SUPLEMENTO

Estrategia y revolución: debates de la izquierda para el siglo XXI

Diego Lotito

DEBATES
Ilustración: @marcoprile

Estrategia y revolución: debates de la izquierda para el siglo XXI

Diego Lotito

Presentamos aquí un debate sobre las estrategias para terminar con el capitalismo a propósito del último libro de Erik Olin Wright, Cómo ser anticapitalista en el siglo XXI. El mismo es una versión modificada de la ponencia presentada por el autor en la Escuela de Verano Anticapitalista y Revolucionaria de la Corriente Revolucionaria de Trabajadores y Trabajadoras realizada en Madrid el pasado 25 de junio.

En el año 2007, cuando se cumplían 90 años de la Revolución rusa, nuestro camarada Emilio Albamonte, dirigente del PTS de Argentina, dio una conferencia para toda la militancia en Buenos Aires cuyo objeto fue discutir sobre las distintas estrategias alternativas para terminar con el capitalismo. Albamonte comenzaba diciendo que para discutir la vigencia de la revolución, además de las discusiones históricas –que son muy importantes porque hay que demostrar que la burocratización de la Unión Soviética no fue un proceso inevitable y que el estalinismo no fue el resultado automático del bolchevismo–, nosotros teníamos que discutir qué estrategias son útiles hoy para la clase trabajadora y las masas explotadas para acabar con la explotación y la opresión en el mundo.

Desde entonces nuestra corriente internacional, la FT-CI, ha profundizado mucho en sus reflexiones sobre cuestiones de estrategia, en especial con la publicación del libro Estrategia socialista y arte militar, de Emilio Albamonte y Matías Maiello [1]. Tomando estos desarrollos teóricos como base y haciendo un contrapunto con las ideas de Erik Olin Wright en su último libro ¿Cómo ser anticapitalista en el siglo XXI? [2], nos proponemos justamente debatir qué estrategia es válida para terminar con el capitalismo.

¿Por qué estudiar y debatir sobre estrategia?

El concepto “estrategia” viene del pensamiento militar, lo mismo que el de táctica. Según el pensamiento militar convencional la estrategia es el plan para dirigir una campaña militar, y la táctica es el plan para dirigir una batalla. Una campaña está compuesta de diversas batallas, las batallas son tácticas con respecto a la campaña militar.

León Trotsky explica que la táctica es “el arte de dirigir las operaciones aisladas”, mientras que la estrategia es lo que liga a estas con el objetivo político. Clausewitz es el primero que utiliza el concepto de estrategia en este sentido. Antes la estrategia era lo que se hacía fuera de la vista del enemigo y el concepto no se utilizaba. Trotsky junto con Lenin y la Tercera Internacional son por su parte los primeros que lo utilizan para pensar las conclusiones de la Revolución Rusa y las tareas de los comunistas en el siglo XX.

Para Trotsky, la estrategia es “el arte de hacerse del mando”, combinar todos los elementos para apoderarse del mando, para vencer. Las y los revolucionarios no participamos de los sindicatos, de la lucha estudiantil, de la organización de la juventud precaria, de las elecciones, solo por participar, ni solo para formar alas revolucionarias en los sindicatos o los movimientos, etc. Lo hacemos para acumular volúmenes de fuerzas que nos permitan unirlos todos en el momento preciso para volcarlos contra la clase dominante, torcer su voluntad e imponer la voluntad de las y los explotados. Eso es estrategia; todo lo demás, en función de eso, es táctica.

Por eso, cuando Trotsky alerta contra el peligro de “perderse en la táctica” se refiere a perderse en este tipo de batallas aisladas, sin establecer la relación que hay entre ellas y la estrategia para nuestro programa, es decir, que la clase trabajadora conquiste el poder. Cuando nos preguntamos por la estrategia, nos preguntamos entonces sobre cómo ligar los resultados de cada uno de estos combates con la lucha por la conquista del poder, para que no sean fines en sí mismos que nos hagan perder nuestro objetivo.

Dicho esto, ¿por qué debatir hoy sobre estrategia? El sentido común de nuestro tiempo es que la estrategia revolucionaria, es decir, la estrategia surgida de la Revolución rusa, es algo anacrónico, pasado de moda. Esto es así, en primer lugar, porque venimos de un largo período, posterior a la caída del muro de Berlín, en el que no hemos visto revoluciones proletarias clásicas y mucho menos triunfantes. Aunque en el último período estamos viendo importantes revueltas y levantamientos en distintas partes del mundo (después volveremos sobre eso), las últimas grandes revoluciones “clásicas” derrotadas fueron las que culminaron con los Cordones Industriales en Chile; la Revolución boliviana del 71; la gran Revolución portuguesa de 1974, y otras que no fueron “clásicas”, como la nicaragüense, o la salvadoreña, o la Revolución iraní, que surgieron a fines de la década del setenta, aparte del intento desviado de revolución política contra la burocracia estalinista que fue Polonia en 1981.

En segundo lugar, porque junto con la ofensiva antiobrera de lo que hemos llamado la “etapa neoliberal”, se perdió el legado estratégico del marxismo revolucionario. Daniel Bensaïd, dirigente histórico de la corriente trotskista fundada por Ernest Mandel fallecido hace unos años, señalaba que el legado de Trotsky, era una “herencia sin modo de uso”. Con esto Bensaïd no se refería a la revitalización necesaria de un legado por parte de quienes nos lo apropiamos en nuevas condiciones, sino a que la propia utilidad del legado de Trotsky en nuestro tiempo era cuestionable y en muchos sentidos obsoleta. Es justamente en base a esta conclusión que Bensaïd acompañó el abandono de la lucha por la dictadura del proletariado por parte de su corriente, la Liga Comunista de Francia y el Secretariado Unificado, al mismo tiempo que utilizaba la reflexión sobre la táctica de gobierno obrero de la III Internacional para justificar la entrada de Miguel Rosetto de Democracia Socialista como ministro de desarrollo agrario del gobierno burgués de Lula desde 2003. Y más cerca de nuestros días, con los mismos fundamentos Anticapitalistas fundó Podemos, que terminó gobernando con el PSOE, y la dirección del NPA justifica hoy su alianza con Mélenchon en las regionales de Francia y la expulsión de nuestros compañeros de la CCR. Nosotros, al contrario, creemos que el pensamiento de Trotsky sí tiene un “modo de uso” y que esta se halla contenido en la estrategia. De lo que se trata es de revitalizar el marxismo revolucionario a partir de este pensamiento estratégico.

La condición fundamental para que se pueda dar una revolución “clásica”, como fueron por ejemplo la Revolución rusa o la Revolución española, es la época imperialista, es decir, la época de crisis, guerras y revoluciones, como la denominaron los marxistas de la Tercera Internacional. Hay marxistas que son escépticos de que sigamos viviendo en una época imperialista. Para decirlo sintéticamente, la categoría de imperialismo sostiene que el mundo se sigue dividiendo entre países opresores y entre una mayoría de países oprimidos, y que la competencia de los países capitalistas más poderosos del mundo y sus capitales financieros por la expoliación del resto mundo está en la base de la rivalidad entre los Estados. Para nosotros esta época tiene plena vigencia.

Si esto es así, la perspectiva de que surjan nuevos procesos revolucionarios está inscripta en la dinámica de la lucha de clases del siglo XXI. Por ello queremos volver sobre el estudio de la estrategia a partir de las grandes experiencias revolucionarias del siglo XX para pensar el siglo XXI.

Estrategias de lucha contra el capitalismo

Erik Olin Wright, un marxista analítico brillante, escribió en 2019 un libro titulado Cómo ser anticapitalista en el siglo XXI. Este fue su último trabajo, ya que murió poco después. Es un libro interesante, no tanto por la perspectiva que defendía el autor –que no era revolucionaria, sino reformista–, sino porque hace una taxonomía muy pedagógica de las “lógicas estratégicas” de lucha contra el capitalismo.

En su libro, Olin Wright identifica cinco estrategias: aplastar el capitalismo, desmantelar el capitalismo, domesticar el capitalismo, resistirse al capitalismo y huir del capitalismo.

La estrategia de aplastar el capitalismo se corresponde con la estrategia clásica del marxismo revolucionario. Sostiene que el capitalismo es irreformable y hay que terminar con el mediante la revolución social violenta que conquiste el poder político, destruya el Estado burgués y construya otro tipo de Estado transicional hacia el comunismo.

La estrategia de desmantelar el capitalismo es lo que podríamos identificar con la estrategia de la socialdemocracia clásica, es decir, una transición pacífica hacia el socialismo mediante reformas dirigidas por el Estado (con medios parlamentarios) que gradualmente introduzca elementos de una alternativa socialista al capitalismo.

El caso de la estrategia de domesticar al capitalismo, no se propone superar al capitalismo, sino crear instituciones dentro del Estado capitalista para controlar sus excesos. Algo así como una “medicina para tratar los síntomas, no las causas de la enfermedad”. Lo identifica con el social-liberalismo de la segunda mitad del siglo XX, o desde nuestra óptica, podríamos emparejar esta lógica con la estrategia del neorreformismo.

Resistirse al capitalismo es para Olin Wright otra lógica estratégica que aglutina la lucha anticapitalista desde fuera del Estado. Si la domesticación del capitalismo espera neutralizar los daños del sistema y el desmantelamiento busca dirigir el poder estatal contra el capitalismo, la resistencia al capitalismo busca influir en el Estado o bloquear las acciones estatales, pero no ejercer el poder estatal. Es la estrategia que Holloway tipifica con la frase “hacer la revolución sin tomar el poder”, propia del activismo de los movimientos sociales (ecologistas, identidades, vivienda, consumidores, etc.) o lo que nosotros hemos llamado, citando a Bensaïd, como la “ilusión de lo social”.

Finalmente, la estrategia de huir del capitalismo es la que considera una de las más antiguas contra las depredaciones del sistema. Es una estrategia que va desde las comunidades utópicas del siglo XIX hasta los movimientos cooperativistas y los espacios autogestionados. Considera que la mejor alternativa es aislarse de los efectos perjudiciales del capitalismo. Hoy, dice Olin Wright, esta estrategia es eminentemente individualista y antipolítica.

Valga aclarar que para el autor la estrategia revolucionaria ya no es adecuada para el siglo XXI, porque en su opinión toda ruptura unilateral con el sistema capitalista engendra violencia y represión. De hecho, termina reivindicando las experiencias de Podemos, Syriza, Bernie Sanders y Jeremy Corbyn, adjudicándoles una perspectiva anticapitalista que evidentemente no tienen, para defender lo que llama una estrategia de erosionar al capitalismo. Pero independientemente de esto es resulta interesante abordar este debate a partir de su clasificación.

Estas cinco lógicas estratégicas se diferencian esencialmente por su objetivo. Algunas se proponen superar el capitalismo, otras solo neutralizar sus daños o minimizarlos. Para Olin Wright, tanto domesticar como resistirse al capitalismo no son estrategias anticapitalistas propiamente dichas. Mientras que aplastar, desmantelar o huir del capitalismo si serían planteos estratégicos que se proponen superar las estructuras del capitalismo.

Es claro que la estrategia de domesticar el capitalismo no tiene nada de anticapitalista. Para graficarlo quisiera poner un ejemplo que me parece muy ilustrativo y que ya hemos citado en otros artículos. Cuando Syriza llegó al gobierno en Grecia en 2015, se presentaba a sí misma como un partido de reformas del capitalismo que se oponía a los planes de ajuste del FMI, la Comisión Europea y el Banco Central Europeo, la llamada Troika. Sin embargo, cuando llegó al poder se transformó en aplicador de esos mismos ajustes que decía rechazar. Entonces le preguntaron a Pablo Iglesias si Syriza tendría que haber tomado medidas “duras” contra la Troika, en vez de terminar aplicando el ajuste que en teoría venía a combatir. A esto Iglesias respondió: “El problema es que todavía se tiene que verificar que alguien desde un Estado puede plantear semejante desafío [...] si nosotros gobernando vamos a hacer una cosa dura de repente tienes a buena parte del ejército, del aparato de la policía, a todos los medios de comunicación y a todo contra ti, absolutamente todo”.

Esta reflexión es interesante porque, como dice Matías Maiello [3], marca claramente dos caminos que tiene que elegir la estrategia: ¿combatir o no combatir? Se puede elegir un primer camino que consiste en atenerse a los marcos de lo instituido y actuar dentro de los límites impuestos por el capitalismo, aunque sea combinándolo con un discurso “de izquierda” como hicieron Syriza y Podemos. O un segundo camino: ir más allá de los límites de lo instituido, atacar los intereses capitalistas y enfrentar al Estado burgués, para lo cual, efectivamente, hay que prepararse para enfrentar a toda una serie de fuerzas materiales que van a reaccionar en contra. La alternativa entonces es, o bien enfrentar o bien someterse a los dictados del capital, no hay espacio para salidas intermedias. Y si lo que decidimos es combatir, entonces ahí empiezan los problemas de la estrategia.

Por esto lo queremos discutir aquí, siguiendo el esquema de Olin Wright es, en primer lugar, la estrategia que se propone aplastar el capitalismo. En el siglo XX hubo grandes revoluciones que dieron lugar a dos grandes estrategias alternativas: por un lado, la Revolución rusa dio lugar a la estrategia de la Huelga General Insurreccional, que es la estrategia clásica del marxismo revolucionario, de la toma del poder por la clase obrera y la dictadura del proletariado; por otro lado, la Revolución china dio lugar a otra estrategia, la de la guerra popular prolongada, que a su vez tuvo su expresión a partir del análisis de la Revolución cubana dando lugar a la subestrategia del foquismo.

También vamos a discutir con lo que Olin Wright llama la estrategia de desmantelar el capitalismo, que estrictamente hablando es una táctica transformada en estrategia, que es hacer de la participación en las luchas sindicales y en la actividad parlamentaria el centro de gravedad de la acción politica para conquistar posiciones en el Estado capitalista que permitan avanzar hacia el socialismo de un modo pacífico; a esta suma de tácticas Karl Kautsky, en discusión con Rosa Luxemburg, la denominó “estrategia de desgaste”.

Y finalmente hay otras dos estrategias con las que vamos a polemizar, o una que podemos dividir en dos, que se corresponde en parte con lo que Olin Wright llama la estrategia de huir del capitalismo. Por un lado, la estrategia autonomista, que considera que la clave es la actuación del movimiento social separado de toda discusión por el poder porque el poder crea una división entre dirigentes y dirigidos que inevitablemente lleva a la burocracia. La otra estrategia, que está emparentada con esta pero no es la misma, es el anarquismo, que sostiene que no hay que participar en los parlamentos y que la clave no es construir un Estado obrero transicional cuando se toma el poder, sino que hay que abolir el Estado inmediatamente.

La vigencia de la estrategia bolchevique

Como dijimos antes, a partir de las grandes experiencias revolucionarias del siglo XX, surgen dos grandes estrategias: la de la huelga general insurreccional y la de la guerra popular prolongada. La perspectiva estratégica que defendemos en la CRT y la FT es la primera, que podemos sintetizar como la estrategia bolchevique.

Cuáles son las claves de la estrategia bolchevique. En primer lugar, el rol de la clase obrera. Para los bolcheviques el sujeto social llamado a dirigir la revolución era el proletariado. ¿Y qué es el proletariado? Son todas las personas que reciben un salario suficiente para vivir, pero insuficiente para acumular capital. Para nosotros, como para los bolcheviques, las y los asalariados son el sujeto social de la revolución, porque no están atados a ninguna propiedad ni a ninguna aspiración más que a “liberarse de sus cadenas”, como diría Marx. Pero con su lucha, pueden representar una salida, acaudillar dirá Trotsky –aunque el termino Caudillo aquí suene un poco mal– al conjunto de los sectores explotados y oprimidos de las clases medias arruinadas y los sectores populares.

Ahora bien, desde el punto de vista estratégico, del arte para vencer, hacía falta un instrumento vital, y esta es la segunda clave de la estrategia bolchevique: el partido revolucionario. Para derrocar el Estado autocrático y triunfar en la lucha por el poder político hacía falta un partido revolucionario democráticamente centralizado. Este partido no es solo para luchar contra la burguesía, sino también contra las direcciones traidoras del movimiento de masas y contra las organizaciones que oscilan entre la reforma y la revolución, a las que los marxistas denominamos “centristas”. Este es un partido que no se forja en un día, sino en un proceso largo de formación teórico política y de experiencia de lucha de clases. Aunque en el caso ruso, esta experiencia fue rapidísima. Lenin dice que el bolchevismo pasó por 15 años de historia práctica, entre 1903 y 1917, sin parangón en el mundo por su riqueza en experiencia en la lucha de clases. Es decir que un partido marxista se construye no solo en el estudio sino en una inmensa variedad de formas de lucha. Y es justamente como parte de esa lucha que la clase trabajadora o, mejor dicho, sus sectores más conscientes, se transforman en sujeto político.

La CRT es todavía un pequeño grupo de propaganda, pero construir ese partido es el apasionante desafío que tenemos por delante como revolucionarios. Y aunque hasta ahora la situación no ha ayudado por el peso del neorreformismo y la capacidad del régimen político de sostenerse, hasta el FMI dice que se esperan rebeliones obreras y populares en los próximos años producto de los padecimientos sufridos por las mayorías sociales en el marco de la pandemia y la ofensiva capitalista. Ese va a ser el caldo de cultivo para nuevos procesos revolucionarios como fueron la Revolución rusa o la Revolución española, a los que queremos llegar con partidos revolucionarios formados.

¿Y por qué en situaciones así es vital tener un partido forjado en la lucha de clases? Esta es la tercera cuestión clave de la estrategia bolchevique: para crear organismos de frente único donde unifiquen las masas revolucionarias para luchar por el poder. Es decir, soviets o consejos obreros, o coordinadoras, o incluso comités de fábrica. El organismo que permita unificar a las masas revolucionarias de distintas tendencias en un gran frente único para concentrarse en el punto débil del enemigo y arrebatarle el poder. Eso es un elemento central de nuestra estrategia.

Cuando surgen soviets lo que surge es un doble poder. ¿Y eso qué significa? Como explica Emmanuel Barot: “el ‘doble poder’ designa un tipo de proceso y de instrumentos políticos particulares por los cuales las masas en lucha crean sus órganos de decisión independientes, alternativos y antagónicos a las instituciones existentes en la perspectiva de la huelga general y de la insurrección” [4]. Es decir, es un poder alternativo al poder real de los capitalistas. Ahora bien, para que los soviets sean un verdadero poder, estos tienen que armarse, sino son un semi poder. Por eso, en situaciones revolucionarias, los soviets no solo se organizan, también se arman, se enfrentan a las bandas fascistas, surgen milicias revolucionarias. Esa es la base sobre la que se puede formar un “ejército revolucionario”.

Lo que pensamos es que, si nuestra época sigue siendo la de crisis, guerra y revolución, si la clase trabajadora se rebela y vienen nuevas crisis y catástrofes, se van a crear las posibilidades, la “coyuntura estratégica”, para que la perspectiva bolchevique se despliegue. Pero para aprovecharla el partido tiene que existir previamente, tiene que haberse forjado en las luchas de la clase obrera. Si no hay una vanguardia fogueada de algunos miles que pueda construir un partido de decenas de miles que dirijan millones, puede haber revolución, pero no habrá triunfo de la revolución.

Entonces llegamos a un cuarto aspecto central de la estrategia bolchevique: la toma del poder mediante la huelga general insurrecional. ¿Pero qué significa tomar el poder? Porque el poder no es una sustancia, sino una relación social. Entonces, la toma del poder significa destruir el poder burgués y su Estado, es decir, su fuerza represiva, para construir un poder alternativo de la clase trabajadora, un nuevo tipo de Estado: un Estado obrero transicional. Y ¿por qué transicional? Porque la conquista del poder político en un Estado aislado no implica la desaparición inmediata de las clases sociales. Es necesario aumentar el desarrollo económico, social y cultural del país, liquidando al mismo tiempo la resistencia de la burguesía. Este proceso es lo que llamamos la “dictadura del proletariado”. Es decir, la organización de la sociedad en función de los intereses de la mayoría por sobre los de la pequeña minoría de parásitos que son los grandes capitalistas y banqueros, empresarios, monarcas, etc. No solo a la clase obrera, sino a todas las grandes masas explotadas, como los campesinos y los pobres urbanos, en una alianza obrera y popular con el objetivo de desarrollar la movilización permanente de las masas antes y después de la toma del poder. Si es un país atrasado, esto es para liberarlo de la influencia del imperialismo, resolver la cuestión agraria, expropiarle las fábricas al imperialismo y a la gran burguesía nacional. Y en todos los países, expropiar al capital poniendo toda la economía al servicio de un plan racional bajo control de la clase obrera que termine con la miseria, impida que avance la catástrofe ambiental. Para hacer avanzar la revolución en todos los terrenos: la economía, la cultura, las desigualdades, el fin de las opresiones por género, raza o condiciones sexual. Dicho de otro modo, revolucionar el conjunto de las relaciones sociales.

Pero la construcción del socialismo es imposible a nivel de un solo país, solo puede serlo a nivel internacional. Entonces la revolución tiene que pasar del plano nacional al plano internacional. Este es el quinto y último aspecto clave, el internacionalismo: para nuestra estrategia, es decir, la estrategia bolchevique, la revolución comienza en el terreno nacional, se extiende en el internacional y culmina en el mundial. Es decir, la lógica opuesta a la que representó el estalinismo y su teoría del socialismo en un solo país. Esta perspectiva es la que Trotsky desarrolla en su teoría de la revolución permanente.

Estos puntos son esquemáticamente los nudos centrales de la estrategia bolchevique, que es la estrategia que defendemos en la CRT y la FT. Veamos ahora las otras estrategias alternativas.

La guerra popular prolongada y el foquismo

La otra revolución que da lugar a la segunda gran estrategia es la Revolución china de 1949. Esta es un subproducto de que la segunda Revolución china de los años 25-27 (la primera fue en 1911), fue derrotada por los errores de la dirección estalinista, que lleva adelante una política de colaboración de clases entre el Partido Comunista Chino y el partido del nacionalismo burgués, el Kuomintang (KMT).

En 1934 se inicia la epopeya militar conocida como “La larga marcha”, que fue la forma que adoptó la retirada del PCCH de las bases rojas de Hunan y Kiangsi. Ahí Mao despliega la que se conoce como la estrategia de la guerra popular prolongada. La base de esta política no es solo la miseria creciente y la guerra en general, sino la invasión del país por una potencia extranjera. Concretamente la invasión japonesa en China, iniciada en 1931 con la ocupación de Manchuria, la cual crea una cierta unidad de todas las clases del país contra el invasor extranjero. Para enfrentar a los japoneses Mao impulsa una orientación de unidad política con la burguesía nacionalista, proponiendo la conformación de un Frente Único Antijaponés y abandonando la agitación por la reforma agraria, ya que esta atacaba las bases del poder de los generales del Kuomintang entre los que se encontraban grandes terratenientes chinos. La “contradicción principal”, decía Mao, era con el imperialismo japonés; la “contradicción” con la burguesía nacional e incluso con las antiguas clases feudales, pasaban a un plano secundario.

De la experiencia de la Revolución china, Mao extrae entonces las consecuencias de una nueva estrategia, la guerra popular prolongada. Mao sostuvo que eran cuatro clases las que debían luchar contra los japoneses: la burguesía nacional, el proletariado, el campesinado y la pequeña burguesía urbana. El llamado “bloque de las cuatro clases”, que instauraría lo que Mao llama la “nueva democracia”, era el que llevaría a cabo las tareas fundamentales de la Revolución china (la revolución agraria y la unidad nacional). El proletariado participa en esa lucha, pero lo hace como un integrante más, ya que el sujeto fundamental para el maoísmo es el campesinado. Esta lucha es eminentemente militar, no hay soviets ni organismos de autodeterminación de las masas, sino un ejército guerrillero. El Estado que surge es un Estado basado en un ejército con base esencialmente campesina, por lo que surge ya como un Estado obrero burocratizado.

Como estrategia es opuesta a la de la Revolución rusa, porque la estrategia bolchevique tiende a que toda una clase, el proletariado, eleve su nivel político y se transforme en sujeto de su liberación. La estrategia que surge de la Revolución china, al contrario, es que la revolución de los campesinos, luchando contra la burguesía imperialista y la gran burguesía nacional, sea la que dirija el bloque de las cuatro clases. Para el conjunto de los partidos maoístas, esta estrategia significó una variante de la “revolución por etapas” estalinista, es decir, que la revolución tiene una primera fase común con la burguesía “nacional” o “patriótica”. Pero como esta no existe, la politica termina siempre en aberraciones. En España este tipo de estrategia se expresó fundamentalmente como una capitulación a las direcciones burguesas y pequeñoburguesas independentistas.

Hay una tercera estrategia en el siglo XX, o sub estrategia vinculada a la experiencia china, que es la estrategia surgida con la Revolución cubana y el movimiento 26 de junio. Es la “estrategia del foquismo o del foco guerrillero”. Las lecciones que sacan los revolucionarios cubanos, especialmente Ernesto Guevara, son que no hace falta crisis, ni guerra, ni siquiera la invasión del extranjero, para que haya condiciones revolucionarias. Hace falta que haya un gobierno impopular y que los campesinos estén hambrientos. Con esas dos condiciones hay que crear un foco, un grupo de revolucionarios que se estructura en el campo (o en la ciudad según la variante del foquismo urbano) y mediante acciones de propaganda armada, el foco crea por sí mismo las condiciones para hacer la revolución.

La razón fundamental del fracaso de esta estrategia, que el “Che” Guevara pagó con su vida en Bolivia, es sencilla: el foco no crea condiciones revolucionarias. O hay condiciones objetivas o no hay condiciones para la revolución. O hay crisis y guerras que puedan desatar la revolución o no las hay. Los revolucionarios no pueden inventar revoluciones. Esta es en última instancia una concepción subjetivista in extremis, que confía que los revolucionarios pueden crear las condiciones objetivas mediante la propaganda armada para hacer la revolución. Aunque esta estrategia está en retroceso, acompañando el enorme proceso de desruralización del planeta en las últimas décadas, hay organizaciones que la siguen reivindicando, especialmente en algunos países de Asia, África y América Latina –donde el campesinado aún tiene un importante peso relativo–.

La “estrategia de desgaste”

Frente a esas dos (o tres) estrategias que surgen de las grandes revoluciones del siglo XX, podemos situar lo que Karl Kautsky, que era uno de los principales referentes teóricos de la Segunda Internacional, denominó la “estrategia de desgaste”. Esta es una estrategia que por el contrario surge de la ausencia de revolución.

Olin Wright llama a esta estrategia desmantelar el capitalismo, enfatizando el elemento de que para esta lógica la clave de la acción politica es conquistar posiciones en el Estado capitalista que permitan avanzar hacia una perspectiva socialista desde adentro, de un modo pacífico. Aunque este es, si se quiere, el lugar donde termina finalmente esta estrategia. Aún más, como lo demostró el mismo Kautsky y la socialdemocracia alemana en 1914 con su apoyo al imperialismo alemán en la primera guerra mundial, este camino terminó llevando a la completa bancarrota.

El debate sobre la “estrategia de desgaste” y la “estrategia de abatimiento”, términos que introduce en el debate Karl Kautsky retomándolos del historiador militar Hans Delbrück, surge en las primeras dos décadas del siglo XX; Kautsky retoma estas categorías para discutir contra Rosa Luxemburgo.

Ilustración: @marcoprile
Ilustración: @marcoprile

En 1910, en una situación marcada por las luchas obreras y movilizaciones democráticas de masas, Luxemburgo planteaba hacer agitación sobre la necesidad de una huelga general política. Kautsky se opone diciendo que no había que arriesgar la organización socialdemócrata (que entonces tenía alrededor de 700.000 afiliados, 2 millones de afiliados en los sindicatos y 3 millones de votantes) en esas batallas, y que la clave pasaba por obtener una gran votación en las próximas elecciones (que se harían en 1912). Lo que estaba planteado para Kautsky era una “estrategia de desgaste”, es decir, evitar todo combate decisivo para, en teoría, pasar a la ofensiva en el momento oportuno. Rosa Luxemburgo le contesta que toda su elaboración sobre la “estrategia de desgaste” era el fundamento para una orientación consistente en “nada-más-que-parlamentarismo”. Aunque después se demostró cierto esto que decía Rosa, en ese momento aún no era exactamente así, porque Kautsky seguía planteando que en el momento indicado había que pasar a una “estrategia de abatimiento”. Por el lado de Rosa Luxemburgo, obviamente, ella no era antiparlamentarista. La diferencia era que Rosa sostenía que la socialdemocracia debía cumplir un papel de vanguardia en el desarrollo de las tendencias más progresivas de la lucha de clases en ese momento y no simplemente esperar a las elecciones.

Lo que está discutiendo Rosa Luxemburgo es un error en el que cae hasta el día hoy gran parte de la izquierda, incluso la que se reivindica anticapitalista y revolucionaria. Es decir, entender la “política” solamente como intervención electoral una vez cada dos años y la “lucha” exclusivamente como lucha sindical. Rosa, sin negar la intervención en las elecciones, no separa la intervención política de la intervención en la lucha de clases. Lo que para Kautsky son dos estrategias supuestamente complementarias, para Rosa son dos estrategias alternativas que se oponen entre sí. El momento del pasar a la “estrategia de abatimiento” no llega nunca.

La lucha política que se expresaba en el debate Kautsky-Luxemburgo no era simplemente una lucha político-ideológica, sino contra una nueva fuerza material inmensa que había surgido: las burocracias políticas y sindicales en el movimiento de masas. La relación es explícita: Kautsky se oponía a Luxemburgo porque no quería enemistarse con la burocracia sindical socialdemócrata, que tenía poder de veto en el partido, mientras que el planteo de Luxemburgo de agitar la huelga general chocaba directamente contra la burocracia. En este punto, quien dará en la clave será Lenin, marcando una diferencia muy importante con Luxemburgo, planteando que la tarea fundamental de un partido revolucionario no pasa solo por desarrollar los elementos más progresivos que daba la lucha de clases –en lo que coincidían–, sino que para poder hacer eso son necesarias corrientes revolucionarias al interior de las organizaciones de masas que enfrenten a las burocracias.

Las estrategias de desgaste y de derrocamiento no son dos estrategias complementarias, para intercambiar cuando la situación se hace revolucionaria. Es decir, no es que en situaciones que no son revolucionarias puedo dedicarme exclusivamente al presentarme a elecciones y participar de las campañas de lucha sindical por el salario una vez por año, y después cuando la situación se hace revolucionaria ser el más combativo de todos. La “estrategia de desgaste”, al fin y al cabo, lo único que termina desgastando son las fuerzas de la clase trabajadora, mientras permite que se afiance el poder de los capitalistas.

Analizamos este ejemplo de la socialdemocracia hace más de cien años porque no es un ejemplo aislado: es la historia de todos los partidos que terminan haciéndose reformistas. Este mismo resultado lo podemos ver en España en los años 30, en Chile en los 70, en Grecia hace pocos años y en el Estado español. Y aunque a muchos parezca que es una discusión anticuada, este debate ha resurgido con fuerza en los últimos años también en Estados Unidos, al calor del desarrollo del Democratic Socialists of America (DSA), que llegó rápidamente a los cincuenta mil miembros.

En el período previo a las pasadas elecciones presidenciales en EE. UU. y el lanzamiento de la candidatura de Bernie Sanders, sectores mayoritarios de la dirección del DSA impulsaron la campaña “Bernie 2020” actuando, como decían, “adentro y afuera” de uno de los principales y más antiguos partidos burgueses imperialistas del mundo, el Partido Demócrata norteamericano. Para fundamentar esta política, surgió un renovado interés por la figura de Karl Kautsky y una defensa de una suerte de “vuelta a Kautsky”, revindicando su figura y su legado, así como la idea de reconstruir una socialdemocracia “pre 1914”, impulsada por la revista teórico política Jacobin [5]. Uno de los máximos defensores de esta línea, Eric Blanc, defendió que la teoría de Kautsky daría fundamentos a la estrategia de popularizada como “inside-outside” (adentro-afuera) del Partido Demócrata, es decir el apoyo a Bernie Sanders, Alexandria Ocasio-Cortez y otros candidatos demócratas, para crecer electoralmente y después “promover movimientos de masas y organizar a cientos de miles de personas en organizaciones independientes de la clase trabajadora”.

El problema central de esta politica es que obvia el carácter imperialista del Estado –y del propio partido demócrata– y con ello, su inmensa capacidad de cooptación/coerción –lo que Gramsci desarrolló bajo el concepto de “Estado integral”– para neutralizar los movimientos impugnatorios del sistema que surgen desde la izquierda. Algo parecido a la lógica de muchos podemistas en el Estado español que terminaron en el gobierno imperialista del PSOE (y no solo podemistas, sino también de algunos que osan llamarse anticapitalistas). Como dice Matías Maiello [6] polemizando con Eric Blanc: “esto podía ser una novedad para Kautsky, Rosa Luxemburgo o Lenin a principios del siglo XX; pero para quienes vivimos en el siglo XXI hace mucho que ya no lo es”. Si de algo vale la pena volver sobre la experiencia de la socialdemocracia alemana y el “kautskismo” de principios del siglo XX no es para repetir sus mismos errores, sino para sacar lecciones revolucionarias; en espacial que no hay ni puede haber una politica socialista revolucionaria si no es antiimperialista. Este es justamente el enfoque teórico y estratégico que ha guiado la intervención de nuestros camaradas de Left Voice en Estados Unidos.

Autonomismo y anarquismo

Para terminar, hay una quinta estrategia o estrategias, que son las que corresponden a lo que conocemos como el autonomismo y el anarquismo. Los autonomistas, que toman su nombre de un movimiento surgido en Italia en las décadas de los 60 y 70, tienen distintas vertientes y planteos. Para resumir, el autonomismo actual –que a diferencia del de los 70 que tenía un fuerte carácter proletario, es esencialmente pequeñoburgués– sostiene que, mediante el impulso de diversos movimientos sociales, sin ningún tipo de centralidad de la clase trabajadora sino con base ciudadana, podemos situarnos “más allá” del Estado capitalista y sus instituciones, construyendo nuevas relaciones sociales en los márgenes del sistema.

El problema de esta perspectiva es que el Estado capitalista actúa sobre los movimientos sociales más allá de las intenciones de quienes los integran. Y lo hace tanto a través de la represión como de la cooptación. Un ejemplo de esto es el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) y su principal dirigente, el subcomandante Marcos. No sé si saben qué hace pocos días llegó a Galicia un barco alemán llamado "La Montaña" con el "El Escuadrón 421", integrado por siete delegados del EZLN, que es parte de una gira internacional de los zapatistas para “invadir” España 500 años después de la conquista de México. Bueno, el caso del zapatismo es muy aleccionador de los límites de la estrategia autonomista. Al EZLN el Estado mexicano no lo aplastó, pero lo dejaron aislado en la selva Lacandona y aunque consiguió algunas reivindicaciones, el movimiento no consiguió sacar del hambre, la miseria, la falta de cultura a la población. En esa situación de aislamiento, la politica del zapatismo además se opone a unirse el resto de los cien millones de mexicanos –de los cuales más de cuarenta millones son trabajadoras y trabajadores–, que son la fuerza social capaz de terminar con la explotación capitalista y con ello de la opresión y expoliación de los pueblos indígenas. Así, la estrategia autonomista termina en un callejón sin salida.

La definición de Olin Wright sobre que esta es una estrategia de huir del capitalismo es bastante precisa en este sentido. La estrategia anarquista, aunque tiene elementos propios de una “huida” –especialmente las variantes actuales de anarquismo, más posmodernas y de contenido social pequeñoburgués que lo que fue el anarquismo de fines del siglo XIX y principios del siglo XX–, es diferente. Tanto el anarquismo como el bolchevismo comparten un objetivo común: el comunismo. Incluso existen puntos en común con la estrategia bolchevique en cuanto al desarrollo de la lucha de clases contra el Estado capitalista.

Pero la gran diferencia estratégica es que para los anarquistas una vez conquistado el poder, este no debe ejercitarse como parte de la construcción de un poder estatal transicional que sirva para derrotar la resistencia de los capitalistas, construir el socialismo a nivel nacional e internacional y que, por esa vía, el Estado se extinga, como plantea el marxismo revolucionario. No, lo que sostienen es que hay que liquidar el Estado y hacer inmediatamente “una asociación de productores libres asociados”, o una unión de cooperativas. Porque hacerse cargo del poder y planificar democráticamente la economía mediante un Estado transicional sería darle el poder a una burocracia y va en contra de los principios del comunismo libertario. Esta lógica tuvo quizá su expresión más trágica en la Revolución española, cuando la CNT y la FAI se niegan a “tomar el poder” en Barcelona en 1936 para no aplicar la “dictadura del proletariado”, pero terminaron finalmente participando en el Gobierno del Frente Popular ayudando así a recomponer la “dictadura del capital” con rostro democrático. La gran contradicción es que la flor y nata de la revolución y la guerra civil española, el proletariado anarquista, combatió bajo los prejuicios ideológicos y la dirección de una estrategia equivocada que lo llevó al desastre.

Tanto las teorías autonomistas, con su promoción de experimentos de “huida” del capitalismo, como la estrategia anarquista y su perspectiva de construcción del comunismo anárquico inmediatamente después de la destrucción del poder burgués, no tienen en cuenta que hay una economía capitalista global y una política estatal dirigida por las distintas potencias imperialistas, y que eso plantea el peligro real del aislamiento económico y de ataques militares del imperialismo coaligado con los restos de las fuerzas burguesas derrotadas.

Ningún tipo de experimento, ya sea pequeño o grande, ya sea un espacio ocupado, una comuna agraria cooperativa o autogestionada, puede subsistir como un oasis de autogestión en un desierto capitalista. Y si lo hace, es solo porque el Estado capitalista en algún nivel lo permite. Porque si no, es solo cuestión de enviar algunas decenas de policías y el experimento se termina. Ahora, si hablamos de la planificación de la economía de un país entero, es imposible que se mantenga un solo día si no se crea un nuevo Estado basado en la democracia soviética y un poder propio, esto es, milicias en un primer momento y luego un ejército propio, que permitan enfrentar y derrotar al ejército de la burguesía. Y, sobre todo, la conquista del poder en un país, sobre todo si es atrasado, no puede ser más que una trinchera al servicio del desarrollo de la revolución socialista internacional. Esta es una de las diferencias fundamentales que tenemos con la perspectiva anarquista.

Revuelta y revolución en el siglo XXI

Al inicio decíamos que hace 30 o 40 años que no vemos revoluciones clásicas. Sin embargo, después del estallido de la crisis capitalista del 2008, hemos visto dos grandes ciclos de la lucha de clases mundial. El primero tuvo como epicentros el estallido de la llamada “Primavera Árabe” en varios países del norte de África y Oriente Medio, que enfrentaron violentamente a regímenes dictatoriales y fueron desviados o duramente reprimidos, que fueron seguidas de una sucesión de revueltas pacíficas en Europa, como la de los “indignados” del 15M en el Estado español o el movimiento de la Plaza Taksim en Turquía, e incluso el Latinoamérica, como el masivo junio de 2013 en Brasil, así como la intensificación de la lucha de clase en Grecia.

El segundo ciclo tuvo como principales expresiones la irrupción de los Chalecos Amarillos en Francia hacia finales de 2018, un proceso que fue mucho más avanzado y violento que el 15M (también lo fue la represión estatal), el movimiento independentista catalán –que si bien fue pacífico, la respuesta del Estado monárquico español fue brutal–, o las protestas que tuvieron lugar en Hong Kong. También desde 2018-2019 se reactivó la “Primavera Árabe” con los levantamientos en Argelia y Sudán, se dieron protestas masivas contra la miseria en Irak, contra el gobierno en Líbano, entre otros. Aunque uno de los principales epicentros estuvo en América Latina, con las jornadas revolucionarias que atravesaron Chile, antes con la revuelta en Ecuador en menor escala, y también las movilizaciones en Puerto Rico, Honduras y Haití. Este ciclo fue parcialmente interrumpido por la pandemia, pero a pesar de ello continúa, como hemos visto con el levantamiento de Colombia, así como también en otras regiones del planeta, como la heroica resistencia de los trabajadores y en especial de las mujeres al golpe militar en Myanmar, la renovada resistencia de la juventud palestina contra la opresión del Estado sionista de Israel y la reciente rebelión de la juventud en Túnez. Por contraparte, en Europa vemos que, salvo Francia, la situación es de mucha pasividad. La pandemia por ahora ha apaciguado las tendencias a la lucha de clases y los Estados capitalistas quieren que se mantenga así, por eso están poniendo toneladas de dinero que van a las empresas para que no quiebren y sigan haciendo negocios. Aunque al mismo tiempo preparan duros ataques, por lo que esto puede estallar por los aires en cualquier momento.

Este último ciclo que estamos transitando no ha sido el subproducto de grandes catástrofes (como cracks económicos o guerras), como sucedió en la primera mitad del siglo XX, sino una reacción a la crisis del esquema neoliberal que se ha desarrollado desde 2008. Y su característica fundamental es la revuelta [7]. Es decir, la explosión de acciones espontáneas que liberan las energías de las masas y pueden tener importantes niveles de violencia. A diferencia de las revoluciones, las revueltas no tienen como objetivo reemplazar el orden existente, sino presionar al poder para obtener reivindicaciones. En cierto modo, siguiendo la taxonomía de Erik Olin Wright, sería la forma más violenta y explosiva de una estrategia de resistencia al capitalismo.

La estrategia de resistir al capitalismo, como dijimos antes, no lleva a la revolución. En este nuevo ciclo de lucha de clases hemos visto tanto la potencialidad de la revuelta como sus límites. En particular, su carácter “ciudadano” y la ausencia de hegemonía obrera a partir de las “posiciones estratégicas” que controla la clase trabajadora. Sin embargo, entre esta y la estrategia de aplastarlo, o en términos clásicos, entre la revuelta y la revolución, no hay tampoco un muro infranqueable. Las revueltas contienen en germen la posibilidad de superación del momento de resistencia o de presión extrema, abriendo el camino a la revolución. Esto depende su desarrollo y, especialmente, de si la clase trabajadora y el movimiento de masas pueden ir más allá en su conciencia y organización. En este terreno es donde intervienen los factores conscientes y, en particular, las direcciones políticas.

Por ello, aunque no expresan nuestra estrategia, las y los revolucionarios de la FT-CI apoyamos y participamos de las revueltas, somos parte de estos procesos, pero para pelear dentro de ellos por una estrategia bolchevique: que emerjan instituciones de frente único de masas (como son las coordinadoras u otros organismos de autoorganización) que puedan plantear la perspectiva del doble poder y la huelga general insurreccional. Y en esta batalla nos oponemos a las estrategias de los populistas, autonomistas y centristas, cuya estrategia lleva a estos procesos a callejones sin salida, para ser en el mejor de los casos desactivados con reformas cosméticas, o en el peor, derrotados en forma sangrienta.

La cuestión estratégica clave es cómo estas explosiones de rabia y lucha de clases que se expresan en las revueltas no terminan agotándose en sí mismas, sino que despliegan su potencialidad abriendo el camino a la revolución. Un pasaje que no es automático ni mucho menos, sino que solo puede lograrse si se la clase obrera interviene con sus métodos de lucha y conquistando su hegemonía para unir a los diferentes sectores en lucha y construir un poder alternativo de las y los explotados y oprimidos. Para ello, el rol del partido revolucionario es fundamental.

Un partido para vencer

Los momentos catastróficos, de crisis, de guerras, como vimos, son la marca distintiva del capitalismo en su etapa imperialista, que tarde o temprano estallan. Hoy vivimos en un mundo cada vez más convulsionado. El problema estratégico fundamental es si cuando lleguen los momentos álgidos se ha podido articular una fuerza capaz de darle una salida revolucionaria a la situación. Y esto se juega, en buena medida, mucho antes. No se trata solamente de “resistir” o de enfrentar ataques, sino de articular las fuerzas materiales para vencer.

Pero claro, para esto, como diría Pablo Iglesias, hay que enfrentar a todos los factores de poder que defienden la propiedad de los capitalistas. A diferencia de Pablo Iglesias, nosotros no somos escépticos de las fuerzas disponibles para este combate: la clase trabajadora. Hoy la clase trabajadora a nivel mundial se ha extendido como nunca antes. Lejos del mito del fin del trabajo, en las últimas décadas millones de personas en todo el mundo, empezando por países como China y la India, se han proletarizado en los servicios, en la industria, el transporte y múltiples actividades que hoy son asalariadas y antes no lo eran. Nuestra clase tiene un inmenso peso social para vencer, pero no puede hacerlo automáticamente por su peso social. Por eso más que nunca es esencial el trabajo de la estrategia.

La importancia de la discusión de estrategia es central para poner las luchas cotidianas en función de construir una fuerza revolucionaria capaz de en los momentos críticos hacerse del poder, derrotar a los capitalistas y abrir un horizonte superior para la humanidad. Esto, obviamente, implica ir más allá de solamente participar en las elecciones, la rutina sindical, o las luchas parciales tal cual son.

Por eso si estamos discutiendo sobre las grandes estrategias del siglo XX y la vigencia de la estrategia bolchevique no es por hacer un ejercicio académico, sino para que las y los compañeros que son parte de la Red de precarios y comienzan a organizarse con nosotros en el movimiento obrero no piensen solo en sus empresas y sus secciones sindicales; para que las y los estudiantes no piensen solo en como intervenir en las universidades o en las asambleas de facultad; para que las y los compañeros que intervienen en los movimientos no piensen solo en las actividades del barrio o las manifestaciones, etc. Debatimos sobre estrategia para que piensen cada uno en sus trabajos como instrumentos tácticos para nuestros objetivos, para dominar el arte de vencer. Para eso es útil la estrategia. No solo para luchar, no solo para resistir, no solo para organizarse sino, sobre todo, para proponernos vencer.

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NOTAS AL PIE

[1Emilio Albamonte y Matías Maiello, Estrategia socialista y arte militar, Ediciones IPS, 2017

[2Erik Olin Wright, Cómo ser anticapitalista en el siglo XXI, Akal, 2020.

[3Matías Maiello, “Desgaste o lucha, dos estrategias enfrentadas”, Ideas de Izquierda, 23/04/2018.

[4Emmanuel Barot, “#1917. Repensar el doble poder para reconquistar el poder”, Ideas de Izquierda, 10/11/2017.

[5En nuestros semanarios Contrapunto e Ideas de Izquierda Semanario publicamos oportunamente un dossier con algunos de los más recientes artículos en torno a estas polémicas.

[6Matías Maiello, “El retorno de Kautsky después de vivir un siglo… de imperialismo”, Ideas de Izquierda, 19/05/2019.

[7Para una visión en profundidad de las características de estos procesos y el debate revuelta y revolución, ver Matías Maiello, “Revuelta y revolución en el siglo XXI”, Ideas de Izquierda, 3/11/2019 y “La ilusión de la revolución a través de la revuelta”, Ideas de Izquierda, 17/11/2019.
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Diego Lotito

@diegolotito
Nació en la provincia del Neuquén, Argentina, en 1978. Es periodista y editor de la sección política en Izquierda Diario. Coautor de Cien años de historia obrera en Argentina (1870-1969). Actualmente reside en Madrid y milita en la Corriente Revolucionaria de Trabajadores y Trabajadoras (CRT) del Estado Español.
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