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1ro de septiembre de 2019 Twitter Faceboock

SEMANARIO IDEAS DE IZQUIERDA
[Dossier] Laclau vs. Trotsky: lecturas y distorsiones
Juan Dal Maso | juandalmaso@gmail.com

Ilustración: Mural en la esquina de la Casa Museo León Trotsky en México DF.

Link: https://www.laizquierdadiario.com/Dossier-Laclau-vs-Trotsky-lecturas-y-distorsiones

Construyendo su obra en diálogo, polémica y ruptura con el marxismo, Ernesto Laclau asignó un lugar específico para Trotsky en sus reflexiones teóricas y políticas, a lo que dedicaremos estas líneas.

Intentaremos analizar las operaciones teóricas que Laclau desarrolla a través de sus críticas a Trotsky en función de construir un discurso de “democracia radicalizada” que difiere sustancialmente de la perspectiva marxista de la revolución socialista, pero intenta presentarse como una superación de sus contradicciones.

Tomaremos especialmente tres obras: Política e ideología en la teoría marxista. Capitalismo, fascismo, populismo (1977), Hegemonía y estrategia socialista (1985, escrito junto con Chantal Mouffe) y Nuevas reflexiones sobre la revolución de nuestro tiempo (1990). Estos libros concentran la mayor parte de las referencias a Trotsky, o sobre todo las principales discusiones teóricas que involucran expresamente una lectura de Trotsky.

No pretendemos en estas líneas hacer un comentario completo de la teoría de Laclau, ni agotar siquiera el tema específico que nos proponemos abordar. Pero sí intentaremos, reconstruyendo estos debates, señalar algunas contradicciones y soluciones fallidas que la crítica laclausiana de Trotsky nos presenta y que están relacionadas con las elaboraciones más generales de Laclau. Iniciemos, pues, el recorrido.

El problema de la política democrática: ¿patrón de análisis?

Política e ideología en la teoría marxista. Capitalismo, fascismo, populismo, se publicó por primera vez en inglés en 1977. Contiene cuatro textos dedicados a distintos temas: el debate sobre los modos de producción en América Latina, los problemas del Estado y la política como esfera autónoma, el fenómeno del fascismo y la problemática althusseriana de la ideología, junto con una formulación de la cuestión del “populismo”.

La presencia de Trotsky se concentra en la discusión sobre el fascismo. Laclau destaca que durante los años ‘20 y ‘30 surgieron análisis sugerentes sobre el fenómeno del fascismo como los de Trotsky, Togliatti (antes de plegarse a la línea del “tercer período”), Otto Bauer, Rosenberg y Taelheimer. Sostiene que posteriormente, en los años de los Frentes Populares con la “burguesía progresista”, la Comintern logró identificar correctamente al fascismo como aliado del capital monopolista. Pero que al establecer esta filiación dejó de lado en sus análisis el carácter relativamente autónomo del Estado bajo el fascismo así como su carácter de movimiento de masas. Desde ahí retoma y debate las elaboraciones de Nikos Poulantzas sobre el fascismo. Retomando las críticas a los “coqueteos” del KPD (PC alemán) con el “nacional-bolchevismo” (la llamada “línea Schlageter”) realizadas por Poulantzas, Laclau señala que Trotsky había criticado la misma política, pero que su propuesta había sido –frente a la disolución de la clase en el pueblo en el discurso comunista– la de emplazar a la pequeñoburguesía a decidirse por apoyar un régimen fascista o una revolución proletaria. Laclau concluía que de esta forma Trotsky practicaba un reduccionismo de clase de lo más crudo, en el que negaba las contradicciones entre el pueblo y el bloque en el poder, aceptando solamente las contradicciones de clase, no asignaba ninguna autonomía a las ideologías popular-democráticas y por ende no daba siquiera la posibilidad de articularlas con las luchas del proletariado. Según Laclau, para Trotsky lo único que el proletariado podía ofrecer como objetivo a las clases medias era una revolución proletaria, lo cual era expresión de un sectarismo obrerista.

Laclau sostiene que era necesaria una articulación entre nacionalismo, ideología democrática y socialismo para combatir el ascenso del nazismo. Pero considera que esto hubiera surgido de “llevar hasta el final” la “línea Schlageter” abandonando todo “reduccionismo de clase”. Desde su óptica, Trotsky se limitó a una política correcta de alianza defensiva con la socialdemocracia pero subestimó la importancia de una política popular-democrática. Por eso Laclau afirmaba que un liderazgo trotskista del KPD hubiera sido igualmente impotente frente al ascenso del nazismo [1].

No nos detendremos a analizar detalladamente estas afirmaciones de Laclau ni a refutarlas, cuestión que por ahora no nos interesa. Simplemente arriesgaremos una hipótesis que no parece descabellada: la imagen del desencuentro entre el “reduccionismo de clase” y una política “popular-democrática” se mantiene como una constante en su discurso sobre Trotsky, que va a retomar posteriormente en un contexto teórico distinto, en ruptura declarada con la tradición marxista, pero paradójicamente más interesado en discutir más profundamente las elaboraciones teóricas de Trotsky más allá de sus intervenciones políticas específicas.

Las “dos narraciones” y una “deconstrucción” fallida

Hegemonía y estrategia socialista (1985), retoma la crítica de la teoría de Trotsky en un nivel de desarrollo mucho más complejo y como parte de una tentativa de construir una teoría “posmarxista” cuyo eje articulador es el concepto de hegemonía entendido como superación o abandono de la teoría marxista de las clases y el carácter de clase de la política. Con el objetivo de contribuir a la conformación de una “socialdemocracia de izquierda”, Laclau y Mouffe, reformulan –con la colaboración del “giro lingüístico”– una teoría de la hegemonía entendida como articulación discursiva de distintas “posiciones de sujeto”, tendiente a radicalizar la democracia.

En el recorrido con que intentan fundamentar su posición, señalan una tensión en la tradición marxista entre el “esencialismo de clase” (determinación de la clase obrera como sujeto político por su rol en la producción) y la cuestión de lo político que tiende a constituir agentes que no pueden encuadrarse en una estrecha definición económica de la clase. Entre los referentes destacados de esta tensión, aparecen el marxismo ruso y su problemática de la hegemonía y Antonio Gramsci, que resignifica esa problemática y es presentado por Laclau y Mouffe como quien más avanzara en desarrollar la “lógica deconstructiva de la hegemonía” sin lograrlo, por mantener de una forma u otra el paradigma del “esencialismo de clase”.

En este marco, la evaluación que hacen Laclau y Mouffe del marxismo ruso resulta sumamente interesante, ya que intenta insertarse en su problemática para ir más allá de las que consideran sus limitaciones. Para decirlo sintéticamente, la cuestión de la hegemonía en el marxismo ruso surge por una doble constatación: dado el carácter “atrasado” del país, la revolución rusa será una revolución democrático-burguesa (al menos por sus tareas iniciales), pero dada la debilidad y cobardía de la burguesía frente al régimen autocrático, la clase llamada a dirigirla será la clase obrera en alianza con el campesinado. Laclau y Mouffe destacan que en esta idea de que una clase hacía las tareas históricas de otra, reside un principio de cuestionamiento del “esencialismo de clase”, que en definitiva no fue hasta el final porque Lenin y Trotsky nunca pusieron en duda el carácter clasista de los agentes sociales.

Según los autores, el marxismo ruso y especialmente Trotsky habían construido dos narraciones. Una “narración primera” en la que el desarrollo capitalista y sus leyes estructurales determinaban las clases perfectamente delimitadas en función de su rol en la producción. En esta “narración primera” surgía como anomalía la incapacidad de la burguesía de llevar adelante su propia revolución. La solución la proporcionaba una “narración segunda” que reemplazaba al personaje y asignaba al proletariado el papel que la burguesía no podía cumplir: la revolución permanente. El problema de esta narración segunda era que 1) asumía lo esencial de la “narración primera”, o sea el rol de la clase obrera se podía afirmar si se aceptaba previamente el esquema evolutivo según el cual la burguesía hubiera sido el agente “natural” de la revolución democrático-burguesa; 2) la naturaleza de clase de las tareas no variaba según el agente que las llevara adelante, lo cual tiene relación directa con que 3) la identidad de los agentes seguía estando dictada por las posiciones estructurales establecidas en la narración primera.

Entonces, las relaciones hegemónicas eran solamente un suplemento de las relaciones de clase determinadas en función de la producción y no el eje articulador de una teoría de lo político. De allí que la relación entre la política hegemónica y las clases fuera una relación de exterioridad y quedara sin discutir la especificidad del vínculo hegemónico.

Laclau y Mouffe destacan que la teoría de Trotsky –al estar centrada en la transferencia de las tareas democráticas al proletariado como agente de la revolución– dejaba más expuesta la cuestión del “vínculo hegemónico” (es decir de la relación entre una clase y tareas que no serían sus “tareas históricas” y por ende con otros sectores populares que no son parte del proletariado), pero señalan que Trotsky nunca terminó de teorizar el problema de la relativa autonomía del Estado en el desarrollo del capitalismo ruso, realizando una combinación de “particularidades rusas” que se complementaban con un marco teórico general “esencialista” que no se ponía en cuestión. En ese marco, las tareas democráticas inconclusas que la revolución rusa debía llevar adelante, no lo llevaban a replantearse el problema del agente de la revolución en términos democráticos y anti-absolutistas sino a construir una “pasarela” para el “esquema preconcebido” del marxismo, con sus clases estructuradas en la producción. Si a esto sumamos que la revolución rusa para triunfar dependía de la revolución en Europa Occidental, la “narración segunda" se terminaba de reintegrar definitivamente en la “narración primera”, volviendo a los carriles “normales” del esencialismo y evolucionismo marxistas [2].

Dislocación y desarrollo desigual y combinado

En Nuevas reflexiones sobre la revolución de nuestro tiempo (1990), Laclau retoma las elaboraciones de Hegemonía y estrategia socialista, así como algunos debates y reflexiones relacionadas con ese libro.

Una de las ideas fuertes de ese trabajo es la “dislocación”, que impide que una estructura social tenga leyes objetivas autosuficientes, que en relación con ellas se constituyan las identidades de los agentes y que la correspondencia entre las leyes que rigen la estructura y la identidad de los agentes (por ejemplo en la sociedad capitalista, la clase obrera industrial) se traslade a su vez al plano político. Una reivindicación del “desajuste” de la sociedad, la economía y la política, frente a una imagen (nuevamente) de un marxismo ingenuo.

Al igual que en Hegemonía y estrategia socialista, en que Laclau y Mouffe rastreaban los orígenes de la problemática de la hegemonía (entendida como la formularon ellos) en la tradición marxista, lo mismo hace Laclau con la teoría de la dislocación, buscando en Marx y el marxismo –en especial el de Trotsky– la centralidad de la dislocación y también las limitaciones del tratamiento de su problemática.

Dice Laclau que la cuestión de la dislocación en el marxismo aparece a través de la “revolución en permanencia” y del “desarrollo desigual y combinado”.

Durante el siglo XIX la burguesía fue logrando imponer sus objetivos de clase sin hacer más revoluciones y por ende la burguesía como clase se alejaba de la perspectiva de la “revolución democrático-burguesa” como proceso que se le imputaba a modo de su tarea histórica. Laclau recuerda esta circunstancia y destaca que en Marx hay una ambivalencia discursiva mediante la cual simultáneamente se afirma el esquema de un economicismo etapista que supone la necesidad de una revolución burguesa dirigida por la burguesía como antesala de la revolución proletaria, con un discurso más complejo que ante la existencia de desniveles estructurales planteaba la posibilidad de procesos revolucionarios que eludieran el patrón de un desarrollo por etapas necesarias como su hipótesis de revolución permanente para Alemania o su carta a Vera Zasulich que suponía la posibilidad de que la comuna campesina rusa pudiera evitar el desarrollo capitalista como antesala del socialismo.

Laclau prosigue afirmando que la tendencia a hacer de la dislocación estructural el eje articulador de una estrategia política será llevada más a fondo y desarrollada en algunas de sus potencialidades por la teoría de Trotsky.

Según Laclau, la teoría de la revolución permanente (ya en su formulación temprana) se basaba en una serie de dislocaciones: de la relación base/superestructura, de la revolución democrático-burguesa y de la burguesía como agente de ese proceso, yendo directamente a una ruptura de la relación entre ambas. Última dislocación: de la relación entre democracia y socialismo. Mientras históricamente se había pensado en el movimiento socialista como sucesor de la democracia, ahora se planteaba una articulación.

Laclau destaca que a diferencia de la argumentación marxista tradicional (sobre todo de la Segunda Internacional y de buena parte del marxismo ruso), en la posición de Trotsky la posibilidad de la revolución y la estrategia para llevarla a cabo, no surgen de leyes estructurales sino de la imposibilidad de subordinar un proceso marcado por importantes desajustes a las leyes de una estructura.

Pero tenemos un problema. El esquema de Trotsky es tan audaz, que él mismo retrocede ante el umbral a partir del cual podría superar el reduccionismo economicista. Esta revolución democrático-burguesa que se transformará en socialista dirigida por el proletariado no podrá lograrlo sin la revolución proletaria en Europa [3].

Entonces, así como en Hegemonía y estrategia socialista la “narración segunda” volvía al redil de la “narración primera”, en Nuevas reflexiones, la dislocación rusa pensada en la teoría de la revolución permanente se concilia con el etapismo y el economicismo.

Laclau intenta profundizar esta crítica abordando la cuestión del desarrollo desigual y combinado. Cita el conocido párrafo de Trotsky en su Historia de la Revolución rusa [4] y dice que el problema de la fórmula del desarrollo desigual y combinado es que ambos términos (desigualdad y combinación) son incompatibles. Según Laclau si la desigualdad es “absolutamente radical” no habría posibilidad de combinar elementos asignados a distintas etapas establecidas de antemano. De ahí que o bien hay desigualdad (y entonces la combinación desaparece) o bien hay combinación (que remite a un sustrato estructural donde domina el etapismo).

Según Laclau, Trotsky se somete a la inconsistencia de sostener la unidad de la desigualdad y la combinación como forma de conciliar la posibilidad de combinaciones absolutamente originales con la posición de la clase obrera como agente conforme el marco teórico del marxismo clásico. Pero si nos quedamos con la desigualdad y suprimimos la combinación, arribamos a ciertos efectos “deconstructivos” que se siguen de lo que Trotsky formuló pero no se animó a profundizar: a) una estructura dislocada no tiene “leyes objetivas”, b) al no existir las etapas preconcebidas no habría posibilidad de combinar elementos atribuibles a una u otra etapa y por ende los elementos que componen una “combinación original” no pertenecen a ninguna estructura que le sirva de marco de referencia sino que surgen precisamente de la dislocación –desde fuera– de una estructura articulada, c) como en función de lo anterior la estructura dislocada no posee una legalidad interna, tampoco posee en su interior los elementos que permitirían su rearticulación, lo cual pasa a ser una tarea eminentemente política que d) requiere de nuevas identidades que articulen por ejemplo identidad democrática con identidad obrera, paso no dado por Trotsky, pero sí por Gramsci con la noción de “voluntad colectiva”, e) por último, mientras más dislocada es una estructura más indeterminado se hace el campo de la política [5].

Algunas conclusiones: la revolución democrática y el “etapismo de una sola etapa”

Trotsky es un importante interlocutor en las reflexiones de Laclau tendientes a “ir más allá” del marxismo. En ese diálogo, el filósofo argentino mantiene una crítica fundamental que es –desde su óptica– la incomprensión por Trotsky de los alcances e importancia de una política “popular-democrática”. Hay experiencias históricas y posicionamientos políticos y programáticos de Trotsky a partir de los cuales ese juicio resulta insostenible. En primer lugar, porque en la propia revolución rusa de 1905 e incluso sosteniendo la necesidad de transformarla en una revolución socialista, Trotsky siempre apoyó la política democrática de Asamblea Constituyente. En segundo lugar, porque frente a los procesos como el inicio de la revolución española en 1931 y el crecimiento del fascismo en Francia, destacó también la importancia de las consignas democráticas que debían ser tomadas especialmente por los comunistas y la clase obrera. En el caso de Alemania, en el que Trotsky hace mucho más hincapié en una política de Frente Único obrero y organización del combate contra el fascismo –que Laclau consideraba limitada en su texto de 1977– la explicación es sencilla: la división entre stalinistas y socialdemócratas con su política impotente era el principal punto de apoyo para el crecimiento de Hitler en las capas medias. Pero desde una óptica “laclausiana” se podría decir que estas son partes integrantes de la inconsecuencia de Trotsky hacia los propios efectos que debieran haberse seguido de sus posiciones: avanzar hacia una teoría de lo político entendida en términos de revolución democrática y sujeto popular democrático, tal como aborda la discusión Laclau en sus posteriores trabajos, junto con Mouffe o por su cuenta.

Vayamos entonces a la cuestión teórica. En el caso de Hegemonía y estrategia socialista, Laclau y Mouffe sostienen que a una revolución democrático-burguesa que no puede llevar adelante la burguesía, se corresponde un agente democrático antiabsolutista y no el proletariado. Eso sería llevar hasta el final la “lógica deconstructiva de la hegemonía”. Desde esta perspectiva, el proletariado podría ser parte de ese agente antiabsolutista y democrático, compuesto por una multiplicidad de “posiciones de sujeto” sin ninguna que juegue el rol de eje articulador privilegiado. La revolución dejaría de ser “democrático-burguesa” para ser democrática a secas o democrático-popular. Ahora bien, en ese movimiento, la desigualdad entre tarea a hegemonizar y clase que hegemoniza –que originalmente abre según Laclau y Mouffe el espacio a la discusión de la hegemonía– se cierra en el establecimiento de una equivalencia aclasista entre el tipo de revolución y el tipo de agente, que renuncia de antemano a la transformación de la revolución “democrática” en socialista. El “esencialismo de clase” es remplazado por una lectura que podría denominarse objetivista, en la que el carácter de la tarea a hegemonizar determina el agente que debe llevarla adelante, debiendo tener ambos el mismo carácter, lo cual a su vez se fundamenta en una definición de que transitamos la época de la revolución democrática.

En Nuevas reflexiones, Laclau profundiza sus posiciones, ubicando el concepto de dislocación como central para su teoría política, pero también señalando la “inconsistencia” de la teoría del desarrollo desigual y combinado, cuyos términos serían incompatibles, lo cual remite a la incompatibilidad ya señalada en Hegemonía y estrategia socialista, entre revolución democrática y agente proletario. Aquí el asunto se vuelve más complejo, pero lo central de la operación teórica se parece. Asociando combinación con etapas predeterminadas, Laclau sostiene que si hay desarrollo desigual no hay etapas y por ende no puede haber desarrollo combinado, porque cada combinación es originalmente desigual y por lo tanto no sería una combinación de elementos atribuibles a distintas etapas de desarrollo (y a estructuras diferentes). Pero en la perspectiva de Trotsky, la combinación de “formas arcaicas y modernas” no es la confirmación –no reconocida– de etapas prestablecidas sino la prueba de que no pueden plantearse tales etapas sobre la base de modelos de desarrollo abstractos. Aquí el que exhibe una inconsistencia flagrante es el propio Laclau, atribuyendo a Trotsky la posición contraria a la que sostuvo. Agreguemos que en su crítica del internacionalismo de Trotsky vuelve a tropezar. Por un lado, sostiene que una estructura dislocada solo puede ser dislocada desde un "exterior constitutivo". Por el otro, toma la adscripción de la originalidad rusa en el marco de la economía mundial (la cual incide decisivamente en su "desjuste" interno) como una confirmación del etapismo. ¿En qué quedamos?

En síntesis, la posición de Laclau sobre la teoría de Trotsky en los textos analizados va de una crítica política del “reduccionismo de clase” a una crítica teórica de la teoría de la revolución permanente como “narración” subsidiaria del esencialismo y el etapismo, cuyo fundamento profundo es una inconsistencia teórica (desarrollo desigual y combinado) que pretende salvar el “etapismo” por la vía de flexibilizarlo.

Como alternativa, Laclau ofrece una lectura que homologa “clasismo” y “etapismo” desde una reivindicación de la llamada “era de la revolución democrática” [6] como aquella que da sentido al proceso de radicalización de las demandas sociales y políticas, pero dentro de ciertos límites que quedarían prestablecidos (la democracia, sea en su versión “socialdemócrata” de los ‘80/90 o “populista” de su última etapa). Su lectura de la “revolución democrática”, presentándose como una refutación tanto de la “revolución por etapas” de socialdemócratas y stalinistas como de la revolución permanente, concluye en la imposibilidad de transformar las luchas populares en una revolución socialista. Una suerte de “etapismo de una sola etapa” que lo ubica más acá y no más allá de Trotsky.

 
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