de ser neutral o una suerte de “árbitro” social, este Estado ha demostrado que protegió, protege y va a proteger la propiedad privada de quienes siempre se enriquecieron, a costa de la miseria de millones de personas.

Hay que juntar nuestras fuerzas y decirles basta. Porque lo que pasa en Estados Unidos no pasa solo ahí. Las desigualdades están presentes en cada país, más allá de sus diferencias. Y así se expresó con las movilizaciones en diversas partes del mundo: necesitamos dar una respuesta internacionalista.

Porque no queremos que se repita la historia. Sumate vos también al acto este 11 de julio para repudiar toda forma de racismo y decir basta de violencia policial. ¡Por una Internacional de la Revolución Socialista!






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