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Red Internacional

Medios y fines. Un debate sobre la posición de la izquierda frente a la estrategia y los métodos de Hamas

Apelando una vez más al método del castigo colectivo, el Estado Israel desarrolla una ofensiva militar contra la Franja de Gaza y prepara una invasión terrestre a gran escala. En una andanada de crímenes de guerra, después de dos semanas de bombardeos constantes a la población civil ha asesinado a más de 5000 palestinos. Ahora bien, esto no quita la necesaria discusión, desde la izquierda revolucionaria, sobre el programa, la estrategia, los métodos del Hamas.

Martes 24 de octubre de 2023 | Edición del día

Apelando una vez más al método del castigo colectivo, el Estado Israel desarrolla una ofensiva militar contra la Franja de Gaza y prepara una invasión terrestre a gran escala. En una andanada de crímenes de guerra, después dos semanas de bombeos constantes a la población civil ha asesinado a más de 5000 palestinos, entre ellos más de 2000 niños. Cientos de miles han sido desplazados. La cárcel a cielo abierto que es Gaza ahora no cuenta siquiera con electricidad, agua o gas. Esta masacre masiva, sin embargo, no le mueve un pelo a los gobiernos imperialistas y a los medios hegemónicos de comunicación internacionales que, hipócritamente, condenan la violencia de Hamas desde un supuesto humanitarismo. Ahora bien, esto no quita la necesaria discusión, desde la izquierda revolucionaria, sobre el programa, la estrategia, los métodos del Hamas.

En un reciente artículo de Prensa Obrera, Pablo Heller critica al PTS por plantear que no compartimos ni los métodos de Hamas, ni su programa, ni su estrategia. Según el PO, “No basta con condenar a Israel como responsable del baño de sangre. Tampoco es suficiente declarar el apoyo a la causa palestina mientras se ponen peros… para reivindicar la acción de Hamas, al cual se le echa flit pretendiendo escudarse en diferencias irreconciliables”. Para rematar, agrega que la independencia de clase a la que apela el PTS sería una “proclama de abstención en la lucha de clases y en las guerras internacionales”. El artículo se titula “¿Cuál debe ser la posición de la izquierda frente a la estrategia y los métodos de Hamas?”, en la respuesta que ensaya Heller no queda claro a qué tipo de “izquierda” refiere pero es seguro que a una izquierda trotskista no.

De abstencionismos e incongruencias

Desde que Myriam Bregman defendió ante una audiencia de millones en el debate presidencial el derecho del pueblo palestino a enfrentar la opresión colonial y el régimen de apartheid impuesto por el Estado de Israel, ella ha estado en el centro de los ataques contra los referentes del FITU impulsados por los grandes medios de comunicación a los que le siguieron todo tipo de amenazas, muchas de ellas provenientes de los mismos sectores de derecha que acá reivindican la dictadura genocida. Posteriormente Nicolás Del Caño hizo lo propio en su intervención en el Congreso Nacional.

Heller arremete contra el discurso de Del Caño en el Congreso por delimitarse de los métodos, el programa y la estrategia del Hamas, y sostiene que “La independencia de clase es utilizada como pretexto para no comprometerse con la resistencia de carne y hueso tal cual se está dando. Afirmar que ‘apoyamos al pueblo palestino’ se vuelve una abstracción porque la lucha del pueblo palestino hoy se canaliza en buena medida por las acciones de Hamas”.

Es extraño que, dicho esto, Heller no haga alusión a las referencias de Romina del Pla al respecto en aquella misma sesión del Congreso, donde señaló que: “No compartimos la orientación política del Hamas que es una organización clerical y teocrática que además apoya a Erdogan y tiene vínculos con el régimen Iraní. Pero está claro que a Hamas también lo han apoyado los sionistas cuando les venía bien para sacar a la OLP cuando actuaba con criterios laicistas”. Es también llamativo que omita que en el programa de cierre de la campaña electoral en TN, canal que es vanguardia en la apología del Estado de Israel, fueron Bregman y Del Caño quienes denunciaron los ataques contra la izquierda y reivindicaron el apoyo al pueblo palestino, mientras que la candidata del PO, que participó posteriormente en dicho programa, no hizo ninguna mención al respecto.

Más allá de estas inconsistencias con las que tendría que lidiar el propio PO, lo cierto es que la lógica del artículo de Heller –que ya ha expresado en la guerra del Líbano de 2006– parece consistir en que la crítica a la estrategia, el programa y los métodos de direcciones burguesas o pequeñoburguesas –en este caso islámica pero valdría lo mismo para las nacionalistas– y la apelación a la independencia de clases es equivalente al abstencionismo frente a la lucha real del pueblo palestino. Con este criterio Trotsky debería ser catalogado como uno de los mayores abstencionistas de la historia del marxismo. Pero vayamos por partes.

La adaptación a las direcciones burguesas y pequeñoburguesas

Como decía Carl Clausewitz, la guerra es la continuación de la política por otros medios, por medios violentos. A diferencia de los pacifistas, los marxistas revolucionarios distinguimos entre guerras justas e injustas. La guerra de un pueblo que se levanta contra la opresión colonial entra claramente en la categoría de las guerras justas. Por eso los revolucionarios nos ubicamos incondicionalmente en el campo de la resistencia y la lucha del pueblo palestino contra el Estado de Israel, independientemente de sus direcciones. Pero al mismo tiempo no le damos ningún apoyo político a conducciones burguesas teocráticas como la del Hamas, así como tampoco a las nacionalistas como la OLP.

Desde el punto de vista del marxismo revolucionario podemos distinguir dos tipos de “abstencionismo” frente a una guerra justa. Uno es el abstencionismo en la guerra misma por parte de quienes pretenden mantenerse equidistantes y no ubicarse claramente en el campo militar del pueblo oprimido. Esto equivale al abandono del antiimperialismo y, por ende, también de la revolución socialista. El otro es el abstencionismo de quienes, en el marco de la guerra, rehúyen a la disputa de programas, estrategias y métodos frente a las direcciones burguesas o pequeñoburguesas que dirigen circunstancialmente el bando oprimido relegando así los intereses estratégicos de la clase obrera y la revolución social, tanto a escala nacional como internacional. La posición del PO se acerca peligrosamente a este último.

Trotsky, mal que le pese al PO, elaboró toda una teoría-programa sobre esto, la teoría de la revolución permanente, que vino a superar fórmulas de la Internacional Comunista en sus orígenes como la del “frente único antiimperialista” que dejaba abierta la posibilidad de alianzas con las burguesías nacionales de los países coloniales y semicoloniales. No era un capricho de Trotsky, sino una constatación histórica de que estas burguesías eran incapaces de llevar consecuentemente la lucha contra el imperialismo para conquistar “íntegra y efectivamente” las demandas democráticas como ser la liberación nacional.

De ahí que esta distinción entre una ubicación en el campo militar del pueblo oprimido deba ir de la mano de aquello que para Heller es un “pretexto”, a saber: la independencia política y el rechazo a cualquiera apoyo político a direcciones burguesas, pequeñoburguesas o burocráticas. Por ejemplo frente a la invasión japonesa en China en 1937, Trotsky lo planteaba del siguiente modo: “Al participar en la legítima y progresista guerra, contra la invasión japonesa, las organizaciones obreras deben mantener su total independencia política del gobierno [nacionalista burgués] de Chiang Kai-shek”. No es muy difícil ver el contraste entre este tipo de posiciones y las posturas del PO.

Una vez más el PO se pliega al tipo de política que tradicionalmente tuvo la corriente de Michel Pablo en la IV Internacional durante el siglo pasado: hacer seguidismo a las direcciones realmente existentes del movimiento de masas, aunque fueran burguesas, alinearse políticamente en un “campo” y dejar de lado la lucha por una política obrera revolucionaria. Así, por ejemplo, Michel Pablo se adaptó en su momento al Frente de Liberación Nacional en Argelia transformándose en consejero de su principal dirigente, Ben Bella, e integrando su gobierno.

En esta línea, el PO impugna “lo que el PTS denomina independencia de clase” como abstencionismo y sostiene: “En oposición a esta orientación, apoyamos a muerte la lucha armada de Hezbollah y Hamas, y todas las organizaciones de la resistencia palestina y de Medio Oriente contra el agresor sionista…”. ¡Ojo! pero Heller nos aclarar a renglón seguido: “…con nuestra política, o sea interviniendo para que sirva a la revolución socialista internacional”. Un saludo a la bandera que no se sabe qué significa en el escenario concreto frente al programa, la estrategia y los métodos del Hamas. Pero vayamos más a fondo en esta discusión.

Medios y fines

El PO nos dice que no es suficiente declarar el apoyo a la causa palestina “mientras se ponen peros… para reivindicar la acción de Hamas”. Hay que apoyar la acción del Hamas y dejar de hacer tanto problema por los métodos porque: “Es lícito por parte de los oprimidos –y esto vale también en la lucha palestina planteada– apelar a todos los medios a su alcance”. Es decir, una especie de revival de la vieja máxima de que “el fin justifica los medios”. Luego Heller vuelve sobre sus pasos y dice que: “El disparo a quemarropa a civiles en una fiesta es nocivo respecto a la causa palestina al alejar la opinión de los trabajadores que es necesario conquistar”. Le agradecemos por la aclaración, sin embargo, la misma no salva lo esencial de su planteo: la indiferencia casi total por la interrelación entre fines y medios.

Aquel apotegma del “fin justifica los medios” en su momento era achacado al bolchevismo por sus detractores y Trotsky se encargó de criticarlo en Su moral y la nuestra. En primer lugar, sostenía, con razón, que el medio sólo puede ser justificado por el fin pero éste, a su vez, debe ser justificado. El fin (el programa) del Hamas de poner en pie un estado teocrático al estilo iraní –que en el propio Irán se constituyó en base a la liquidación de la vanguardia de la revolución de 1979, de los shoras (consejos) y de la lucha del pueblo kurdo– para cualquiera que se precie de marxista revolucionario no está justificado históricamente. Por más que a Heller le moleste que lo digamos es un programa reaccionario.

Ahora bien, desde el punto de vista del marxismo, que expresa los intereses históricos del proletariado, el fin está justificado si conduce realmente a la liberación de la humanidad. Este fin sólo puede alcanzarse por caminos revolucionarios. Entonces ¿eso significa que para los fines de la lucha de clases contra el capitalismo y contra imperialismo todos los medios están permitidos? La respuesta de Trotsky es no.

“Sólo son admisibles y obligatorios los medios que acrecientan la cohesión revolucionaria del proletariado, inflaman su alma con un odio implacable por la opresión, le enseñan a despreciar la moral oficial y a sus súbditos demócratas, le impregnan con la conciencia de su misión histórica, aumentan su bravura y su abnegación en la lucha. Precisamente de eso se desprende que no todos los medios son permitidos”. Así es que rechaza “todos los procedimientos y métodos indignos que alzan a una parte de la clase obrera contra las otras; o que intentan hacer la dicha de las demás sin su propio concurso; o que reducen la confianza de las masas en ellas mismas y en su organización, sustituyendo tal cosa por la adoración de los ‘jefes’”. Y, por encima de todo, condena “el servilismo para con la burguesía y la altanería para con los trabajadores” (Trotsky, Su moral y la nuestra).

Claro que estos criterios generales no nos dicen qué es admisible o qué no en una situación concreta. Estos problemas se entrelazan con los de la estrategia y la táctica revolucionaria. En el caso que nos ocupa, nuestras diferencias con el Hamas comprenden tanto el fin como los medios. Empezando por el hecho de que a pesar de haber llegado al gobierno de Gaza por un proceso electoral y tener claramente una amplia base popular, rechazamos los métodos autoritarios con los que gobierna Gaza reprimiendo sistemáticamente las movilizaciones que escapan a su control (sean contra la corrupción, la desigualdad, el reparto clientelar de ayuda humanitaria hasta huelgas de trabajadores locales). Como dirección política, mientras que se opone a la ocupación sionista, pretende subordinar los trabajadores palestinos a las burguesías musulmanas locales y de la región.

Puntualmente sobre la acción del 7 de octubre, una parte de la misma fue dirigida contra objetivos militares como puestos de control, posiciones de las Fuerzas de Defensa Israelí, cuarteles, captura de militares israelíes, etc. pero toda otra parte de la operación no, lo que implicó la muerte de cientos de jóvenes que estaban en una fiesta, familias que vivían en kibutz y otras tantas que no tenían ninguna función militar. Es cierto que, como es regla en toda guerra, la información, qué se muestra y se dice y qué no, es parte de la batalla. Así, todo el aparato mediático hegemónico internacional ha bombardeado con fake news desde el inicio del conflicto. Entre las más difundidas, están los videos de niños enjaulados o la noticia de bebés decapitados. En esta guerra de información se ha llegado incluso a negar la responsabilidad del Estado de Israel por el bombardeo del hospital Al-Ahli Arabi en cuyo ataque murieron unas 500 personas que, lejos de ser un hecho aislado es parte de los 115 ataques hacia infraestructuras sanitarias realizadas por Netanyahu desde el inicio del conflicto.

Sobre el ataque a uno de los Kibutz, el de Beeri, ha circulado una entrevista –luego censurada– a una de las sobrevivientes israelíes que declara que las numerosas muertes civiles que habían sido tomados como rehenes no fueron producto de ejecuciones como afirma la prensa internacional sino del fuego cruzado y que las fuerzas israelíes dispararon indiscriminadamente matando tanto los miembros del Hamas como a los propios rehenes israelíes. Por su parte, según las declaraciones de Saleh Al-Arouri de la dirección del Hamas, las instrucciones de sus tropas eran no matar civiles pero otros sectores utilizaron la caída de la defensa israelí para hacerlo. Sin embargo, la cuestión de fondo es cuál sería la supuesta justificación desde el punto de vista de causa palestina de acciones como, por ejemplo, el ataque a un festival de música como el que se realizaba en las cercanías de Reim. Ninguna. Al contrario la perjudica ampliamente, por eso es fundamental la delimitación de estos métodos que no tienen nada que ver con los del proletariado.

Ahora bien, Heller se apresura a justificar advirtiendo que hay que hacer un abordaje concreto de lo ocurrido. Sin embargo, es justamente lo que no hace. Nos recuerda que la toma de rehenes es un método usual que ha ocurrido históricamente en luchas revolucionarias nombrando entre otras a la Comuna de París y la Revolución rusa. Pero qué tiene qué ver la toma como rehenes del arzobispo de París, los curas y los gendarmes durante la Comuna con la toma de rehenes en un festival de música donde una parte significativa de los participantes eran jóvenes pacifistas que no eran enemigos de la causa palestina. Nada que ver.

Esto quedó reflejado en los propios funerales de los jóvenes muertos allí, donde varias de sus familias salieron a reclamarle a Netanyahu que no utilice su dolor para justificar la masacre del pueblo palestino. La hermana de uno de ellos decía: “No tengo ninguna duda de que incluso frente a la gente de Hamás que lo asesinó... él seguiría hablando en contra del asesinato y la violencia de personas inocentes”. Es esencial separarse de estos métodos que lo que hacen es contribuir a alejar a quienes simpatizan con la causa palestina y a la fasistización de la población israelí a la que apuesta Netanyahu que venía siendo masivamente cuestionado en el propio Estado de Israel.

La estrategia y el programa del marxismo revolucionario

El Estado de Israel es un Estado colonial cuya existencia, como demuestra, entre otros, Ilan Pappé se basa en la expulsión de la población árabe con métodos de limpieza étnica, los cuales la actual ofensiva de las FDI se propone redoblar provocando una nueva Nakba para el pueblo palestino. Pero la liberación de palestina no llegará de la mano de las direcciones burguesas confesionales como el Hamas, ni de las nacionalistas como la OLP. Por eso la ubicación en el campo de la resistencia palestina, mal que le pese al PO, para nosotros va de la mano de la lucha denodada de programas, estrategias y métodos con ellas.

El “pablismo” del que ahora hace gala el PO siempre consistió en aconsejar a direcciones cualquiera por el hecho de tener la conducción del “campo” progresivo. En nuestro caso, estamos decididamente por el triunfo de la lucha del pueblo palestino más allá de cuál sea su dirección actual. Se trataría una victoria táctica muy importante. Pero también somos conscientes de que un triunfo político bajo la dirección burguesa del Hamas implicaría la instauración de un Estado teocrático. Nosotros luchamos por la realización integra y efectiva del derecho a la autodeterminación nacional del pueblo palestino y por la única salida estratégica verdaderamente progresiva que es una Palestina obrera y socialista. Solo un Estado que tenga como objetivo terminar con toda opresión y explotación podrá garantizar la convivencia democrática y pacífica entre árabes y judíos, como primer paso hacia una federación socialista en el Medio Oriente.

Bajo estos fines nos diferenciamos de los métodos del Hamas porque apostamos a la confluencia de los gazaties con los miles que se vienen movilizando desde principio de año en Cisjodania contra la ocupación israelí y contra la Autoridad Palestina, con los trabajadores árabes de Israel y con los trabajadores israelíes que rompan con el sionismo. Apostamos a que esta unidad sea con los métodos de la clase trabajadora como la huelga general combinada con la intifada y el desarrollo de organismos de autodefensa que sean capaces de unir a todos aquellos sectores. No ocultamos nuestro programa y nuestra estrategia como pretende el PO. Estamos convencidos que hay que pelear por esta perspectiva.

La teoría del PO sería que la crítica a las direcciones realmente existentes del movimiento de masas, en el marco de un enfrentamiento, implica hacerle el juego al enemigo. En un pasaje del artículo de Heller lleva esta teoría al ridículo para decir, con esta misma lógica, que nuestro apoyo incondicional al movimiento piquetero en su lucha tendría que ir acompañado del silencio sobre nuestras críticas a sus direcciones (como es de público conocimiento, desde el PTS, nos opusimos a que la izquierda que se reivindica revolucionaria organice colaterales para gestionar la administración de los planes sociales del Estado, cuestión que hemos debatido recientemente aquí). Si a esto le sumamos el nuevo proyecto del PO de un “movimiento popular con banderas socialistas” con el que parece abdicar de la construcción de un partido de trabajadores revolucionario internacionalista, pareciera que todo apunta hacia el mismo lado. Bueno, esto no es trotskismo, tal vez puede ser catalogado de “izquierda” pero sería una izquierda populista con la que, por lo menos nosotros, no tenemos nada que ver.

Tenemos que desarrollar la más amplia movilización nacional e internacional en apoyo al pueblo palestino por el fin de los bombardeos y la intervención militar israelí. Redoblar nuestros esfuerzos en este sentido es y debe ser el marco del debate.

Adenda sobre Política Obrera: un “pablismo” con 40 grados de fiebre

Política Obrera de Altamira también ha salido a criticar al PTS y a la FT-CI, organización internacional de la que forma parte, desde el mismo ángulo que el Partido Obrero solo que radicalizando la posición hasta llevarla al absurdo. Para Política Obrera: “En cuanto a las personas asesinadas que no tenían ‘ninguna función militar’, [la FT] oculta -como lo hace también toda la prensa sionista y prosionista- que la separación entre personas con o sin ‘funciones militares’ no es clara de ningún modo al interior del estado sionista, con centenares de miles de reservistas y de civiles armados, incluidos sus ‘kibutzim’”. La FT se habría convertido en una ONG reproductora de la propaganda imperialista por rechazar esta especie de “solución final” que sugiere en su artículo Marcelo Ramal y osar criticar los métodos del Hamas.

En realidad Política Obrera es quien se ubica por fuera del trotskismo. Un paralelo histórico con la política que se desprende del artículo de Ramal podría ser la consigna de la resistencia francesa que levantó el Partido Comunista stalinista durante la ocupación nazi, “À chacun son boche” –que sería “a cada uno su alemán”, en un sentido despectivo–. Un llamado a que cada uno mate a un soldado alemán. Así el PCF alentaba los métodos pequeñoburgueses de asesinatos individuales indiscriminados a alemanes, atentados, etc. Esta política violentamente nacionalista era fruto del acuerdo con De Gaulle a quien consideraba parte del frente nacional por la independencia de Francia.

Los trotskistas, en aquel entonces, se opusieron totalmente a esta política nacionalista contra los soldados del ejército nazi. Contra ella plantearon que “el desarrollo del movimiento popular de hostilidad al hitlerismo en una dirección proletaria y anticapitalista es la condición necesaria para la confraternización con los soldados y los obreros de Alemania. El partido no olvida que sin la colaboración de los obreros y soldados alemanes, ninguna revolución sería posible en Europa. De este modo, la confraternización sigue siendo una de nuestras tareas esenciales”. Y agregaban que: “Cualquier acto que amplíe la brecha entre los obreros alemanes y europeos es directamente contrarrevolucionario”.

No es muy difícil ver el contraste con la política propuesta por Política Obrera. Por otro lado, en un pico de fiebre, Ramal alucina que el objetivo de la FT es conquistar un “estado obrero israelí”. Según Política Obrera: “La FT des caracteriza por completo la situación concreta. Porque los obreros de Israel no son internacionalistas, son sionistas. No es la acción de Hamas lo que los distancia de la lucha nacional palestina –es su sionismo, o sea el nacionalismo del estado opresor”. La conclusión sería que “La FT propugna una colaboración de clases con el sionismo bajo el disfraz de la clase obrera de Israel, o sea sionista”.

La clase trabajadora de Israel fue y es mayoritariamente sionista, constituyó históricamente un factor fundamental en la colonización y el régimen de apartheid. De hecho ya en los años 30 del siglo pasado la Histadrut (central obrera sionista) expulsó a los militantes comunistas que pretendían sindicatos comunes con los árabes. La Histadrut impulsó históricamente la sustitución de los trabajadores árabes por trabajadores judíos y se caracterizó por una política racista y propatronal. La colaboración de clases con la burguesía en torno al sionismo es fuerte y tiene raíces profundas.

Ahora bien, a diferencia de Política Obrera, no somos idealistas de la clase obrera en general. La colaboración de clases en torno al sionismo es un caso extremo de fenómenos que han atravesado a la clase obrera en su historia y de los cuales está repleta la época imperialista, empezando por la clase obrera alemana con sus poderosos sindicatos y la socialdemocracia apoyando la guerra imperialista en 1914, como así también la mayoría de los partidos de la Segunda Internacional.

Pero hay un caso bastante gráfico con el que podríamos comparar la cuestión del sionismo de los trabajadores israelíes, el profundo racismo de los obreros norteamericanos al cual se enfrentó de cerca Trotsky en su tiempo. ¿Cómo respondía Trotsky a este problema? Sostenía que: “El 99,9 % de los trabajadores americanos son chauvinistas, en relación con los negros son los verdugos y lo son también con los chinos. Es necesario enseñar a estas bestias americanas. Hay que hacerles entender que el Estado americano no es su Estado y que no tienen que ser los guardianes de este Estado”. De esta forma se proponía convencer a los trabajadores racistas que debían dejar “hasta la última gota de sangre” en el combate por garantizar al pueblo negro derechos democráticos plenos.

Es decir, Trotsky no se resignaba a dar por perdida a la clase obrera blanca norteamericana sin por eso tener necesidad de embellecerla. Algo similar podríamos decir de la clase obrera judía en el Estado de Israel. Pelear por su ruptura con el sionismo, con lo profundo que este ha calado y lo difícil que puede llegar a ser que la clase obrera lo supere y se una a los trabajadores árabes israelíes, a los palestinos de Cisjordania y de la Franja de Gaza, no es ningún “disfraz” para cederle al sionismo. Se llama trotskismo, pero en su “pablismo” afiebrado para alinearse con las direcciones “realmente existentes” parece que Política Obrera se lo ha olvidado.


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