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Venezuela: por qué la izquierda chilena no pasó la prueba

Desde el Partido Comunista, pasando por sectores del Frente Amplio, hasta los colectivos “rojinegros”, se hicieron eco de la propaganda de Maduro en torno a la Asamblea Constituyente, tratando de ocultar el fracaso del proyecto chavista.

Fabián Puelma

Egresado de Derecho U de Chile, Partido de Trabajadores Revolucionarios

Martes 8 de agosto

Si hasta hace pocas semanas gran parte de la izquierda chilena se mostraba cautelosa al momento de hablar de Venezuela, luego de las votaciones para la Asamblea Constituyente diversas organizaciones se sintieron envalentonadas para atacar a quienes criticamos desde la vereda izquierda la deriva del llamado “socialismo del siglo XXI”.

Muchos se plegaron a la lógica estalinista de abordar la cuestión: quien critica al régimen chavista le hace el juego a la derecha y al imperialismo. Desde el Partido Comunista, pasando por el “polo izquierda” del Frente Amplio hasta los colectivos que reivindican la tradición mirista, reconstruyeron la infame teoría del “caballito de troya del imperialismo”.

Nos dicen que la “disputa concreta” se reduce a dos campos. Pero su “campismo” no es otra cosa que el antiguo arte de subordinar a los trabajadores y al pueblo a una variante política ajena. Para estas organizaciones ser de izquierda equivale a apoyar a algún caudillo militar o algún populismo nacionalista con fraseología de izquierda. Nunca estas variantes políticas han sido funcionales al triunfo de la revolución socialista, más bien todo lo contrario. La historia de Latinoamérica está llena de ejemplos.

Es evidente que detrás de estas frases se oculta la impotencia, pues buscan esconder el irreversible fracaso del chavismo. Estas organizaciones cayeron en su propia trampa, puesto que para cualquier observador serio, en Venezuela no se debate el socialismo, ni la revolución, lo que hay en la calle son dos bandos peleando por la renta petrolera.

Un corresponsal de La Izquierda Diario en Venezuela lo planteó lúcidamente: de un lado están “los funcionarios corruptos, la (boli)burguesía que creció bajo el ala del Estado y una casta de militares que se hicieron millonarios y ganaron un poder político y económico sin precedentes. Del otro, la vieja derecha escuálida desesperada por hacerse nuevamente del petróleo y del control”.

¿Los trabajadores y el pueblo? Dedicado a la difícil tarea de parar la olla, aprisionado entre dos bandos que no representan sus intereses propios. Por una parte la derecha golpista habla hipócritamente de democracia, mientras que su programa se basa en incentivar la sublevación de parte del ejército, en la intervención del imperialismo yanqui y la presión de los Estados capitalistas. Su perspectiva es implantar un plan económico abiertamente reaccionario y entreguista, de mayor devaluación, ajuste del gasto público, privatizaciones y mayor precarización de las condiciones de vida del pueblo.

No es casual que exista desmovilización y desmoralización por parte de los trabajadores. El Estado de excepción de casi tres años decretado por Maduro -que incluye regímenes particulares que prohíben y proscriben derechos elementales como asambleas, huelgas o cualquier otra medida de lucha en determinados lugares, como en el Arco Minero del Orinoco (12% del territorio nacional) y las varias zonas económicas especiales- y la restricción de los derechos democráticos es uno de los principales obstáculos para desplegar la organización propia e independiente de los trabajadores. El desabastecimiento y la inflación golpea al pueblo, mientras que el gobierno destina sumas multimillonarias al pago de la deuda externa y hace la vista gorda sobre la monumental fuga de capitales.

Es decir, no sólo hay dos bandos en disputa ajenos a los intereses de los trabajadores y el pueblo, sino que ambos plantean una salida reaccionaria y antidemocrática. Sin embargo, grupos como Nueva Democracia (organización que respaldó a Alberto Mayol en la primaria frenteamplista), Partido Igualdad o Ukamau, en su carta dirigida a Beatriz Sánchez, afirmaron “que el gobierno Bolivariano ha intentado salir de la crisis democrática que hoy vive Venezuela, con más democracia y más participación”, lo que es una bofetada al pueblo venezolano.

Pero las declaraciones de Revolución Democrática y Movimiento Autonomista no son más afortunadas. Para el partido de Giorgio Jackson “la democracia y su cuidado es un valor intransable e ineludible para la construcción y el desarrollo de nuestros pueblos”. Por su parte, el partido de Boric afirmó que “estamos comprometidos con los principios de la democracia, la autodeterminación de los pueblos, y con la búsqueda pacífica de soluciones políticas a los problemas, tensiones y conflictos en cualquier lugar del planeta”.

Pensar en una “solución pacífica” que ponga en el centro los valores de la democracia en general, es una abstracción que hoy sólo puede traducirse en la salida negociada, que es justamente la política de una parte del chavismo, parte de la MUD, apoyados en el Vaticano e incluso sectores del gobierno norteamericano. Pero esta vía de escape no cuestiona ni un ápice las políticas de ajuste, de injerencia de las transnacionales y las políticas anti obreras tanto del chavismo como de la oposición golpista.

Nosotros, por el contrario, sostenemos que el único “campo” que los revolucionarios podemos apoyar, es el de los intereses propios de los trabajadores y el pueblo. Es una realidad que gran parte de la población no está ni con Maduro ni con la MUD. La necesidad histórica de una alternativa de clase, obrera y socialista es apremiante. Se trata de una tarea difícil, pero hipotecarla apoyando al chavismo la hace imposible. Peor aún sería subordinarse a la oposición de derecha, como lo hacen algunas organizaciones que caracterizan que en Venezuela hay una "rebelión popular", que levantan la consigna de "Abajo Maduro" y llaman a participar de las movilizaciones de la derecha, lo que a todas luces es un desbarranque estratégico. Nuestro punto de partida es claro: ¡Ni con Maduro ni con la MUD!






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