SUPLEMENTO

Lenin como tipo nacional

León Trotsky

Lenin como tipo nacional

León Trotsky

A propósito del aniversario del fallecimiento de Lenin, dirigente del Partido Bolchevique y la revolución rusa de 1917 del que se cumplieron 97 años el pasado 21 de enero, compartimos con lxs lectorxs de IdZ el discurso que León Trotsky pronunció en ocasión de su cincuentenario, que apareció en el periódico Pravda en el 23 de abril de 1920. El mismo forma parte de la compilación publicada por el Centro de Ediciones y Publicaciones (CEIP) León Trotsky, publicado en 2009.

El internacionalismo de Lenin no necesita ser demostrado. Se manifiesta admirablemente en la intransigente ruptura, en los primeros días de la guerra mundial, con aquella falsificación del internacionalismo que dominaba la II Internacional. Los jefes oficiales del “socialismo”, desde la tribuna parlamentaria, con argumentos abstractos inspirados por el espíritu de los viejos cosmopolitas, conciliaban los intereses de la patria con los intereses de la humanidad. En la práctica todo esto condujo, como sabemos, a sostener una patria de rapiña utilizando para esto las fuerzas del proletariado.

El internacionalismo de Lenin, lejos de ser una conciliación puramente verbal entre el espíritu nacional y el internacional, es una fórmula de acción revolucionaria extendida a todos los pueblos. El territorio mundial habitado por lo que se llama humanidad civilizada es considerado como un inmenso y único campo de batalla en el que maniobran los pueblos y las clases. Ninguna cuestión de importancia puede encerrarse en un marco nacional. Hilos visibles e invisibles establecen un lazo eficaz entre un hecho que puede parecer nacional y decenas de otros hechos que se producen en todos los puntos del globo. En su apreciación de los factores y de las fuerzas internacionales Lenin estaba más exento que cualquiera de toda parcialidad nacional.

Marx estimaba que los filósofos habían interpretado el mundo; para él el problema consistía en transformarlo. Pero él, el genial precursor, no vivió lo suficiente para asistir a esta transformación. La transformación del viejo mundo se halla en pleno desarrollo y Lenin es su primer obrero. Su internacionalismo es una apreciación práctica de los acontecimientos históricos y una intervención en su curso a escala internacional y para un propósito mundial. Rusia y su destino son solamente un elemento de esta grandioso proceso histórico de cuyo éxito depende la suerte de la humanidad.

No, el internacionalismo de Lenin no necesita ser demostrado. Y sin embargo, el propio Lenin es profundamente nacional. Tiene sus raíces en la nueva historia rusa, concentra esta historia en sí mismo, le da su más honda expresión, y precisamente por esto, alcanza el nivel de una acción y una influencia internacionales.

A primera vista, la atribución a Lenin de un carácter “nacional” puede sorprender; pero, en realidad, es evidente. Para dirigir una revolución sin precedentes en la historia de los pueblos, como la que se produce en Rusia, es evidentemente necesario hallarse en una conexión orgánica indisoluble entre el jefe y las fuerzas profundas de la vida popular, conexión que brota de los orígenes más profundos.

Lenin encarna el proletariado ruso, una clase joven, que políticamente tiene apenas la edad de Lenin y es, además, una clase profundamente nacional, porque en ella se resume todo el desarrollo pasado de Rusia y contiene todo el futuro del país, porque en ella vive y se transforma la nación rusa. Sin rutina ni ejemplo que seguir, libre de falsedad y de compromiso, pero firme en el pensamiento e intrépido para actuar, con una audacia que nunca se vuelve temeraria; así es el proletariado ruso y así es Lenin.

La naturaleza del proletariado ruso, que actualmente se ha convertido en la fuerza más importante de la revolución internacional, es el fruto de toda la historia nacional de Rusia: la crueldad bárbara de la autocracia, la insignificancia de las clases privilegiadas, el desarrollo febril del capitalismo activado por influencia de la gran banca mundial, la decadencia de la burguesía rusa y de su ideología, y la mediocridad de su política. Nuestro “tercer Estado” no tuvo y no podía tener su Reforma ni su Gran Revolución. Por eso la tarea revolucionaria del pueblo ruso era más vasta, más universal. Nuestro pasado no nos ha legado ni a un Lutero, ni un Tomás Münzer, ni un Mirabeau, ni un Dantón, ni un Robespierre. Es por eso, precisamente, que el proletariado ruso tiene a su Lenin. Lo que faltaba en tradición se ganó en energía revolucionaria.

Lenin refleja en sí la clase obrera rusa, no sólo en su presente proletario, sino también en su pasado campesino todavía muy reciente. Este hombre, el más indiscutible de los jefes del proletariado, no solamente tiene el aspecto externo del mujik, sino que también posee su fuerte naturaleza interior.

Ante el Smolny se eleva la estatua del otro héroe del proletariado mundial, Marx, sobre un pedestal, vistiendo una levita negra. Esto es sólo un detalle, por supuesto: pero es absolutamente imposible imaginarse a Lenin vistiendo una levita negra. En algunos retratos, Marx aparece con una amplia pechera sobre la que pende una suerte de monóculo. Que Marx no era hombre inclinado a la coquetería es cosa clara para quien lo conocía un poco. Pero Marx creció sobre una base distinta de cultura nacional, respiró en una atmósfera diferente, como sucede a todas las personalidades destacadas de la clase obrera alemana, cuyos orígenes no se remontan a las aldeas, al campesinado, sino al artesanado, los gremios y a la complicada cultura de la ciudad medieval.

El estilo de Marx, rico y flexible, y en el que se combinan la fuerza y la delicadeza, la cólera y la ironía, la austeridad y el refinamiento, denota también el sustrato ético y literario de toda la antigua literatura socialista alemana desde la Reforma y aun antes. El estilo literario y oratorio de Lenin es extremadamente sencillo, utilitario, ascético, como toda su manera de ser. Pero en este poderoso ascetismo no hay ni sombra de un prejuicio moralista. Esto no es un principio, no es un sistema preconcebido, y naturalmente no es una pose: sencillamente es la expresión de la concentración interna de las fuerzas destinadas a la acción. Es el espíritu práctico, es la economía interior del mujik –pero en un plano más grandioso.

Marx entero está contenido en el Manifiesto Comunista, en el prólogo de su Crítica, en El Capital. Aun cuando no hubiese sido el fundador de la I Internacional, siempre hubiera sido lo que es. Lenin, en cambio, se dedica desde luego a la acción revolucionaria. Sus obras son simples ejercicios preparatorios de la acción. Aunque no hubiese publicado un solo libro hubiera aparecido en la historia como aparece hoy: como el jefe de la revolución proletaria, el fundador de la III Internacional.

Se necesitaba un sistema científico claro, una dialéctica materialista, para la acción desarrollada en el plano histórico sobre la que tenía que trabajar Lenin; ello era necesario, pero no suficiente, hacía falta aquel poder creador misterioso que se llama intuición: la capacidad de apreciar los acontecimientos con una rapidez inaudita, de distinguir lo esencial y lo importante de lo insignificante y superfluo, completar con la imaginación las espacios vacíos del tablero, medir bien los pensamientos de los demás y sobre todo prever hasta el final los del enemigo; la capacidad de unir todos estos elementos, y en el momento en que la “fórmula” se concreta en su pensamiento, dar el golpe decisivo y alcanzar el objetivo. Esta es la intuición de la acción. Es la capacidad práctica de un espíritu inventivo.

Cuando Lenin, haciendo un guiño con el ojo izquierdo, escucha la lectura de un despacho por radio de un discurso parlamentario de un jefe del imperialismo o una nota diplomática de interés inmediato –documento en el que se encuentra la perfidia sanguinaria combinada con la hipocresía más exquisita–, parece un mujik de temple orgulloso, que no se deja engañar por los discursos grandilocuentes. Es entonces el mujik inventivo y hábil, que llega a los límites de la genialidad muñido de las armas más perfeccionadas de la ciencia.

El joven proletariado ruso no podrá cumplir esta tarea actual más que arrastrando tras de sí a la masa del campesinado, como se arranca un pedazo de tierra junto a sus raíces. Todo nuestro pasado nacional ha preparado este hecho. Pero precisamente porque la historia ha llevado al proletariado al poder, nuestra revolución ha superado radicalmente el limitado espíritu nacional, el espíritu provinciano tan limitado de la antigua historia de Rusia. La Rusia soviética se convierte no sólo en el refugio de la Internacional Comunista, sino también en la viva expresión de su programa y de sus métodos.

Por caminos desconocidos, no explicados aún por la ciencia, a través de los que se modela la personalidad del hombre, Lenin tomó de su medio nacional todo lo que necesitó para realizar la mayor acción revolucionaria en la historia universal. Es precisamente por esto que, la revolución socialista que poseía desde hace tiempo su expresión teórica internacional, encontró su primera encarnación nacional a través de Lenin. Lenin se transformó así, en el sentido más directo, más inmediato, en el conductor revolucionario del proletariado mundial. Esto es lo que yo puedo decir de él, esto es lo que uno reconoce en él en el día de su cumpleaños.

Te puede interesar:

Lenin (Compilación) de León Trotsky. Ediciones IPS, 2009. Compilado por Gabriela Liszt. Disponible online aquí

Obras selectas de V. I. Lenin. Ediciones IPS, 2013. Compilado por Cecilia Feijoo y Demian Paredes. Podés conseguirlo en Ediciones IPS aquí

El Estado y la Revolución de V. I. Lenin. Ediciones IPS, 2019. Con prólogo de Christian Castillo. Podés conseguirlo en Ediciones IPS aquí

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