SUPLEMENTO

Del marxismo occidental al marxismo global: apuntes para la discusión

Juan Dal Maso

Debates
Ilustración: @marcoprile

Del marxismo occidental al marxismo global: apuntes para la discusión

Juan Dal Maso

A propósito de un debate entre Santiago Roggerone, Javier Waiman y Gisela Catanzaro.

El 29 de septiembre pasado, organizada por la cátedra de Teoría de la Historia de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de La Plata, se realizó una charla sobre la cuestión del marxismo occidental y el panorama del marxismo actual, con la participación de Santiago Roggerone, Javier Waiman y Gisela Catanzaro, y la conducción de Marcelo Starcenbaum. En estas líneas intentaremos repasar los puntos en discusión.

Este debate se da en un contexto más amplio en que, a partir del desprestigio del neoliberalismo y la crisis capitalista, han tomado fuerza las discusiones teóricas sobre la actualidad del marxismo. El término marxismo, en este caso, hay que entenderlo en un sentido amplio, es decir como un conjunto de tendencias y posiciones que reivindica la crítica de la economía política, la teoría del valor-trabajo, la lucha de clases, en ciertos casos (aunque menos) la teoría del imperialismo, y el socialismo en términos generales, aunque no siempre se mantiene una continuidad entre las cuestiones teóricas y los posicionamientos políticos.

Esta multiplicidad tiene una larga historia, de la cual una buena parte puede leerse en los libros de Perry Anderson Consideraciones sobre el marxismo occidental y Tras las huellas del materialismo histórico, así como en el más reciente trabajo de Razmig Keucheyan Hemisferio Izquierda. Las cartografías trazadas en esos tres libros permiten una primera aproximación a buena parte de lo que ocurrió con el marxismo durante el siglo XX y la primera década del siglo XXI. Por supuesto, no dejan de tener sus limitaciones, pero son trabajos de referencia.

Particularmente, este año se cumplen 45 de la publicación de las Consideraciones sobre el marxismo occidental, lo cual también incide en que se vuelva a poner en discusión la problemática abordada en ese texto.

Una cartografía y sus derivas

Recordemos lo básico. Anderson señala al marxismo occidental como el producto de la derrota de la revolución europea y la burocratización de la URSS. Hasta ese entonces, la tradición marxista clásica se había caracterizado por el énfasis teórico en las cuestiones de economía y política y por una vinculación estrecha entre teoría y práctica, concretamente, entre actividad teórica y organización política. Entre la derrota de las revoluciones de Europa occidental, la burocratización de la URSS, la Segunda Guerra Mundial y los cambios operados en el mundo de posguerra, el marxismo occidental aparece como un intento de mantener la teoría marxista en las nuevas condiciones, pero con diferencias significativas con la tradición clásica: el énfasis teórico no está más en la economía y la política, sino en la filosofía y la estética y la vinculación entre la actividad teórica y la organización política es débil, se trate de marxistas académicos sin partido o de adherentes a los PC de Italia y Francia que no discuten abiertamente sus orientaciones políticas. A esto se suman ciertos cambios en el lenguaje, así como una intensificación del diálogo con la "cultura burguesa", sea buscando antecedentes de la posición marxista en otras tradiciones (como Spinoza o Kant), sea buscando hacer combinaciones o hibridaciones entre el marxismo y otras concepciones, de las que pueden aparecer como paradigmáticos el momento más "estructuralista" de Althusser o las diversas tentativas de rehegelianización del marxismo.

Anderson reconocía ciertos méritos a este agrupamiento de posiciones, al mismo tiempo que remarcaba su déficit estratégico, apostando a que los eventos del ’68 y sus efectos produjeran nuevas formas de confluencia del marxismo con el movimiento de masas, y por esa vía, una reconstitución de la teoría marxista en términos más clásicos que los del "marxismo occidental". En ese marco, reivindicaba la tradición trotskista como una alternativa que había mantenido una concepción de tipo clásico al mismo tiempo que una actividad militante, pero marcando distancia con la teoría de la revolución permanente de Trotsky, desde la reivindicación de procesos burgueses "progresivos" como la reforma agraria posterior a la revolución del ’52 en Bolivia. Dicho sea de paso, esta lectura de la inadecuación de la teoría de la revolución permanente a la realidad del siglo XX, por el argumento de la progresividad del desarrollo burgués, sumada al background deutscheriano de Anderson y su consiguiente lógica de reforma por arriba de la burocracia soviética, ponen en duda su habitual identificación sin más con el trotskismo, llevada adelante generalmente por quienes no conocen a fondo esa tradición ni sus debates. Fue más “trotskizante” que propiamente trotskista, pero esa es otra historia.

No nos extenderemos sobre el texto de Anderson, sino que lo tomaremos en cuenta por ciertos debates relacionados, con implicaciones más amplias. Estas implicaciones tienen que ver con: a) cómo definir qué es el marxismo hoy y cuál es su situación en relación con otras teorías y como movimiento social y político; b) cómo definir cuáles deben ser las prioridades del marxismo desde el punto de vista teórico; c) qué significa en la actualidad el nexo entre teoría y práctica; d) en qué medida tiene actualidad el pensamiento estratégico marxista. Veamos cómo se tomaron estos temas en la charla.

Tres miradas sobre marxismo occidental y crisis del marxismo

Santiago Roggerone presentó los lineamientos principales de un nuevo libro que publicará próximamente, el cual continúa sus reflexiones de ¿Alguien dijo crisis del marxismo? pero centrándose en la categoría del marxismo occidental, para preguntarse qué ocurrió con este y cuál es el panorama del marxismo actual, al mismo tiempo que indagar en diversos aspectos de la trayectoria teórica y política de Perry Anderson.

Hizo especial hincapié en las novedades que después de los años ’70 trajo la evolución del marxismo y las llamadas teorías críticas, concepto amplio que implica tanto las derivaciones de la Escuela de Frankfurt como lo que Keucheyan denomina “pensamientos críticos”, englobando diversas teorías que intentan presentar una crítica del capitalismo o de aspectos del mismo, a veces emparentadas y otras en posiciones contendientes con el marxismo. Retomando las intervenciones de Jameson, Roggerone rescata la idea de que la generalización del neoliberalismo impone al marxismo la necesidad de tener un carácter global y buscar comprender la lógica cultural, económica y política del “capitalismo tardío”.

Roggerone define al marxismo como una teoría crítica de la modernidad que combina el método del materialismo dialéctico, la práctica política del socialismo y el comunismo, y la teoría del materialismo histórico. A través de esa definición por un lado relativiza el carácter de “desviación” respecto del paradigma clásico que Anderson le atribuye al marxismo occidental, y por otro traza un panorama en el que se establecen relaciones porosas sin una delimitación clara entre lo que sería marxismo occidental, las teorías críticas en el sentido arriba mencionado y lo que Gayatri Spivak ha denominado “marxismo global”.

El otro punto de las definiciones de Anderson que relativiza Roggerone es el tema del marxismo occidental como producto de una derrota porque, según su mirada, en el marxismo son muchas más las derrotas que las victorias. Y en este sentido, entiende que el marxismo es mucho más una teoría que saca conclusiones de la derrota que una teoría que sistematiza las conclusiones de los triunfos. Desde esta óptica, dialoga con elaboraciones como las del realismo capitalista de Mark Fisher o las reflexiones de Enzo Traverso sobre la cuestión de la melancolía de izquierda y la idea de que la izquierda necesita hacer un “trabajo de duelo” como condición necesaria para pensar de qué manera enfrentar la realidad actual.

En segundo lugar, la intervención de Javier Waiman recogió los tópicos de un artículo publicado anteriormente en la revista Antagónica. Para Waiman es un error señalar que el marxismo occidental es producto de una derrota como afirmó Anderson. Fechando el nacimiento de esta tradición en las obras de Lukács y Korsch en los años ’20 –a las que suma al Gramsci de “La Revolución contra El Capital”– señala que el marxismo occidental en realidad es producto de una victoria. Sus textos fundacionales como Historia y consciencia de clase o Marxismo y filosofía son producto del entusiasmo de los marxistas europeos por la oleada abierta por la Revolución rusa en la inmediata posguerra. De ahí que, mientras cuestiona la categorización realizada por Anderson por superponer o por agrupar diversas generaciones cuya obra se desarrolló en contextos totalmente distintos por un lado, y atribuirles las características de la generación de posguerra como predominantes, Waiman discute contra la idea de que las condiciones de la lucha de clases del mundo de la segunda posguerra hayan sido las de una derrota. Fundamenta esta posición especialmente por el fortalecimiento social de la clase obrera en los países imperialistas y la conquistas de los llamados Estados de bienestar. En cierta medida, realiza una operación parecida a la que le critica a Anderson, que es agrupar diversos momentos y generaciones, en este caso remitiéndose a los años ’20 y desde ahí poniendo como central el triunfo y no la derrota. Una consecuencia de este posicionamiento podría ser la subvaluación del peso desmoralizante del estalinismo en el movimiento obrero, tema sobre el que Waiman hace críticas a Anderson en su artículo, pero sobre el que no queda claro qué alternativa habría ofrecido la Escuela de Frankfurt, que es la que más rescata en su intervención.

Desde esta óptica, el marxismo occidental sería mucho menos el producto de una derrota que el de las nuevas condiciones de la lucha de clases, creadas por el carácter peculiar de los triunfos obtenidos. Las enormes conquistas de la clase obrera de Occidente reforzaron sus tendencias a la integración dentro del orden capitalista e impusieron la necesidad de una redefinición de las relaciones entre marxismo y clase obrera así como entre teoría y práctica política. A estas reflexiones se abocó el marxismo occidental, especialmente el de la Escuela de Frankfurt, que es el que toma como más productivo Waiman, en oposición a Althusser. Pero también esta perspectiva aparece opuesta en su mirada a las tentativas de recomponer un marxismo centrado en el pensamiento estratégico, frente a las cuales sostiene la necesidad de “asumir que hoy no sabemos, y quizá nunca supimos, cómo hacer la revolución”.

La intervención de Gisela Catanzaro aportó importantes elementos a la discusión, corriendo un poco el eje del debate desde los problemas de cartografía o de revisitación del pasado hacia el rescate de las determinaciones político-ideológicas de la teoría, de los ejercicios de lectura y de su vinculación con la práctica social y política. Cuestionando la contraposición entre la escuela de Frankfurt y el pensamiento de Althusser propuesta por Javier Waiman, afirmó que tienen en común el problema de resistirse a una teoría simple de lo social y de la historia, desde una óptica materialista. Cuestionando también que se pueda concebir una epistemología expurgada de las aristas políticas del conocimiento, Catanzaro señaló la importancia de pensar cómo se concibe el problema de la materialidad histórica, incluyendo la acción subjetiva en todo sentido. En este marco, llamó la atención sobre el problema de cómo se hace la historia y particularmente las revoluciones. En su lectura, aquellas reflexiones sobre la revolución como pasado o la revolución perdida pueden minimizar que las revoluciones siempre se han hecho “a partir de los restos”. Esta definición alude a que nunca se hizo una revolución en función de un modelo, sino a partir de articulaciones basadas en la realidad existente. De ahí que, para Catanzaro, la importancia de volver al pasado contra las concepciones “presentistas” –una especie de absolutización del presente que representa cada vez más inimaginables los cambios hacia el futuro– no puede ser en términos de “historia intelectual” o “mapa cognitivo”. Para Catanzaro, esta disposición materialista propia del marxismo occidental frente a lo social, de rechazo de las simplificaciones y búsqueda de comprensión de la complejidad con sus implicaciones subjetivas es lo que hay que recuperar, en lugar de tomarlo como un objeto de estudio. En ese marco, pensando la experiencia de la materia que empezó con la dirección de Grüner en 1998 y se llamaba “Aventuras del marxismo occidental”, afirmó que lo que Grüner quería señalar no tenía que ver con Anderson, sino con recuperar al marxismo occidental contra las ciencias sociales que consideraban que podían pasar de la filosofía. El interés principal no era estudiar el marxismo occidental como un objeto para clasificar, sino tomar los textos como “libro viviente”. De conjunto, una reflexión muy pertinente, que marcó las limitaciones de ciertas modas intelectuales recientes, al mismo tiempo que revalorizó ejercicios de lectura que en su momento tuvieron que enfrentar importantes obstáculos ideológicos.

Encerronas del marxismo melancólico

En sus dos libros publicados, ¿Alguien dijo crisis del marxismo? y Venir después (este más en clave generacional), así como en este nuevo trabajo aún inédito sobre el marxismo occidental y sus derivas, Santiago Roggerone demuestra una fuerte vocación por reflexionar sobre el estado actual de la teoría marxista y sus posibilidades de desarrollo. Es uno de los casos minoritarios de intelectuales que no se conforman con una mera aceptación de las “normas APA”, las indexaciones, referatos y otras prácticas de ese tipo, que en los laberintos académicos suelen considerarse más importantes que los contenidos o determinantes de los mismos.

Nuestras reflexiones se tocan en muchos aspectos, pero también tenemos ciertas diferencias. Santiago apela a una definición del marxismo que tiene mucho de indefinición. Pensar al marxismo como una teoría crítica de la modernidad diluye un poco lo específico de la crítica del capitalismo y sus implicancias políticas. En la lectura de Santiago, términos como “mil y un marxismos”, “teorías críticas”, “marxismo occidental” o “marxismo global” quedan relacionados de una manera tan porosa que por ejemplo una corriente antimarxista hecha y derecha como la ideología decolonial, podría formar parte del mismo archipiélago de las teorías críticas con las tendencias que reivindican abiertamente el marxismo. Es decir que es una lectura en la que la lucha ideológica no tiene la misma relevancia que el ejercicio de la cartografía. Este punto podría incidir en cierta incomodidad de Santiago respecto de lo que Anderson denomina como tradición clásica, en tanto entra como parte del panorama pero no queda clara su productividad hacia delante.

Ligadas a esta cuestión, las reflexiones sobre la “melancolía de izquierda” resultan subsidiarias con una cierta subvaloración del debate estratégico. En este aspecto, así como en otros, coincidimos con la reflexión de Catanzaro sobre la importancia de poner mucho más en primer plano las implicaciones político-ideológicas de los debates sobre el marxismo occidental y la relación pasado-presente en términos de un pasado que no está petrificado o museificado, sino que extiende su operatividad en el presente. Si lo propio de la izquierda actual es un estado de melancolía, frente al cual todavía hay que “hacer un trabajo de duelo”, la acción política queda reducida a opciones más o menos pragmáticas que podrían tener poca relación con la teoría, al revés de lo que el propio Santiago quisiera para el futuro y de lo que nuestra corriente intentó hacer en las últimas décadas. Otra forma de pensarlo sería que la reactivación del pensamiento estratégico es parte de ese “trabajo de duelo”. Por eso, la impostación melancólica no impide que Santiago se oriente en sus reflexiones hacia algún tipo de mayor incorporación de las consecuencias políticas de las cuestiones teóricas y por esa vía hacia algún tipo de pensamiento estratégico. La discusión está abierta.

Ilustración: @marcoprile
Ilustración: @marcoprile

Teoría y estrategia: ¿debate serio o falacia del hombre de paja?

Hay un problema importante que tiene que ver con el contexto en que se dan los fenómenos relacionados con el marxismo en el plano teórico. Desde la crisis de 2008, el marxismo ha recuperado cierta autoridad en relación a los llamados pensamientos críticos, sobre todo por su capacidad de dar respuesta teórica a la crisis económica del capitalismo, que es una cuestión totalmente subvaluada en otras teorías. También es cierto que el creciente proceso de academización de la intelectualidad y de burocratización del campo académico hace que uno pueda ser marxista desde el punto de vista teórico sin tener la más mínima actividad militante. Desde este punto de vista, me animo a decir que la academia actual –con las honrosas excepciones del caso– está por detrás de los compromisos políticos del marxismo occidental.

Simultáneamente, los fenómenos ideológicos predominantes no solo a nivel de masas sino a nivel de los movimientos y sectores más organizados tienden a ser más o menos antimarxistas. Con esto me refiero a cuestiones muy básicas: una subvaluación de la importancia de los cambios de la estructura económica, un abordaje de la cuestión de clase en términos de discriminación por status, pero no de explotación y lucha de clases y una falta de perspectiva de cambio de sistema más allá del capitalismo, mientras se privilegia la lucha por demandas específicas. Basta releer Las ilusiones del posmodernismo de Terry Eagleton para constatar rápidamente que muchos de los aspectos del sentido común posmoderno que señalaba hace 25 años hoy siguen siendo moneda corriente en gran parte de los movimientos organizados por reclamos puntuales, desligados de cualquier tentativa de modificación del sistema en su conjunto.

En este contexto, la tarea de recomponer el marxismo abarca tanto la recuperación de los debates sobre los distintos modos de lectura que hubo en las diversas tradiciones marxistas, los debates de análisis y crítica de la economía política y de la realidad para comprender qué es lo que está pasando con la crisis del capitalismo y los debates estratégicos, para pensar las vías de acción política en las condiciones actuales.

Cuando Javier Waiman dice que debemos reconocer que no sabemos cómo hacer revolución o que quizá nunca supimos, contraponiendo la reflexión teórica y los movimientos sociales con el pensamiento estratégico, parecería considerar a este como una suerte de conjunto de fórmulas predefinidas.

Pero en el marxismo la estrategia no existe desligada de la táctica, por una cuestión lógica elemental. No hay acciones estratégicas que no pasen por la mediación de la táctica y la estrategia implica la conducción y la coordinación de los resultados de las acciones tácticas. Esto quiere decir que no hay estrategia sin pensamiento concreto sobre las diversas situaciones y coyunturas. Desde esta óptica, la reflexión sobre las características de la revolución socialista en el siglo XXI en todos los planos resulta fundamental. Analizar cuestiones como la importancia de los centros urbanos y las posiciones estratégicas de los diversos sectores de la clase trabajadora actual, la composición heterogénea de esta y su impacto en problemas como los de la hegemonía y el frente único; la relación entre revuelta y revolución, la relación entre demandas democráticas y demandas económicas tendientes a cuestionar la propiedad privada, las formas concretas que pueden asumir organizaciones de base sobre las cuales puede edificarse una dualidad de poderes; todos estos son problemas que inciden directamente en la práctica cotidiana de la izquierda y sobre los que está planteado recoger la experiencia del pasado y realizar nuevas experiencias. Por ejemplo, difícilmente pueda lograrse desde la izquierda desarrollar una política de unidad de las filas de la clase trabajadora si al mismo tiempo no se sostiene una política hegemónica que articule las dimensiones de clase con las de raza y género en infinidad de países. No me queda claro cuál sería el beneficio de abandonar esta dimensión de la reflexión marxista con el argumento o el supuesto no fundamentado de que el pensamiento estratégico es en sí mismo dogmático.

Algunas conclusiones

La historia de la que venimos nos obliga un poco a la práctica de cierto “marxismo genérico”. Con esto quiero decir que, al mismo tiempo que hacemos el inventario de las debates intra-marxistas y en nuestro caso reivindicamos los méritos de la tradición trotskista y su abordaje estratégico, es necesario recuperar de todas aquellas elaboraciones marxistas los elementos que aporten para la comprensión de la realidad actual, para la lucha ideológica con las posiciones antimarxistas, sean de la ideología burguesa oficial o de variantes supuestamente críticas pero que cumplen la función de prolongar la multiplicación de resistencias parciales impotentes contra un sistema cada vez más barbarizado y destructivo y los aportes teóricos y políticos que permitan poner en el centro la lucha de clases. En este sentido, reflexiones como las que venimos comentando en este artículo resultan pertinentes, aunque los rescates que intentemos poner en práctica coincidan en algunos casos y resulten directamente enfrentados en otros. En mi caso particular, señalamos junto con Ariel Petruccelli que una valoración crítica del legado de Louis Althusser o de Manuel Sacristán puede aportar más a la recomposición de un marxismo centrado en la lucha de clases que la apelación a las variantes frankfurtianas [1]. Por supuesto, esta afirmación es también discutible. Pero de eso se trata. Ligado a esto, queda también el problema de pensar el marxismo desde un lugar concreto. Con concreto me refiero a dos cuestiones. Una es la de rediscutir ciertos lugares de enunciación pre-constituidos por fuerza de la costumbre o por la lógica de evolución interna de cada tradición separada de las otras. Si todas las relecturas nos van a llevar más o menos a dónde ya estábamos al principio, algo estamos haciendo mal. En segundo lugar, con concreto, me refiero a la explicitación del lugar desde el cual hablamos. Sin caer en los particularismos de ciertas lecturas sobre el marxismo latinoamericano, cabe rescatar aquella idea de Mariátegui sobre el cosmopolitismo que conduce a la autoctonía. Uno de los argumentos que planteaba Perry Anderson en los ‘70, aunque no lo siguió con mucha consecuencia que digamos, era que la cultura marxista británica estaba afectada de insularismo y provincianismo y era urgente modificar eso. Pensar los grandes problemas del marxismo, vinculando la realidad latinoamericana con los problemas internacionales, con enfoques forzosamente defectuosos porque nadie tiene “el punto de vista de la totalidad”, pero capaces de registrar las novedades al mismo tiempo que saber defender los núcleos duros necesarios y pelear por las imprescindibles continuidades, tratando de comprender lo marcos actuales teóricos, políticos y estratégicos, es una tarea indispensable para cualquier intento de volver a vincular la teoría marxista con las prácticas de la clase trabajadora y los sectores populares.

Para hacer esto, el trotskismo tiene cierta ventaja por sobre otras tradiciones, como señalara oportunamente Ariel Petruccelli: a pesar de la crisis actual de gran parte del movimiento trotskista, el trotskismo logró mantener una continuidad de militancia durante larga décadas, remando contra la corriente. Hoy tenemos la posibilidad de amplificar debates, avanzar sobre campos abiertos pero todavía minados y en ese marco, aguzar el pensamiento estratégico, teórico y político. En ese camino, el debate con compañeros y compañeras de otras tradiciones o tendencias resulta insustituible y necesario.

NOTAS AL PIE

[1Comparemos, ya que estamos, a Adorno llamando a la policía contra los estudiantes del SDS con Manuel Sacristán sosteniendo “La capuchinada” junto al Sindicato Democrático de Estudiantes de la Universidad de Barcelona, hasta ser desalojados a la fuerza por la policía franquista. Marxistas somos todos, pero...
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Juan Dal Maso

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(Bs. As., 1977) Integrante del Partido de los Trabajadores Socialistas desde 1997, es autor de los libros El marxismo de Gramsci (2016), traducido al portugués y al italiano, Hegemonía y lucha de clases (2018), traducido al inglés, y Althusser y Sacristán (2020), escrito junto con Ariel Petruccelli.
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