Juventud

Precarización y COVID-19

Lo esencial de una generación precaria

La expansión del COVID-19 a nivel mundial, destapa al menos tres normas extendidas que atraviesan la relación entre la vida y el trabajo de vastos sectores de la población: que les trabajadores precaries son quienes se llevan la peor parte de la crisis; que algunes de elles son considerados esenciales pero ello no es garantía de condiciones de salubridad o condiciones socio-económicas adecuadas, y que son les jóvenes quienes más sufren este tipo de trabajos.

Clara Posse

Socióloga- UBA

Sábado 18 de abril | 12:49

A la hora de observar el impacto de la pandemia en la vida de les trabajadores, el factor extendido y ampliado de la precarización laboral, que con mayor énfasis envuelve a la juventud en una espiral de precarización de la vida misma, se vuelve un rasgo determinante y estructural al cual hay que prestar atención. Si bien es cierto que “el virus no discrimina”, quizás resulte algo evidente (no por ello menos necesario) exponer cómo las desigualdades sociales, económicas y laborales que emanan de la decadencia actual del sistema capitalista, producen consecuencias diferenciadas, y en muchos casos fatales. Y junto a ello, las resistencias a la crisis sanitaria y económica en curso, para que sus vidas (y no solo sus trabajos, lo cual está claro) sean también parte de lo que se considera como esencial.

Informalidad e intermitencia: la peste capitalista preexistente al virus

En esta última década post crisis 2008, asistimos a un fenómeno de “uberización del trabajo” en el que empresas como Amazon, Rappi, Uber, Walmart han sido parte de las grandes corporaciones que aprovecharon para reducir costos y enriquecerse al expandirse en los mercados. Para les trabajadores no ha sido gratuito, y menos aún para las nuevas generaciones, que han buscado insertarse dentro de la población económicamente activa. Los “buenos” empleos escasean, en relación a una fuerza de trabajo que no cesa de crecer, es decir, un mercado de trabajo incapaz de absorber a una masa creciente de trabajadores. Esto lisa y llanamente significa que a nivel global se encuentran más trabajadores en situaciones más inestables, inseguras y precarias de trabajo, ampliando el subempleo y la desocupación.
Pero además la caída de los salarios reales atañe a todos los trabajos (registrados o no), por lo que impacta en una disminución dramática de los niveles de vida generales. Tomando datos del año 2018, la OIT ya alertaba de que la mejora del empleo sería módica, siendo “probable que en los próximos años aumente el número de trabajadores en forma de empleo vulnerable”(1)

Como parte de una cuestión crónica y harto conocida en países dependientes como Argentina (en donde existe alrededor de un 40% de informalidad laboral), es necesario resaltar que son les jóvenes les más golpeades. Según datos del CIPPEC,

“seis de cada diez jóvenes que trabajan lo hacen de forma precaria. Entonces, más allá del desempleo, entre los jóvenes, otro problema tanto o más serio es la informalidad, que se traduce en que a menudo ganan el salario mínimo o menos, trabajan por jornadas extendidas, en situaciones insalubres y sin protección social (sin vacaciones pagas, licencias por estudio, por maternidad o paternidad en caso de tener un hijo, ni aportes jubilatorios). Esto tiene consecuencias graves para el futuro de los jóvenes.” (2)

Además, no es un dato menor que en las potencias como Estados Unidos, en los últimos años el fenómeno del subempleo se constate como un nuevo indicador que, a la vez, disfraza las cifras de desempleo (que oscilan entre el 12% entre jóvenes de 16 a 24 años).

Aquello que el sociólogo brasilero Ricardo Antunes cataloga como “la triada destructiva del trabajo: tercerización, informalidad y flexibilidad” (3), ha sido también el motor de la proliferación de diversos movimientos que se rebelaron contra la desidia capitalista y su faceta neoliberal en particular. Les protagonistas engloban a les “falsos” independientes, desempleades, subcontratades, tercerizades, intermitentes, en suma, jóvenes precarizades y muches de elles inmigrantes. Desde movimientos que estallaron en el año 2011 tales como el Occupy Wall Street en Estados Unidos o la “Geração à Rasca” en Portugal, o mismo la juventud que fue protagonista de la rebelión del pueblo chileno contra la herencia pinochetista, son una parte significativa de esta nueva generación precaria. Una generación que no le debe nada al neoliberalismo y que se rehúsa a resignarse al leit motiv del capital.

Esencial o no, precario serás

La mera supervivencia a la que el capitalismo arroja a una amplia mayoría de la población trabajadora, se agudiza como parte de la profundidad que toma la crisis económica en la pandemia actual. La proliferación de los despidos, las suspensiones y las rebajas salariales, son las respuestas que empresarios -con el aval de los gobiernos- utilizan para descargar la crisis en curso sobre les trabajadores. Incluso entre les “héroes” de la salud, sobre quienes además de las extenuantes jornadas de trabajo, en Argentina se le suman dos factores preocupantes: por un lado, según el Observatorio de Despidos durante la Pandemia, son parte de los sectores con mayores ataques al salario y por el otro, son el personal de salud más infectado a nivel mundial. La pregunta por quién cuida a quienes nos cuidan, estaría más vigente que nunca.

En una editorial del Financial Times se constataba que “los confinamientos imponen mayores costos a quienes ya están en peores condiciones”, a la vez que “las mayores víctimas son los jóvenes y activos”, tomando no solo el caso de les trabajadores de la salud y de cuidados, sino también a les repositores, repartidores, cajeros de supermercados, recolectores de basura y trabajadores de la limpieza. Ocupaciones que la excepcionalidad de la pandemia expone como esenciales, anudan precarias condiciones de vida, de trabajo y sueldos de miseria. Ellos son los que no tienen derecho a dejar de trabajar, a resguardarse y son confinados a salir a la calle sin las protecciones adecuadas. A los riesgos que ya tenían por el acecho del desempleo y la pobreza, ahora se les suma el riesgo de los contagios masivos.

Además, según el New York Times, en la ciudad del epicentro de la expansión de las infecciones por COVID-19, el virus es el doble de mortal para las personas negras y latinas que para las blancas. Les afroamericanes representan el 28% de las muertes conformando el 22% de la población, mientras que el 34% de las muertes han afectado a personas latinas, que representan el 29% de la población neyorquina. Así es como el virus ilustra la segregación racial a la que también es sometida la clase trabajadora.

Los pedidos de seguro de desempleo o de subsidios varios al Estado estallan a lo ancho del globo, siendo medidas paliativas que no alcanzan a cubrir las falencias de décadas de desidia y pérdidas de derechos tan básicos como la salud, la alimentación y la vivienda. El estímulo fiscal de Trump de 2 billones de dólares (el más grande en la historia del país) para mejorar la rentabilidad de las empresas, contrasta con la construcción de un “refugio” para los homeless en Las Vegas pintando cuadrículas en los suelos de estacionamientos de enormes hoteles vacíos. Cinismo e irracionalidad a la orden del día.

¿Economía vs. salud? El dilema ciego de salvar al capitalismo

Alrededor de 22 millones de personas en Estados Unidos, se sumaron a las alarmantes cifras del desempleo en este último mes. Sin derecho a licencias por enfermedad ni seguro de salud que cubra una atención sanitaria adecuada, ni la indemnización por despidos (que no existe en dicho país), muches son forzades a aceptar trabajos en aquellos rubros considerados no esenciales, como las fast food, Walmart y Amazon, quien ya lleva contratados a 100.000 personas nuevas. Estas corporaciones, como símbolo internacional de lo que el capitalismo le propone a la juventud, son las que están obteniendo un enorme rédito económico de esta crisis, expandiendo los trabajos precarios, con salarios bajos y cero seguro social.

Al mismo tiempo, es en el corazón del capitalismo donde el malestar de la clase trabajadora no cesa de crecer: el número de acciones de protesta y huelgas asciende a 95 entre sectores de la salud, logística, fast food, supermercados e industriales. “Nuestras vidas también son esenciales” , claman les trabajadores junto a las exigencias de licencias pagas y de elementos de protección personal básicos, como consignas que condensan las batallas centrales a nivel mundial. Además son parte del paquete de medidas votadas en el Congreso, pero que los empresarios no entregan.

En supermercados y las empresas de reparto a domicilio como Whole Foods e Instacart, les trabajadores abandonaron sus puestos de trabajo para exigir mayor seguridad, además de test gratis; mientras que en McDonald’s han hecho huelga en varias ciudades exigiendo licencia paga por enfermedad. En Amazon, luego de denuncias de contagios masivos y persistentes huelgas en los depósitos más grandes como en Staten Island (que nuclea a 5000 trabajadores), se obtuvieron las licencias pagas.

Frente a la crisis sanitaria y económica, en Marsella fueron les trabajadores quienes tomaron un McDonald’s para poner su producción e infraestructura al servicio de la distribución de alimentos. Mientras en Argentina, se popularizó el hashtag #McEstafa y #PandemiaSonLosEmpresarios, en protesta por la rebaja de salarios durante la cuarentena, destapando la olla de una realidad que afecta a miles de jóvenes que trabajan en forma precaria. Mientras la empresa presiona para retomar sus actividades, elles aún no reciben respuestas por parte del Estado ni de los sindicatos, y siguen sin cobrar la totalidad de sus salarios.

En este escenario, son millones quienes luchan por preservar sus vidas y contrarrestar la imposición de mantener como sea el ruedo de la economía -eso que en el capitalismo significa evitar al máximo las pérdidas de las empresas- a expensas de su salud. Entre gobiernos con discursos humanitarios que privilegian rentabilidades empresarias y la mayoría de los sindicatos en cuarentena, las acciones de huelgas y protestas autoorganizadas de les trabajadores son una bocanada de aire hacia la dinámica de nuevos cuestionamientos, solidaridades y luchas anticapitalistas que incluyan al conjunto de la clase trabajadora. Y son también la certeza de que depositar confianza en los gobiernos, sus Estados o los patrones empresarios, solo lleva a mayores penurias.

En lo inmediato, la lucha es para que las inversiones sean para salvar los trabajos, mantener los salarios y las licencias pagas en los niveles necesarios para vivir, reducir las cargas de alquiler e intereses para los hogares y proporcionar apoyo de salud para todos. Es decir, en lugar de que los gobiernos rescaten a las empresas y los bancos, deberían aliviar la miseria de les trabajadores. Pero además, a la larga y ante la profundización de la crisis en curso, pueden ser indicios que muestren la perspectiva de una lucha que es necesario redoblar: una en donde uniendo a precaries, trabajadores en blanco, desocupades y al conjunto del pueblo oprimido, se pueda plantear una alternativa política de la clase trabajadora, que enfrente a los capitalistas y sus gobiernos.

Contra todas las prerrogativas del capital en constante fracaso, son estas generaciones precarias las que, en definitiva, demuestran la esencial y potente fuerza social de la clase trabajadora, hacia la conquista de ese otro mundo posible.

Notas:
(1) OIT (2019), “Perspectivas Sociales y del Empleo en el Mundo: Tendencias 2019”
(2) CIPPEC, “La Argentina es el país con mayor desempleo juvenil de la región”, 2019.
(3) Antunes R. “El nuevo proletariado de servicios”, Revista Herramienta, 2019.






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