Sociedad

GUASAMARÁ PARAGUANÁ (I)

¡Está llegando el agua!

Después de dos meses de espera, llega el agua por tuberías en una casa cualquiera de Punto Fijo. Su morador nos cuenta la experiencia. De esas que hacen a más de uno decir: “Caracas es un oasis”.

Humberto Zavala

Venezuela | @1987_zavala

Domingo 25 de agosto | 14:28

Con su “What do you said Paraguaná?”, décadas atrás el cantautor hizo su parte en la crítica al cuadro de precariedad y atraso que en la península, como en otras partes del país, pervivía junto a la ilusión de “progreso” y el “crecimiento del consumo” asociados a la industria petrolera. El “cantor del pueblo” tenía una motivación adicional: era paraguanero. Hoy, otra generación de paraguaneros, impulsores de la Red de colaboradores de La Izquierda Diario, se proponen, con sus crónicas y opiniones, dar cuenta del diario trajinar de los pobladores de esta castigada región.

Pero como Falcón, cosas del “desarrollo desigual y combinado”, no es solo su magra realidad social, sino que ha sido uno de los estados del país con mayor proliferación de poetas, escritores, escritoras y cultores, también esta dinámica cultural podrá colarse en “Guasamará Paraguaná”, la columna que a partir de esta primera entrega nos ofrecen.

* * *

Cuando empezó el racionamiento del agua, aquí nos llegaba hasta tres veces por semana y hasta casi todo el día, pero racionamiento al fin, tuvimos que tomar medidas, algunas de ahorro como usar el agua residual de los aires acondicionados para bajar las pocetas, y otras de gastos preventivos hasta donde nos arropara la cobija, como lo de comprar un tanque azul de dos mil litros que montamos en el techo, adicional al subterráneo de 1.500 litros que ya teníamos.

Corrían los años 2011-12, y presenciábamos un fenómeno climático que ocasionaba sequía en los embalses, desde luego, desfavorable para nosotros, aunque necesario para que la Pachamama recobrara su raquítico equilibrio, (por cierto, nada nuevo en nuestra península).

El Estado destinó por aquel entonces un mega-financiamiento de 23 millones de dólares para la creación del así llamado Acueducto Bolivariano, presentado con gran pompa por la entonces gobernadora Stella Lugo de Montilla y el fallecido ex presidente Hugo Chávez, como parte de prometedores proyectos entre los que figuraban el Gasoducto Bolivariano, el Parque Eólico de Los Taques y la Planta Turbo-generadora “Josefa Camejo”, que si acaso arrancaron o se quedaron a medias, o nunca alcanzarían un funcionamiento óptimo.

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Este racionamiento que nos lo pintaban temporal e incluso con fecha de caducidad fijada mediáticamente, terminó prolongándose hasta el infinito y más allá, como la culminación de los trabajos en el acueducto, pero la austeridad con el agua sufrida especialmente por los habitantes de pueblos y caseríos en toda Paraguaná, la Sierra de Coro, la región costera, y en menor medida en la misma “ciudad mariana”, bastante lejos de disminuir tendió siempre a arreciar.

Al tiempo que el gobierno regional no escatimaba en vallas publicitarias del Acueducto (siempre) en construcción, promovía la estigmatización hacia los cortes de calle y otras formas de visibilizar la bronca popular en los espacios públicos. No perdieron oportunidad en asociarlas a “métodos de la derecha golpista” que ciertamente tampoco desperdiciaba cualquier candelita para “pescar en río revuelto” más por default de una “izquierda que se plante”.

De manera que así el Gobierno aceitaba su campaña disuasoria contra la autoorganización popular y la protesta social, mezclado con el confuso mensaje conservacionista que pretendía reducir el suministro de agua a los hogares pobres, pero dejándolo intacto en las principales cadenas hoteleras y centros comerciales.

Cuando el racionamiento sobrepasó la barrera de la semana, con cronograma de suministro por sectores presagiaba la debacle y el sálvese quien pueda, la lucha de todos contra todos por recibir la mejor presión de agua en las horas que duraba el suministro, algunos vecinos comenzaron a tomar sus previsiones mayores: adquirir un tanque adicional o sustituirlo por uno más grande, comprarse alguna bomba de agua y luego otra más potente que la del vecino, otros optaron por el clandestinaje, volar el medidor, rajar la calle, descubrir el tubo, sustituir el tubo conductor por uno de mayor diámetro, y pare de contar.

Pero fue cuando en Paraguaná este racionamiento alcanzó la frecuencia de una vez cada diez días, que comenzaron a verse brotes masivos de malestar social, por supuesto, aprovechados en ese momento con vigor por el bloque político opositor, aunque sin llegar a arropar muchos otros brotes más “espontáneos”, sobre todo en comunidades más pobres desde donde se deja leer en fotos para los tabloides: “No somos camellos, queremos agua”.

A partir de allí todo comenzó a empeorar drásticamente: se decuplicaron las tomas clandestinas, se hicieron más largas las colas en el “llenadero” que paradójicamente lleva el nombre de Alí Primera, el agua se convierte en un enorme negocio para los dueños de camiones y flotas de camiones cisternas, quienes incrementaban su cifra arbitrariamente, así como sus condiciones de pago: “únicamente en dólares o efectivo”, “te llevo el agua solo si vas a cancelar los diez mil litros, si tu tanque es de solo tres, me llevo el resto”. Pero también como estimulante de la economía informal, con gente que en su carrucha (después de proveerse) sale a prestar su servicio de “flete” a otros hogares a cambio de productos alimenticios secos o cárnicos por kilo.

Mientras se ralentizaba la llegada del agua por tubería exponencialmente a una vez al mes, la propaganda de “sensibilización por el consumo eficiente” parecía surtir un efecto contrario, la población ya habituada a cargar con el agua residual que destilan los aires acondicionados, utilizándolas en el aseo doméstico, en el lavado de los platos, de la ropa, el maíz cocido (para moler); el agua ozonizada comprada en botellones sirvió para beberla o preparar las comidas, se aprovechaba el día de la llegada del agua para todo lo que pudieran hacer y un poco más, por otro lado observamos las tuberías rotas, fuera por falta de mantenimiento o por tomas clandestinas, el colapso de las cloacas en avenidas y callejuelas, en consecuencia las aguas estancadas, las plagas de zancudos y el cuadro de enfermedades asociadas, aunadas a las que eran producto propiamente del racionamiento, los calores y la escasez (o carestía) de medicinas, tales como brotes de escabiosis e infecciones.

Así fue cómo muchos fuimos escalando la cuesta del tiempo hasta sobrevivir dos meses (y más) sin ver agua por tuberías, por supuesto, no exentos de brotes de protesta social en diferentes sectores contenidas por la policía.

Una situación que ha trascendido el gobierno de Stella Lugo hasta la nueva administración de Víctor Clark, sin que por ello haya una investigación a fondo o auditoría del estado de la infraestructura hídrica, el destino de los financiamientos y recursos recibidos para atender la emergencia hídrica ni sobre las extorsiones de la que son responsables los anónimos dueños de flotas de camiones cisterna.

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A los habitantes de los sectores de la Parroquia Norte del municipio Carirubana que colindan con zonas de suministro casi diario (surtidas por la compañía petrolera), se les ve andar desde oscuras horas de la madrugada carreteando agua en botellones y bidones algunos kilómetros hasta sus casas, algunos a diario, otros arriesgándose a varios viajes para surtir lo necesario para la semana, los que pueden (y tienen con qué) compran agua ozonizada en botellones, en todos los casos aprovechando el agua destilada que arrojan los aires acondicionados que ya es multifuncional.

Pero fuera de esos días de perro, hay días como este en que el agua por tuberías finalmente llega, se escucha la algarabía de las bombas en los hogares, el comentarista de la radio lo canta al aire y el bullicio de la gente vocifera un alegre “¡está llegando el agua!”

Días como este cuando el cansancio de tantos días seguidos de carretear en botellones el agua (por varios viajes) para sobrevivir y sostener una familia, se encuentra con el feliz momento de la llegada del agua, sin dudas significa tener que sacar el repelito de fuerzas que uno ni sabía que tenía de reserva, porque una montaña de ropa de meses espera para ser lavada en una jornada maratónica, y de pronto… ¡el apagón! ¡La arrechera incontenible! Como si los dueños de cisternas complotaran con la compañía eléctrica en contra de nuestro derecho al vital líquido por tuberías.

Al comentarista de la radio le escuché decir una vez que pasó esto en la comunidad de Cujicana, que los vecinos de allí se comunicaron con la compañía eléctrica estatal y fueron atendidos por un personal que ofreció reconectarles la electricidad para que pudieran bombear el agua de las tuberías a sus tanques, solo si desde esa comunidad le pagaban equis suma en dólares a los electricistas. A falta de otro tipo de respuesta, otro tipo de organización de los asuntos comunitarios ligado a la productividad de los medios de vida, lo que se prolonga es el deterioro, la frustración, el todos contra todos y por la plata baila el mono.

Así que mientras se restablece el servicio eléctrico y tomo los apuntes para redactar esta nota, la montaña de ropa sucia se ríe de mi fortuna, qué más le queda a uno que ligar a que todavía pueda haber agua por tuberías cuando por fin regrese la electricidad, pues ya difícilmente se puede saber si la volveremos a ver en los próximos dos o tres meses, o incluso más.






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