Internacional

5 AÑOS DE PAPADO

Los cinco años de Francisco y la “revolución” que nunca llegó

Pasado un lustro de la llamada “revolución” que encabezaba Francisco, poco a poco la Iglesia vuelve a mostrar su reaccionario rostro ¿Cuáles son los motivos que apagaron la estrella papal?

Diego Sacchi

@sac_diego

Miércoles 14 de marzo | Edición del día

Poner en una misma frase las palabras papado, iglesia y revolución parece un sin sentido, más si se tiene en cuenta que esta institución milenaria ha derrochado agua bendita para apagar cualquier fuego insurreccional. En estos cinco años no faltaron las voces que insistían en el carácter transformador del papado de Bergoglio.

Lejos de la llamada “revolución”, el ex arzobispo de Buenos Aires tenía muy claro su objetivo: aprovechar la estrella del Papa llegado del fin del mundo para revitalizar la alicaída influencia de la Iglesia Católica. Pero poco a poco la luz de la “estrella” papal se fue apagando consumida por el oscuro pasado y presente de una reaccionaria institución.

Bergoglio llegaba a lidiar con dos profundos problemas que enfrenta la Iglesia, por un lado la pérdida de autoridad moral causada por los casos de abuso y diversos escándalos, por otro la cada vez menor influencia política a escala internacional. Para dar respuesta a esta situación se puso en marcha una especie de “renovación” comenzando por los gestos y el discurso papal.

Así fue que el Papa encabezó una “misión evangelizadora” con un discurso centrado en la apertura hacia sectores desencantados, invocando la representación de los “que menos tienen” y coqueteando con las demandas sociales que surgen en el periodo post neoliberal. Casi como un “milagroso cambio” producto de su nueva misión, el reaccionario arzobispo que batalló contra el matrimonio igualitario pasaba a ser un Papa capaz de abrir “la casa de Pedro” a todos.

En la esfera internacional la denuncia a “la globalización de la indiferencia” y el “capitalismo salvaje”, acompañado por una defensa de una agenda multilateralista irá acompañada de un giro hacia potencias regionales emergentes y el intento de crear vínculos con China y o Rusia donde el Vaticano no había logrado hacer pie.

Esto no implicó un cuestionamiento real al statu quo mundial, en muchos casos estuvo puesto al servicio de acompañar la política de la administración del presidente estadounidense Barack Obama, como se vio en el caso de la normalización de las relaciones de Estados Unidos con Cuba.

Los éxitos hacia afuera no se dieron de la misma forma hacia adentro de la Iglesia. La resistencia de importantes sectores de la curia a los cambios de “discurso” y “formas” o al intento de transparentar las oscuras cuentas eclesiásticas (millonarios negocios inmobiliarios, corrupción, la utilización del Banco del Vaticano para el lavado de dinero, etc) han dado permanentes cuestionamientos en privad y en público, junto a intentos desestabilizadores, contra Bergoglio.

Pero nada dura para siempre y más rápido de lo esperado la “estrella” papal ha ido perdiendo fuerza.

En el plano internacional la llegada de Trump a la presidencia estadounidense ha trastocado el intento del Vaticano de ubicarse como mediador internacional acompañando la política exterior de Estados Unidos. En Latinoamérica el avance de la derecha regional también ha generado un problema para un discurso que se atribuye la “integración social” sin conflictividad ni transformaciones radicales.

Justamente en Latinoamérica, donde el discurso y los gestos con tinte social del Papa se apoyaban en las conquistas de la década post neoliberal, es donde más expuesto va quedando el rol de “contención” del descontento social, que Bergoglio busca recuperar para la Iglesia, ante el ajuste de los gobiernos derechistas. En la actitud conservadora y permanentemente reacia a enfrentar el ajuste por parte de los movimientos sociales influenciados por el Papa, se muestra que el discurso “social” está lejos, por ahora, de pasar de las palabras a los hechos.

Ante estos cambios la forma de mantener encendida la “estrella” de la renovación, que buscó representar Bergoglio, implicaría una acción que acompañe el discurso. Pero muy diferente es ensayar una “lavada de cara” del impresentable rostro que iba mostrando la iglesia a pasar a transformarse en “jefe de la oposición” al avance de la derecha, más allá de la ilusión que algunos tengan.

Esta dificultad en mantener la imagen del “Papa renovador” desde lo discursivo ante los nuevos tiempos es lo que hace aflorar los antecedentes reaccionarios de Bergoglio y la Iglesia, los pasados apoyando las dictaduras militares genocidas y los presentes como encubridores de los curas abusadores o en la “guerra de Dios” dirigida por el actual Papa contra el matrimonio igualitario y la actual acción de la Iglesia argentina contra el debate sobre el derecho al aborto.

Que la luz de la estrella del Papa se comience a apagar no nos puede hacer perder de vista que sus gestos han tenido un objetivo: recomponer la autoridad de la institución (golpeada por la corrupción y los abusos) en un escenario de crisis social, económica, y aparecer como una mediación útil ante el cuestionamiento a los políticos de las clases dominantes. Algo que se debe tener presente y alertar, en especial cuando Bergoglio ha logrado uno de sus objetivos, tender alianzas con diferentes movimientos sociales.







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