Cultura

EDITORIAL CEIP-IPS

Una escuela de pensamiento estratégico

A propósito del libro de Trotsky Los primeros 5 años de la internacional Comunista.

Juan Dal Maso

juandalmaso@gmail.com

Domingo 10 de septiembre | Edición del día

En octubre de 2016, Ediciones IPS-CEIP y la Casa Museo León Trotsky de México han puesto en circulación el 9° tomo de las Obras Escogidas de Trotsky. Se trata de Los primeros 5 años de la Internacional Comunista, una obra publicada por primera vez en castellano de manera íntegra, que reúne artículos, documentos, cartas, discursos y ensayos del revolucionario ruso relativos a los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista.

Algunos de ellos, como “Una escuela de estrategia revolucionaria”, el “Informe sobre la NEP y las perspectivas de la revolución mundial”, “Sobre el Frente Único” o “Flujos y reflujos”, ya habían sido incluidos en otras compilaciones del CEIP o en textos de otras editoriales. Sin embargo, estos son apenas algunos de los 59 trabajos de Trotsky que componen el volumen.

Publicado originalmente en 1924 cuando ya se había iniciado en la URSS la “lucha contra el trotskismo”, que retomaba las viejas querellas del marxismo ruso para limar la influencia de Trotsky en el partido y el Estado soviéticos, este libro muestra con toda claridad su rol en los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista (IC); el trabajo común con Lenin y por supuesto muchas de sus ideas. Permite comprender el posterior desarrollo de la teoría y la actividad de Trotsky, a partir de un conjunto de problemas tácticos y estratégicos del movimiento obrero en la primera posguerra. Intentaremos realizar un pequeño repaso sobre algunos de ellos.

Bajo el signo de la potencia norteamericana

Uno de los temas que hacen a la comprensión del marco estratégico de los años de entreguerras, analizado tempranamente por la Internacional Comunista y en especial por Trotsky, es el desplazamiento del centro de gravedad de la economía mundial de Europa a Estados Unidos. A la decadencia del imperio británico y la sobrevida del capitalismo de rapiña francés se opone el avance de la potencia norteamericana, basado en la estabilidad de su moneda, su capacidad industrial y su superioridad técnica, sumadas a una política prudente de dejar que las demás potencias de desangraran y endeudasen durante la guerra para luego aparecer como los salvadores de Europa y los garantes de la paz mundial. El rol de Estados Unidos en la economía y la política mundiales, que sigue siendo un tema de debate en la actualidad, acompañó la reflexión de Trotsky durante todo el período de entreguerras, pero en los documentos de estos años se puede ver un análisis en muchos aspectos anticipatorio del desarrollo posterior del imperialismo yanqui. A su vez, la decadencia de Europa permite comprender por qué se abren en ese continente perspectivas revolucionarias.

Una lenta revolución

Los dos primeros congresos de la Internacional Comunista partían de la idea de que la guerra había dejado en crisis a la democracia burguesa y sentado las bases para la lucha por la dictadura del proletariado. En este marco, la IC planteaba la lucha por el desarrollo de soviets y la creación de Partidos Comunistas que se prepararan en un período de tiempo relativamente breve para la lucha por el poder. Esta orientación incluía el trabajo en los sindicatos y el parlamentarismo revolucionario, también considerados en los debates de estos congresos como tareas importantes de los comunistas, dentro de una lectura de las tendencias de la lucha de clases que planteaba la posibilidad de una lucha directa por los objetivos estratégicos de la revolución y el poder obrero.

Sin embargo, el tema no era tan sencillo. Tan pronto como en abril de 1919 Trotsky caracterizaría que la revolución alemana era “una lenta revolución” en la que las masas obreras luchaban a través de una serie de combates incesantes, mientras la socialdemocracia se integraba en el régimen burgués, defendiéndolo incluso con la fuerza de las armas, como había mostrado el asesinato de Rosa Luxemburgo y Karl Liebnecht. En estos continuos y sangrientos combates, la clase obrera iría forjando un partido revolucionario templado, que no existía en los comienzos del ascenso de luchas obreras de la inmediata posguerra. Aquí ya queda planteado uno de los temas que vuelve una y otra vez a lo largo del libro: cuáles son las características que diferencian a la revolución en Europa Occidental de la revolución rusa, qué implicancias tienen para la definición de una táctica (orientación en los combates parciales) y una estrategia (utilización de estos combates para vencer al enemigo) por parte de los comunistas y la necesidad de forjar los partidos en el fragor del combate mismo, sin una tradición previa comparable con la del bolchevismo ruso.


Delegados al III Congreso de la IC

Estado, economía, lucha de clases

Luego del retroceso del Ejército Rojo en Varsovia en 1920, la derrota de los consejos de fábrica en Italia el mismo año y la derrota de la llamada “Acción de Marzo” de 1921 en Alemania, la Internacional Comunista pone en marcha la política de Frente Único, en simultáneo con la aplicación de la NEP (Nueva Política Económica, que restauraba la economía de mercado en el campo y permitía el arrendamiento de fábricas, entre otras concesiones, dentro del monopolio del comercio exterior) en Rusia.

Antes de analizar la política del Frente Único, es importante destacar una de las cuestiones remarcadas por Trotsky en sus intervenciones: la burguesía europea vivió su año de terror en 1919. La salida de la guerra y la revolución rusa abrían perspectivas revolucionarias y la burguesía estaba en un estado de desorientación. Pero siendo una clase que había practicado durante siglos su dominación política, al encontrarse frente al abismo que amenazaba su poder, ampliaba al máximo su capacidad de maniobra frente a las masas. De aquí que tomara la iniciativa, frente al ascenso de luchas obreras, de “preservar el equilibrio de clases hundiendo el equilibrio económico”. La emisión de papel moneda, los subsidios a la industria, la jornada de 8 horas y el congelamiento de los alquileres, fueron algunas entre las principales medidas tendientes a mantener a través de una política de Estado la relativa prosperidad industrial que había generado la guerra. De esta manera, apostaba a que los soldados desmovilizados no se encontraran sin trabajo con los bolsillos vacíos al llegar a sus casas, lo cual los hubiera impulsado más decididamente hacia la acción revolucionaria.

Una vez pasados los momentos más duros del ascenso de luchas obreras, la burguesía retomaba el mando en 1921 y buscaba pasar a la ofensiva contra las conquistas que el movimiento obrero había logrado producto de su situación de desorientación. El “equilibrio económico” debía ser restaurado a costa de cambiar las relaciones de fuerzas entre las clases.

Este es un momento de rigor analítico muy importante porque permite comprender que la idea de que el capitalismo vivía una época de crisis, guerras y revoluciones no significaba que toda crisis fuera “la crisis final” ni tampoco implicaba la imposibilidad para la burguesía de encontrar una salida, explotando las debilidades estratégicas del movimiento obrero. Precisamente ese era el debate que se daría en el Tercer Congreso con las alas ultraizquierdistas, en especial el partido alemán y los sectores agrupados en la revista vienesa Kommunismus, que de la idea de la “crisis final” del capitalismo derivaban una política de ofensiva permanente que ya había ocasionado la derrota de la Acción de Marzo (que había sido un llamado a la huelga general realizado por los comunistas alemanes, seguido por una parte de los obreros ocupados de Alemania central y también de los desocupados, pero no por la mayoría de la clase obrera, acción aplastada por las fuerzas de represión y que había dividido a los obreros comunistas de los socialdemócratas).

El Frente único

La política o táctica de Frente Único tenía su antecedente en la Carta Abierta (enero de 1921) con que el partido alemán había llamado a la acción en común a la socialdemocracia en función de la defensa de las conquistas mínimas del movimiento obrero. Esta política había sido pensada por Paul Levi que luego fuera expulsado del partido por indisciplina y posteriormente volvería a la socialdemocracia.

El Tercer Congreso de la IC sesiona en Moscú entre el 22 de junio y el 12 de julio de 1921 y adopta la táctica de Frente Único como orientación central. A partir del análisis de situación expuesto más arriba, Lenin y Trotsky señalaban que los comunistas de Occidente eran una minoría y que no estaban en condiciones de dirigir a las masas obreras hacia combates decisivos. La tarea a lograr a través de la táctica del Frente Único era la conquista de la mayoría. Convocando a la lucha común a los obreros socialdemócratas y sus dirigentes, en defensa de la jornada de 8 horas, del derecho de reunión y agremiación, contra la rebaja de salarios, entre otras demandas, los comunistas lograrían ganar en las masas la autoridad que éstas todavía no le reconocían, por no conocer suficientemente al partido.

Esta táctica, a su vez, obedecía a una necesidad objetiva de la clase obrera en su conjunto, dado que los reformistas promovían la división del movimiento obrero. En Francia habían dividido el movimiento sindical, para combatir a los comunistas y sindicalistas revolucionarios aliados al comunismo. En Italia habían aumentado las prerrogativas de la burocracia sindical, impidiendo la democracia interna en los sindicatos y permitiendo al fascismo en avance el ataque sobre los gremios de la industria donde tenían más peso los comunistas. En Alemania, los sindicatos controlados por los socialdemócratas se colocaban como garantes de la estabilidad del orden burgués.

En este contexto, el Frente Único permitía simultáneamente ganar influencia a los comunistas al mismo tiempo que planteaba la única forma en que la clase obrera podía responder con fuerza suficiente a la ofensiva de los capitalistas, en la condiciones concretas de la lucha de clases de Europa Occidental en la primera posguerra.

Gobierno obrero

Entre el 5 de noviembre y el 5 de diciembre de 1922 sesiona en Moscú el Cuarto Congreso de la IC, que vuelve a ratificar la táctica del Frente Único proletario e incorpora la del Gobierno Obrero, como una derivación de ella. A partir de una política para la lucha común entre comunistas y socialdemócratas, el Gobierno Obrero era una consigna que permitía plantear el problema del poder de la clase trabajadora como una consecuencia lógica del Frente Único. No era exactamente la “dictadura del proletariado” que habían puesto en práctica los bolcheviques en Rusia, sino un paso en esa dirección, un gobierno de los partidos obreros que armara a la clase trabajadora y desarmara a la reacción como primeras medidas. Para Trotsky, el antecedente histórico de esta política era la experiencia de la Comuna de París, que había sido al mismo tiempo un gobierno de la clase obrera y un frente único de todas sus tendencias. Era una vía para el desarrollo de la revolución en Europa pensando en los elementos que antes señalamos: mayor estabilidad del Estado burgués, división del movimiento obrero y peso de la socialdemocracia, carácter minoritario aún de los comunistas, pero también una dinámica de lucha de clases que podía permitir que el Frente Único pasara de una etapa defensiva a otra ofensiva. En ese contexto, el Gobierno obrero era a su vez un punto de apoyo para una lucha revolucionaria por el poder, que requería un Partido Comunista organizado y aguerrido capaz de ganar la dirección de las masas obreras y populares.

Tiempos largos, no tan largos

Comenzamos hablando de la revolución alemana como “una lenta revolución”. Efectivamente, los debates planteados en el Tercer y Cuarto Congreso están atravesados por esta idea (planteada ya por Trotsky en 1919) de que los tiempos de la revolución en Europa Occidental serían más largos que los de la revolución en Rusia. Sin embargo, esta afirmación se yuxtapone con otra: que estos tiempos largos no serían tan largos. En efecto, Trotsky enfatiza en varios de sus discursos que el trabajo de preparación para la lucha ofensiva, el trabajo de conquista de la mayoría, puede llevar tal vez algunos años, tal vez algunos meses; a veces habla de dos años, otra de cuatro años, que eran otros tantos durante los cuales tenía que resistir la Rusia revolucionaria a la espera de la revolución europea, al mismo tiempo que tomaba sus propias medidas internas para sostenerse. La cuestión de la temporalidad de la revolución, con todo, es un tema complejo. Si se toma el plazo entre 1905 y 1917, tampoco la revolución rusa fue tan “rápida” pensada como proceso de conjunto. Los tiempos rápidos y fulminantes fueron sobre todo los que se dieron entre febrero y octubre de 1917, meses en los que la velocidad de la revolución fue continuidad de la velocidad de la guerra.

Entre la guerra civil y la insurrección

Relacionada con la cuestión anterior, Trotsky señalaba que la relación entre guerra civil e insurrección en Europa Occidental era diferente a la que se había dado en Rusia. Mientras que en Rusia la burguesía había sido tomada por sorpresa y luego de la conquista del poder sobrevino una cruenta guerra civil, en Europa Occidental, con países de mayor desarrollo industrial y densidad de población, con Ejércitos más preparados, con Estados más estables y guardias contrarrevolucionarias preparadas de antemano, estas luchas cruentas se darían antes de la conquista del poder.

Así lo planteaba abiertamente Trotsky en su Informe sobre el quinto año de la revolución de Octubre y las tareas del Cuarto Congreso de la Internacional Comunista. Una idea similar plantearía en su Informe sobre la NEP del Cuarto Congreso. Pero, a diferencia de Rusia, la conquista del poder daría lugar a una dominación mucho más estable de la clase obrera.

Esta hipótesis sobre el modo en que se daría la lucha no era un esquema rígido. Más bien al contrario, tanto en la idea de “tiempos largos, no tan largos” como en el posterior planteo de Trotsky en uno de los últimos artículos del libro sobre la necesidad en toda revolución de fijar una “fecha fija” para la insurrección, puede verse un pensamiento vivo, en tensión, que combina la búsqueda de una vía efectiva para la revolución en Europa occidental con la relativa universalidad de las lecciones de la experiencia rusa.

Este libro se publicó en mayo de 1924. En Julio de este mismo año, Trotsky daría una conferencia en la Sociedad de Ciencias Militares de Moscú en la que plantearía la idea de que era necesario escribir un manual sobre la insurrección y la guerra civil. En esa conferencia distinguía la lucha de clases “legal”, la guerra civil y la insurrección como un momento específico de la la lucha por el poder. No llegó a escribir ese manual como tal. Pero muchas de sus reflexiones en Los primeros 5 años de la Internacional Comunista giran alrededor de estas relaciones, en un momento particular en el que el eje de la actividad revolucionaria pasa por las tareas preparatorias y de conquista de la mayoría de la clase obrera.

***
Quince años después, el 9 de junio de 1939, Marceau Pivert, dirigente de un grupo que Trotsky denominaba como “centrista” (oscilante entre posiciones revolucionarias y reformistas) publicaba en el periódico Juin 36 un artículo titulado “El PSOP y el trotskismo”. En ese artículo, Pivert realizaba una serie de críticas a Trotsky y sus partidarios, un sector de los cuales militaban en el interior del Partido Socialista Obrero y Campesino, que él dirigía.

Entre esas críticas, que un mes después Trotsky sometería a un análisis polémico minucioso y cruel, Pivert decía que el viejo revolucionario ruso tenía la concepción de un “partido-jefe” “que sólo puede admitir en su organización a afiliados que acepten como un dogma, es decir, sin discusión, la referencia sistemática a los principios elaborados en los cuatro primeros congresos de la IC”.

Ignoraba Pivert que a su manera le estaba haciendo un elogio.








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