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OPINIÓN
La deriva autoritaria de Maduro y los entramados de la oposición en la catástrofe económica y social
Milton D’León | Caracas @MiltonDLeon

Mientras la oposición de derecha sufre uno de sus peores momentos el Gobierno de Maduro continúa en su escalada bonapartista y represiva incluyendo el uso de fuerzas paraestatales a la luz pública, todo esto en una situación en que continúa arreciando las calamidades del pueblo.

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Lo acontecido este miércoles en la Asamblea Nacional, donde se le impide a los diputados de la oposición acceder al edificio del Palacio Legislativo, fue un capítulo más de las pugnas por el control de la Asamblea Nacional en el marco del autoritarismo, disputas y descomposición “en las alturas”, como ya lo hemos analizado y discutido en un reciente artículo, en lo que en lo que se refiere al verdadero contenido de lo que está envuelto en toda esta situación. Pero ese mismo día maestros que reclamaban por sus salarios fueron arremetidos por grupos parapoliciales vinculados al Gobierno en el centro de Caracas, teniendo la osadía incluso de afirmar que lo hacían para mantener “la paz”, en otras palabras, silenciar los reclamos del pueblo trabajador.

Maduro desde inicio del año buscó marcar la situación política con sus movimientos propios de un Gobierno autoritario en franca descomposición, buscando hacerse de una Asamblea Nacional afín a sus intereses con nuevos aliados envueltos en escándalos de corrupción, al final de cuentas entre pares se reconocen. Una cuestión que no es particularidad del Gobierno si de niveles de descomposición y corrupción hablamos, tal como se vio en la oposición aglutinada alrededor de Guaidó por todo lo que se destapó sobre los usos y desusos de las ingentes cantidades de dinero que llegaron a sus manos vía la llamada “ayuda humanitaria”, durante las iniciativas golpistas de comienzo de año, tal como explicamos en diversos artículos, que sin ser gobierno sabían aglutinar para intereses personales con los recursos públicos.

Muchos de los movimientos están puestos de cara a las elecciones parlamentarias que podrían anticiparse. Así asistimos a la movida política del llamado sector “disidente” de la oposición, con seguridad con los consejos del chavismo, de buscar hacerse del reconocimiento político y la personería jurídica de los partidos del que fueron separados tras la acusación de corrupción, tal como ya se vio con Primero Justicia, donde los diputados Brito y Conrado Pérez se presentaron ante el TSJ. El tipo de accionar no es nuevo y goza de antecedentes tal como se ha visto en otros casos como el del PPT y Copei, donde la Sala Constitucional siempre decide a favor del aliado del Gobierno. Todo apunta hacia las próximas elecciones parlamentarias.

No por casualidad hizo su aparición este jueves el oficialista Francisco Torrealba hablando de “omisión legislativa”, por la supuesta incapacidad de que ninguno de los sectores de la Asamblea Nacional contaría con los dos tercios para designar un nuevo CNE tal como se venía negociando. Y por tanto solicitarían al Tribunal Supremo de Justicia que elija a los nuevos rectores. Con un TSJ afín al Gobierno, son habas contadas la decisión que tomaría, y que, si se suma la estrategia de dividir vía TSJ las estructuras partidistas de la oposición, no es necesario saber sumar para ver el resultado en manos de quién quedaría una próxima Asamblea Nacional.

En las elecciones presidenciales del 20 de mayo de 2018, amañadas y bajo “mandato” de la fraudulenta ANC, la derecha se dividió entre los que decidieron participar y los que llamaron a la abstención. Esta vez, es altamente probable que se repita un escenario similar, de haber elecciones parlamentarias definidas por el gobierno a su medida, con el agravante de que ahora, a diferencia de dos años atrás, esta oposición está más fragmentada y dividida, carcomida por sus pugnas intestinas. La suma de factores pinta bien para Maduro y Cía.

Es una cadena de movimientos de la que vendrán más, crónicas de acontecimientos anunciados. Pasado su año crítico con las fuertes movilizaciones de la oposición en los primeros meses, con acciones golpistas incluidas de la mano de Donald Trump, pero acorralado tanto nacional como internacionalmente, el Gobierno sobrevivió gracias al infranqueable apoyo de las Fuerzas Armadas, principal sostén político. Ahora retoma la ofensiva. Si la oposición no tuvo empacho hasta de solicitar la intervención militar ni Guaidó jugar el papel de un títere de Estados Unidos, al Gobierno de Maduro no se le hace ningún problema en recurrir a todo tipo de maniobras políticas de claro carácter autoritario y manotazos palaciegos para ir avanzando en un control político casi absoluto, ahora buscando hacerse de una Asamblea Nacional afín.

Da lo mismo construir pactos con sectores opositores vinculados a la corrupción con documentos probatorios a la vista, como Luis Parra o José Brito, total en un gobierno donde la corrupción es moneda corriente, esto no es problema para las componendas. Cuestión que no es problema tampoco por los campos de la oposición patronal, ya vimos lo acontecido con el manejo de la “ayuda humanitaria”, que desató uno de los mayores escándalos de la oposición cuando en la primera de cambio manejaron dinero devenido de organismos internacionales.

El Gobierno de Maduro asentado en la catástrofe económica y social, una clase obrera sometida por el látigo hiperinflacionario y represivo llegando a condiciones de sobrevivencia, brutalmente precarizada y disminuida en cuanto fuerza numérica, son condiciones que permiten avanzar en ese “cesarismo”, propio de camarillas políticas con el pilar de las Fuerzas Armadas que hacen y deshacen en función de sus intereses materiales y políticos por tanto de sobrevivencia. No hay intereses del pueblo de por medio, aunque en el discurso se apele a él, la farsa es la constante, donde no importa afirmar una cosa en la mañana como decir otra contraria por la tarde, situaciones donde ni de las formas se cuidan manifestando esa impunidad de todo orden.

En su contracara una oposición de altas aspiraciones proimperialistas, la procura de la vuelta al redil del patio trasero subsirviente, la que no se hace problema en entregar activos extraterritoriales de la nación a una potencia extranjera, la que recurre al golpismo usando el discurso de la democracia, la que denuncia el uso de las fuerzas parapoliciales cuando es contra ellos pero guarda silencio cuando estas actúan sobre maestros hambrientos reclamando un salario digno, la que prepara planes económicos draconianos que les permita normalizar sus ganancias. Aquí tampoco hay intereses del pueblo de por medio más allá del discurso demagógico y cínico donde también la farsa reina.

Si, desde el punto de vista de quienes nos ubicamos como oposición por izquierda a este Gobierno, desde los intereses obreros y populares, la lucha contra el golpismo al que apeló la derecha en buena parte del 2019 (como en otros momentos) no implicaba en modo alguno dar un aval al gobierno de Maduro, la pelea contra el Gobierno de Maduro y sus políticas económicas, así como contra todo su autoritarismo y por las libertades democráticas, tampoco puede llevar a entrar en la demagogia de la oposición en aras de una supuesta pelea por la “democracia”, hemos tenido suficiente ilustración del significado de este término para estos sectores, tal como lo hemos explicado en toda una serie de artículos. Categóricamente hay que decir que solo el pueblo trabajador tiene el derecho de sacar a Maduro, y no la oposición derechista buscando imponer un gobierno que también aplicará planes y ajustes antiobreros funcional a los intereses del imperialismo, no en vano es todo el apoyo que tienen de Trump y el derechismo continental.

En medio de todas estas derivas autoritarias y represivas, de entreguismos y de contrapropuestas proimperialistas, la clase trabajadora, la juventud y el pueblo pobre debe levantar banderas propias de carácter obrero y popular, y por las demandas democráticas desde una perspectiva independiente y de clase, forjando una alternativa propia frente a todos estos sectores en pugna. No hay otro camino para que el pueblo trabajador y pobre no termine siendo transformado en parias, pagando una crisis de la cual no tiene ninguna responsabilidad y siendo sometido a las más grandes arbitrariedades de un gobierno represivo y autoritario.

 
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