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¿Qué tanto cambiará el Mundo Trump?

Son grandes las implicancias del triunfo de Trump tanto para Estados Unidos como para la situación internacional y, en particular para América latina y Argentina.

Martes 13 de diciembre de 2016 | 12:33

El triunfo de Trump implica el comienzo de un cambio de rumbo de la política norteamericana. Lo han votado tanto trabajadores como pequeños y medianos empresarios desfavorecidos por la globalización. Este cambio de rumbo va a producirse en el contexto de una contradicción entre los intereses globalizantes de las franjas hegemónicas del capital y es parte de una tendencia “antiglobalizadora” que se expresa con fuerza en los países centrales de Europa.

Ya se expresó en el triunfo del Brexit en Inglaterra y en el ascenso de la extrema derecha europea, a la que se suma la derrota de Renzi en el referéndum italiano. La emergencia de fenómenos populistas de derecha es una respuesta política retardataria a las condiciones de polarización creadas por la crisis capitalista de 2008. La crisis se prolonga con un crecimiento bajo de la economía en particular en los países centrales, con importantes desigualdades, como el caso de Estados Unidos que crece a tasas más altas que Japón o Europa, pero significativamente por debajo de su promedio histórico.

La Gran Recesión mundial iniciada en 2008 puso de relieve con toda crudeza las consecuencias de décadas de neoliberalismo. Antes de la crisis, el mundo fue un negocio muy rentable para las grandes corporaciones y las elites globalizadas, que se beneficiaron en zonas de mano de obra barata. Pero que dejó un tendal de arruinados empezando por pequeños empresarios, capitalistas que venden en los mercados internos y sectores de la vieja clase obrera manufacturera, los “trabajadores de cuello azul”, con nivel de educación y capacitación medio o bajo, que perdieron sus buenos empleos y hoy tienen una subsistencia decadente.

La tendencia hacia un mayor proteccionismo o nacionalismo de los diversos populismos de derecha de los países centrales no se trata solo de demagogia política electoral –aunque de esto hay mucho en el discurso de Trump, como es la promesa de “reindustrializar” Estados Unidos que tiene la gran parte de la producción de sus empresas fuera de sus fronteras. La base material de estos fenómenos está en la situación de bajo crecimiento y tendencias recesivas que ya lleva ocho años. En su último informe de octubre de 2016 sobre las perspectivas de la economía mundial, el FMI alerta sobre la fuerte contracción del comercio internacional (por tercer año consecutivo crece por debajo del 3% cuando anteriormente crecía al doble del incremento del producto bruto mundial) y la persistencia de males indicadores en el conjunto de la economía.

Por lo que expresó en la campaña en EE.UU y ya se puede ver en los gestos que está haciendo durante la transición, el gobierno de Trump de mínima va a impulsar una reversión parcial de las tendencias “globalizadoras” que fueron hegemónicas durante las últimas décadas. Existe un amplio consenso -incluso de los consejeros del capital transnacional- de la necesidad de frenar las políticas de los nuevos tratados comerciales. Trump ya anunció que va a renegociar los términos del TLC con México, y que va a retirar a Estados Unidos del Tratado Transpacífico, un ambicioso acuerdo de libre comercio con 12 países de Asia y América latina contra China negociado por Obama y al que hasta Hillary se había visto obligada a renunciar, al menos como promesa de campaña. A esto se suman las ya conocidas amenazas de aplicar impuestos desde el 35 al 45% a bienes importados desde México y China, aunque lo más probable que esto signifique una posición dura para negociar y arrancarle a estos países, que necesitan de su relación comercial con Estados Unidos, mayores concesiones en términos de apertura de sectores de la economía, o beneficios especiales para Estados Unidos.

El mundo de Trump

El triunfo de Trump se debe también a la pérdida de liderazgo internacional de Estados Unidos. Esta decadencia se aceleró con la derrota de la estrategia guerrerista y unilateral de Bush que no pudo ser revertido durante los ocho años del mandato de Obama que intentó una orientación que priorizaba la “diplomacia” (acuerdo nuclear con Irán, deshielo con Cuba, no intervención en Siria) para disminuir la exposición militar directa del imperialismo y volver a la estrategia más tradicional de “rebalanceo” entre potencias. Obama mantuvo la estrategia de hostigamiento hacia Rusia, con sanciones internacionales por el conflicto de Ucrania, la consolidación de la política militar de la OTAN en las fronteras rusas, por ejemplo, aunque en los últimos dos años, la política de Obama fue tratar de llegar a un acuerdo con Rusia, aun siendo una línea resistida por un ala del gobierno y de los militares.

En caso de que hubiera ganado la presidencia Hillary Clinton, que milita en el ala de los “halcones” mas guerreristas, hubiera sido mucho más intervencionista (fue la que alentó la intervención en Libia) y agresiva hacia Rusia. Hay una cuota de incertidumbre sobre cuál va a ser la política exterior de Trump aunque será muy probablemente menos intervencionista que Hillary.

Tanto los aliados como los enemigos de Estados Unidos están expectantes y ya están leyendo los gestos políticos de Trump en la transición, el más importante hasta ahora fue el llamado a la presidenta de Taiwán como señal de una política más dura hacia China.

En este punto podemos decir que hay dos hipótesis. Una que la política de Trump implique una ruptura mayor con respecto a la “doctrina Obama (probablemente revise el acuerdo con Irán, y ya anunció una política diferente hacia Cuba). Otra que más allá del “estilo” de contenido va a tener una mayor continuidad con la política de Obama, en particular en la política hacia Rusia. Esto quiere decir que va a Trump será más cauto en el terreno geopolítico, con el objetivo de impedir que se unan Rusia y China contra Estados Unidos y que para lograrlo necesita aflojar la presión sobre Rusia, concentrarse en China y evitar tener que enfrentar dos enemigos al mismo tiempo.

Tendremos que ver cómo se desarrollan una vez que asuma el gobierno y se vea efectivamente cuál va a ser su orientación, más allá de las especulaciones.

Base social, se necesita

La política interna de Trump va a estar orientada a conseguir una base social sólida, de la que hoy aún carece.

La composición de su gabinete indica que va a ser un gobierno hegemonizado por el ala derecha del partido republicano – personajes como Gingrich, Giuliani, muchos militares, veteranos de las guerras de Irak, y otros ligados a las finanzas y monopolios, junto a figuras como el presidente del Partido Republicano.

En las primeras semanas de la “transición” ha dado algunas señales de cómo negociaría con las grandes corporaciones que deslocalizan plantas más allá de las fronteras estadounidenses, en particular hacia México. El “golpe de efecto” lo dio con la empresa Carrier (líder mundial en aire acondicionado) en Indiana para mostrar poder pero no indica que vaya a “hacer volver” empresas como prometió en campaña. El acuerdo con Carrier que Trump presentó como un triunfo, en realidad se viene negociando hace ya más de un año. Y a cambio de concesiones significativas en rebaja de impuestos y regulaciones, la empresa se comprometió a mantener 1000 de los 2000 puestos de trabajo, cuestión que podría ser una muestra del estilo de gobierno.

Muy difícilmente compense los beneficios obtenidos por las deslocalizaciones y menos aún hagan retornar los empleos de calidad a Estados Unidos. El recorte de impuestos que ya se da por hecho obligará al gobierno a buscar formas de financiamiento del déficit presupuestario que ya está a niveles siderales.

Pero además de las grandes multinacionales hay un capital no globalizado que produce para el mercado interno y que es el núcleo de la base social de Trump. En Estados Unidos hay alrededor de 30 millones de pequeñas empresas que emplean a más del 40% de los trabajadores y que si reciben beneficios impositivos y otros incentivos pueden ser un motor, junto con la inversión (estatal y privada) en obra pública para que Trump gane una base social amplia, algo que necesita construir en el primer tramo de su gobierno para hacer una presidencia viable y con expectativa de mantener el control republicano en las elecciones de medio término.

Demócratas al borde del ataque de nervios

El partido demócrata está en una crisis sin precedentes. A pesar de que Hillary ganó el voto popular por casi 2 millones, es una candidata del establishment, fue incapaz de detectar el descontento de la Norteamérica profunda, donde ganó dos veces Obama. Se jugó por profundizar la “política de la identidad” (es decir afroamericanos, latinos, jóvenes, mujeres) y fracasó. No retuvo la ventaja que Obama había sacado en esos sectores y perdió en los sectores de la clase obrera blanca. Los trabajadores fueron los grandes ausentes de su discurso político. Es más, descalificó a los potenciales votantes de Trump como “deplorables”.

El opositor interno de los demócratas, Bernie Sanders dilapidó gran parte de su capital político subordinándose a la estrategia de Clinton, a pesar de que hizo una campaña dirigiéndose “por izquierda” a los mismos sectores sensibles al discurso de Trump.

Todavía es una incógnita cómo se ubicará el partido demócrata –en particular sus referentes de izquierda que son los que quedaron en pie- ante el gobierno de Trump. Estarán en minoría en ambas cámaras. Hay que ver si apoyarán algunas medidas de Trump favorables al empleo norteamericano y rechazarán otras como las restricciones a las de inmigración; o si se ubicarán en la oposición en general y presentará sus propias leyes, como ya anunció Sanders.

En perspectiva es probable que el sector más precario de los asalariados, que por edad y cultura están mucho más cerca de movimientos sociales tipo Occupy Wall Street que de la vieja clase obrera, tienda a ser un sector activo de la oposición a Trump, lo mismo que sectores del movimiento estudiantil, la nueva generación de jóvenes llamados los “millennials” (nacidos en el nuevo siglo). Estarán planteados conflictos contra el racismo, en defensa de inmigrantes, en defensa del derecho al aborto, y otros temas “democráticos”, teniendo en cuenta el contenido autoritario de Trump.

La clase obrera viene de décadas de retroceso, pero aún no está claro si no se fortalecerá socialmente en los próximos años. Por que contradictoriamente, a pesar de que el de Trump será un gobierno de derecha, antisindical y favorable a los intereses patronales, deberá consolidar una base social, entre ellos el “viejo” proletariado americano. Esto no niega de ninguna manera el peligro que implica que un sector de la clase obrera blanca, atrasada desde el punto de vista político y conservadora en lo social, haya votado a un demagogo reaccionario y xenófobo como Trump.

Latinoamérica bajo un nuevo paradigma

El triunfo de Trump ya produjo un cimbronazo en América latina, y no solo en México. Los gobiernos de derecha que asumieron ante la crisis y agotamiento del ciclo “progresista” se habían ilusionado con un triunfo de Hillary y habían apostado por sumarse a la Alianza del Pacífico, el acuerdo de libre comercio que varios países de la región tenían con Estados Unidos y era la base para el Tratado Transpacífico. Pero esa perspectiva está cerrada. Ya está claro que las condiciones van a ser más adversas para América latina: no solo por la política comercial más restringida sino también por una muy posible suba de las tasas de interés y una política de dólar fuerte. Esto deja mal a países más expuestos a los flujos de capital internacional como Brasil que ya lleva una caída acumulada del 8% en dos años. Esta situación agrava las crisis políticas como en el caso de Brasil donde el gobierno de Temer no termina de consolidarse en medio de los escándalos de corrupción, para poder llevar adelante el ajuste fiscal. Argentina, aunque por el aislamiento luego del default y el conflicto con los buitres tuvo menos dependencia del capital financiero internacional, ahora ha aumentado cualitativamente su deuda en dólares, por lo que se verá afectada tanto por la suba de la tasa de interés en Estados Unidos como por la situación crítica en Brasil. Entramos en una situación mucho más convulsiva, que puede dar lugar a procesos más agudos tanto políticos como de la lucha de clases.

Es muy importante aprovechar el odio que puedan generar las políticas derechistas de Trump, para intervenir en los procesos progresivos que haya con una clara orientación de clase, anticapitalista, antiimperialista de conjunto sin caer en frentes de conciliación de clases con los opositores patronales a Trump.




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