SUPLEMENTO

El equilibrio que sostiene a Milei: cómo contribuye el peronismo a mantenerlo y la izquierda a romperlo

Matías Maiello

DEBATES

El equilibrio que sostiene a Milei: cómo contribuye el peronismo a mantenerlo y la izquierda a romperlo

Matías Maiello

En un reciente artículo de la revista Anfibia*, Ernesto Picco analiza el escenario político. El mismo estaría marcado por una triple precarización –del poder, de la vida y de la discusión pública– donde las preguntas por el futuro inmediato no sugieren respuestas claras. El autor se hace una: "¿en dónde hace pie un gobierno que pide sufrir con la promesa de una prosperidad que podría llegar en algún momento de los próximos treinta y cinco años?". En su intento de respuesta señala que cuenta con una base de apoyo dura: “al decir de Pablo Semán, los dogmáticos antiprogresistas, fundamentalistas del mercado y el individualismo salvaje, que tienen arcadas cuando escuchan hablar de igualdad, justicia social o expansión de derechos”, y luego una amplia base social que lo votó pero que, sin embargo, parece empezar a menguar. Y agrega: “Tampoco está claro cómo se sostiene el gobierno desde arriba”, ya que los medios no pueden ocultar las malas noticias y “ya hay algún sector del empresariado que duda”. Por otro lado, destaca la preocupación de sectores afines al gobierno por el clima social existente.

La ecuación no cierra. Pero no por tal o cual aspecto parcial del análisis sino porque falta la mitad de la pregunta. Para responder dónde hace pie un gobierno de la Libertad Avanza que, como bien dice el autor, no termina de ser una fuerza política –carece de estructura, de mayorías legislativas, gobernadores, intendentes–, no alcanza con preguntar por el 56 % que lo votó en el balotaje, hay que preguntarse por el otro 44 %. No es extraño que al dejar de lado este problema, el autor se pase de largo rápidamente el papel del peronismo, que estaría sumergido en la desorientación política sin rol significativo, donde Kicillof “lleva como puede la gestión de la provincia de Buenos Aires”, Cristina “calcula sus silencios y apariciones” y Massa “puede convertirse en cualquier cosa”. Tampoco extraña que el autor pase olímpicamente por alto el papel de la izquierda en los procesos de organización y movilización que hubo en estos meses para decir que “perdura en el mismo nicho de crítica testimonial de los últimos cuarenta años”.

Las mayorías electorales y el derecho de resistencia

Carl Schmitt, teórico y entusiasta de la concentración del poder en la figura presidencial –tanto como para llegar a afiliarse al partido nazi– señalaba una verdad que es importante tener en cuenta para este asunto. Una mayoría aritmética del 51 % de los votos, decía, produce una especie de “plusvalía” política. La misma, según el autor, tiene una triple naturaleza:

En primer lugar, surge del empleo y aplicación de conceptos indeterminados y discrecionales, tales como “seguridad y orden públicos”, “peligro”, “estado de necesidad”, “medidas necesarias” […] En segundo lugar, el titular legal del poder del Estado tiene siempre de su parte, en los casos dudosos, la presunción de legalidad, casos estos que se presentan siempre, naturalmente, […] en las situaciones políticamente difíciles. En tercer lugar, finalmente, sus ordenanzas también son ejecutables inmediatamente, aun en los casos de legalidad dudosa, incluso cuando se prevean posibilidades de reclamación y solicitud de protección ante la justicia. (Legalidad y legitimidad)

Sin embargo, y acá está el centro de la cuestión, esta “plusvalía política” no garantiza que la otra mitad renuncie a su derecho a la resistencia. Por esto Schmitt desconfiaba de la solidez de las mayorías electorales para los momentos de crisis y prefería figuras como la del “dictador comisarial” (una especie de magistrado extraordinario comisionado por la duración de una emergencia política, cuya comisión consistía en establecer el orden valiéndose de la suspensión de los procedimientos legales normales). En un artículo anterior decíamos que Milei parecía tener la intención de imponer un régimen de ese tipo a través del mega DNU y la delegación de poderes de la “Ley Ómnibus”. Pero hasta el momento se quedó con las ganas. Ahora busca un acuerdo con los gobernadores para reflotar la declaración de emergencia económica y la delegación de poderes. La clave para entender aquel fracaso gubernamental, a pesar del apoyo de casi todo el arco de las grandes patronales locales y multinacionales, estuvo dada por los dos márgenes (estrechos) entre los que se dieron las negociaciones de la Ley Ómnibus, a saber: el del acuerdo con el FMI y el del crecimiento del descontento popular.

El resultado al día de hoy es que tuvo que conformarse con seguir explotando su cuota de plusvalía política. En su caso, sin partido, sin fortaleza en el congreso, sin gobernadores, sin intendentes, sin capacidad de movilización, el apoyo electoral conseguido –cuyo nivel de erosión en estos meses es motivo de debate entre los encuestadores– es prácticamente el único capital político que tiene para ofrecerle a las clases dominantes. El famoso “fusionismo” con el PRO, dañado gravemente por el conflicto que arrancó con Ignacio Torres y encolumnó a los gobernadores macristas, sufre las mismas limitaciones que hicieron naufragar a la Ley Ómnibus. Como ya decía Schmitt, en momentos de crisis no se puede vivir solo de la plusvalía política. Y acá entra la primera cuestión pasada por alto en el artículo de Picco: el rol del peronismo. Como señala el autor, aquel enfrenta sus propias crisis y problemas de liderazgo, pero esto no quita que venga cumpliendo un papel fundamental. Para analizarlo lo más precisamente posible es útil recurrir a la categoría de bonapartismo, más allá de que Milei no se haya consolidado como tal.

El lugar del peronismo/kirchnerismo en el equilibrio de fuerzas

Si en sus escritos latinoamericanos Trotsky pone en primer plano al imperialismo y a las masas trabajadoras locales como los dos márgenes entre los que se mueven los bonapartismos en los países dependientes y semicoloniales, en sus trabajos sobre Alemania establece toda una serie de consideraciones sobre la mecánica política del bonapartismo que también vale la pena retomar. En el centro de su análisis está una serie de equilibrios políticos complejos. Si se clavan simétricamente dos tenedores en un corcho, este puede guardar el equilibrio incluso sobre la cabeza de un alfiler. Ese, decía, es precisamente el esquema del bonapartismo. En el ejemplo alemán –particularmente convulsivo– se trataba, por un lado, de un sector de las clases medias movilizadas por derecha (los nazis) y de un fuerte pero minoritario sector de la clase trabajadora movilizado por izquierda (los comunistas) que se balanceaban entre sí. Y, por otro lado, de una mayoría de la clase trabajadora donde estaban los socialdemócratas y la gran parte de los sindicatos que se mantenía pasiva, al margen de la lucha. De este modo, gobiernos bonapartistas –expresión de lo más concentrado de la burguesía alemana de aquel entonces–, a pesar de su debilidad y de no contar con mayorías parlamentarias ni estar integrados por los partidos más organizados, parecían gobiernos fuertes.

Milei, hasta ahora, es sobre todo un equilibrista y, en este sentido, valen algunas comparaciones. Para el mileismo las calles son ajenas. Lo más cercano a una movilización que logró en lo que va de su mandato fue un triste acto de un puñado de aplaudidores durante su asunción. Hasta el momento, su único “ejército” militante son los trolls de X/Twitter. De allí que deba recostarse exclusivamente en el protocolo antiprotesta y los despliegues policiales de Bullrich. Sin embargo, como ya había quedado claro el 24 de enero pasado, una movilización de algunas decenas de miles ya logra convertir el protocolo en papel mojado. Este 8 de marzo, el movimiento de mujeres masivamente en las calles volvió a demostrarlo. A su vez, en repetidas oportunidades el protocolo ha sido desafiado y enfrentado por movilizaciones como las protagonizadas por las asambleas barriales y la izquierda contra la Ley Ómnibus. Milei se recuesta sobre el imperialismo, el capital financiero y lo más concentrado de la burguesía local, pero para llevar adelante su plan de guerra contra las mayorías, ni aquello ni el apoyo pasivo de (en el mejor de los casos) aquel 56 % electoral es suficiente para imponerlo al otro 44 %. Si solo un 10 % de esos más de 11 millones y medio de electores que votaron contra Milei se movilizara, el plan motosierra sería historia.

Dicho esto, el factor más determinante para que Milei conserve el equilibrio actual en el marco de su debilidad (institucional, partidaria y callejera) es el peronismo. Esto, desde luego, incluye todo un entramado político. Scioli como Secretario de Turismo del gobierno, el gobernador Jaldo de Tucumán como mejor amigo de Milei, otros como el gobernador de Salta, Gustavo Sáenz, siempre armando las valijas, mientras su jefe político Sergio Massa consigue trabajo en Greylock Capital. Por su parte la carta de Cristina Kirchner propone una negociación parlamentaria que incluya discutir privatizaciones parciales, reforma laboral, atacar el derecho de huelga docente, buscando tender puentes con los sectores “dialoguistas” con el mileismo. El discurso de Kicillof confrontando en diversos puntos con Milei en la apertura de sesiones de la legislatura bonaerense es el último eslabón de una estrategia para mantener lo más unido posible al peronismo de cara a las elecciones de 2025. El objetivo: una hipotética recuperación política sobre la tierra arrasada luego de dos años de motosierra y licuadora.

Pero la principal contribución al equilibrio mileista viene de parte de la CGT, las CTA y los movimientos sociales peronistas, que luego del 24E prácticamente desaparecieron de la escena. La idea planteada por los dirigentes cegetistas de conflictos por sector encierra la intención de que el movimiento obrero enfrente cada golpe por separado. Si por un lado estos paros muestran la potencialidad que tiene la clase trabajadora de paralizar, por ejemplo, los ferrocarriles, el transporte aeronáutico, etc., el carácter aislado de cada conflicto, así como la estrategia corporativa de la burocracia, hacen que aquella fuerza quede diluida. Mientras tanto el gobierno avanza contra los salarios con paritarias a la baja, despidos, ataques al derecho a huelga. Párrafo aparte merecen los movimientos sociales peronistas casi borrados de las calles desde que asumió Milei. Juan Grabois viene haciendo gala de ello: su caracterización de la política de Milei como un “llamado abierto a la guerra de clases” convive con su intención de evitar cualquier llamado serio a confluir en las acciones que vienen teniendo lugar contra el gobierno.

Entonces, volviendo a la pregunta inicial que hacía Picco en su artículo, “¿en dónde hace pie un gobierno que pide sufrir con la promesa de una prosperidad que podría llegar en algún momento de los próximos treinta y cinco años?”. Parte importante de la respuesta es: en un equilibrio complejo de fuerzas políticas y sociales que el peronismo cumple un papel central en sostener.

La izquierda y la resistencia desde abajo

En este marco, según nuestro autor, la izquierda “perdura en el mismo nicho de crítica testimonial de los últimos cuarenta años”. Esta afirmación, aunque reñida con los hechos, es una especie de contracara de la exoneración del peronismo/kirchnerismo. Por una simple razón: si hay que hablar de la izquierda hay que hablar también de los elementos de resistencia desde abajo que se fueron desarrollando desde que Milei llegó al gobierno. Una de las muestras más claras fueron las sucesivas jornadas de lucha contra la Ley Ómnibus. El Frente de Izquierda-Unidad se ubicó en la primera línea, tanto adentro del recinto con Myriam Bregman, Nicolás del Caño, Christian Castillo y Alejandro Vilca, diputadxs del PTS en el FITU junto a Romina del Plá del PO, como en las calles. Aquellas jornadas estuvieron protagonizadas por las asambleas barriales y la izquierda teniendo que enfrentar la represión de Bullrich. Frente a lo cual se desarrolló el fenómeno de la “Posta de Salud y Cuidados” que aglutina a trabajadores de la salud y estudiantes de medicina de diferentes lugares para brindar primeros auxilios. Otro actor fue Unidos por la Cultura, donde también participa ampliamente la izquierda. Si hay que hablar de enfrentar ataques como en el INCAA, CONICET, GPS (tercerizada de Aerolíneas), docentes, TELAM, por solo nombrar algunos, en cada una de las peleas está presente el FITU y su militancia. No es casual que Milei en su discurso de apertura de sesiones haya atacado tres veces a la izquierda asociándola a la lucha en las calles.

En estos meses, a su vez, las asambleas barriales se han constituido en el principal y más novedoso proceso de autoorganización (retomando la experiencia del 2001) que se viene desarrollando en los diferentes barrios de la Ciudad de Buenos Aires y municipios del Oeste, Sur y Norte del conurbano bonaerense. Las diversas asambleas, a su vez, en muchos casos han articulado espacios de coordinación entre ellas y con otros sectores. En su momento habíamos escrito sobre la idea de “comités de acción” y la necesidad de instituciones de unificación de las luchas que apunten a quebrar la resistencia de los aparatos burocráticos. Las asambleas tienen el potencial de alentar la creación de nuevas instancias de organización y coordinación de sectores en lucha donde se unan trabajadores, vecinos, estudiantes. Los diferentes procesos mencionados son de “vanguardia” pero cuentan con un gran eco amistoso en sectores mucho más amplios. Expresan las tendencias más activas de una extensa base social que se opone al gobierno. Constituyen un elemento central para articular una verdadera resistencia desde abajo y romper el “equilibrio” de fuerzas que sostiene hoy a Milei con su motosierra.

El peronismo/kirchnerismo puede apelar a discursos encendidamente opositores, cruzar política e incluso ideológicamente a Milei, pero se mantiene como puntal del equilibrio que sostiene al gobierno, no necesariamente por convicción sino, en primer lugar, porque carece alternativa frente a la crisis actual. Por más disquisiciones generales sobre las crisis de deuda que se hagan, sin el desconocimiento soberano de la deuda fraudulenta e ilegal y la expulsión del FMI y sus planes de ajuste del país, no hay alternativa real a Milei. El régimen del FMI impone estrechos contornos para cualquier política y el peronismo los ha aceptado desde el vamos; de ahí la debacle del gobierno de Alberto Fernández y Cristina Kirchner. Por eso no es casualidad que su excandidato presidencial ahora esté trabajando directamente para un fondo buitre. El peronismo contempla la escena política con la mirada puesta en las elecciones de 2025 o 2027. O, lo que es lo mismo, mira para otro lado frente al ataque en regla a las grandes mayorías sabiendo que, si Milei avanza, para 2027 cualquier gobierno que asuma lo hará sobre ruinas.

Tampoco es casualidad que el FITU esté en la primera fila de los procesos de movilización y organización. Es la única fuerza política significativa que, hoy por hoy, se encuentra por fuera del régimen del FMI y combate contra él. En las marchas y los cacerolazos se escucha el cántico “la patria no se vende” coreado con fuerza, particularmente por muchxs compañerxs simpatizantes del kirchnerismo. Pero ni Cristina, ni Kicillof, ni la dirigencia sindical y social peronista, ni el peronismo en general, son capaces de encarnar este anhelo de buena parte del 44 % que votó contra Milei. Para que “la patria no se venda” hay que romper con el régimen del FMI, desconocer la deuda, atacar los intereses del capital financiero, de las grandes multinacionales y sus socios locales, de los banqueros, terminar con el negociado de la privatización de los servicios públicos y con el monopolio privado del comercio exterior por parte de un puñado de corporaciones. El equilibrio de fuerzas que sostiene a Milei se basa en la negación de esta perspectiva. De allí la relevancia de los movimientos actuales, aún de vanguardia pero con amplia simpatía, y la importancia de atraer a nuevos sectores de trabajadores sindicalizados, precarios, desocupados, del movimiento de mujeres, del estudiantil, etc., para fortalecerlos.

Y en este punto entra el segundo cantico que caracteriza las marchas y los cacerolazos: “unidad de los trabajadores y al que no le gusta, se jode”. Se trata de una cuestión fundamental que implica necesariamente combatir la estrategia de desgaste de las dirigencias sindicales y sociales peronistas/kirchneristas que apuestan, en el mejor de los casos, a luchas por sector y circunscriptas a cada reclamo por separado. Una estrategia funcional (y clave) en el esquema del equilibrio gubernamental. Para luchar por la “unidad de los trabajadores” se necesita una amplia alianza que abarque a las asambleas barriales, a los sindicatos combativos, al movimiento de mujeres que volvió a demostrar su fuerza este viernes, a movimientos piqueteros, al movimiento estudiantil, socioambiental, etc. De allí también la relevancia de instancias de autoorganización y coordinación como las que comenzaron a forjar las asambleas barriales y de articular con otros sectores para confluir con el malestar creciente que ya existe, en primer lugar, en buena parte del 44% que votó contra Milei. Así, generar volúmenes de fuerza para desarrollar la movilización en las calles e imponer una huelga general que derrote el plan de guerra del gobierno y permita abrir una contraofensiva para terminar con la pobreza, el saqueo y la explotación.

Estos son los contornos del verdadero pacto que, frente al “Pacto de Mayo”, necesita el pueblo trabajador. Los ritmos del desgaste de la base de apoyo conquistada por Milei en las elecciones aún están por verse, aunque posiblemente se aceleren producto de las consecuencias del plan motosierra y licuadora. Pero la pregunta sobre dónde hace pie el gobierno de Milei es solo media pregunta. Lo que tenemos que responder es en dónde hacen pie las fuerzas capaces de derrotarlo y cómo desarrollarlas. Por eso, lejos del “nicho de crítica testimonial” en el que nuestro autor pretende ubicar a la izquierda, el PTS-Frente de Izquierda tiene un papel protagónico en la lucha política y en los procesos de movilización y organización que se están desarrollando. El equilibrio de fuerzas no es evento natural; es una construcción política que hay que desmontar.

*Cuando estábamos escribiendo este artículo nos enteramos del accidente que llevó al incendio total de la redacción de la revista. Toda nuestra solidaridad con la Revista Anfibia que ahora se encuentra haciendo una campaña aquí para recuperar las instalaciones.


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Matías Maiello

@MaielloMatias
Buenos Aires, 1979. Sociólogo y docente (UBA). Militante del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS). Coautor con Emilio Albamonte del libro Estrategia Socialista y Arte Militar (2017) y autor de De la movilización a la revolución (2022).
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