SUPLEMENTO

Por una reorganización de fuerzas para construir una izquierda anticapitalista en Venezuela

Ángel Arias

Por una reorganización de fuerzas para construir una izquierda anticapitalista en Venezuela

Ángel Arias

En Venezuela atravesamos una de las crisis más profundas del país, la más drástica en toda su historia como nación petrolera. Todas las discusiones y planes que ofrecen las distintas alas del capital nacional e internacional implican una perspectiva de duro retroceso hacia una condición cada vez más semicolonial, con todas las consecuencias que eso implica para el país y, en particular, para su clase obrera, los sectores populares, las mujeres y la juventud.

Una crisis que se da bajo la profunda degeneración (y descomposición) de un régimen político que se presentó como una “revolución” y como “socialista”, con lo que a ojos de grandes franjas de las mayorías explotadas, empobrecidas y la juventud, la catástrofe actual queda asociada a esas ideas. Las fuerzas de la derecha nacional y mundial aprovechan para su furiosa propaganda antisocialista cuyo objetivo es, en última instancia, remachar en las conciencias de las masas –incluso aquellas que cifraron sus esperanzas en lo que se dio en llamar “socialismo del siglo XXI”– que “no hay” otra alternativa deseable diferente al capitalismo. Está en curso el intento de construir una nueva hegemonía ideológica que afiance en amplios sectores del propio pueblo explotado y empobrecido que “no queda otra opción” más que aceptar los nuevos sufrimientos que nos ofrece el capitalismo. Esto correría más a derecha la correlación de fuerzas y sería base para políticas más regresivas y golpear duramente a los sectores que resistan y peleen.

A su vez, el contexto internacional es la profundización de la crisis de la economía mundial, las rivalidades interestatales y renovados aires de la lucha de clases, donde América Latina ha comenzado a ocupar un lugar, como lo vimos previo a la pandemia con el levantamiento popular en Ecuador, la rebelión chilena y el despertar de movilizaciones en Colombia que, luego de una pausa por la pandemia, volvió convertido en la rebelión que vemos aún en curso. A nivel mundial, la crisis capitalista, profundizada por la pandemia, augura más ataques sobre las condiciones de vida de las masas trabajadoras a nivel mundial, y Venezuela, donde partimos ya de una catástrofe económica y social previa, no es la excepción.

El proceso de liberalización y entreguismo en curso, con privatizaciones, despojos de campesinos, tarifazos, la Ley “Antibloqueo” y la de “Zonas Económicas Especiales”, la consolidación de la miseria salarial y las condiciones de superexplotación –reivindicadas incluso abiertamente–, son apenas muestras de esto.

Todo este cuadro exige a la clase trabajadora y el pueblo venezolano tener muchas fuerzas para pelear, pero no solo en clave sindicalista o reivindicativista sino que será mucho más necesaria una referencia política propia de los trabajadores, anticapitalista, capaz de contrarrestar en las ideas y en la acción, las prédicas y políticas antiobreras y antipopulares que se muestran como “solución” al desastre actual. Una referencia política que también deberá ser internacionalista, capaz de dar una perspectiva internacional, para ligar a la clase obrera venezolana con la dinámica de las luchas que nuestra clase libra y librará en otros países, donde no viven el profundo retroceso que hoy atravesamos aquí.

Hoy las fuerzas para pelear hay que forjarlas y tal referencia política anticapitalista e internacionalista de los trabajadores no existe. Es una necesidad imperiosa buscar las vías para avanzar en una reorganización y reagrupamiento de fuerzas para construir esa referencia. Una tarea que corresponde, por supuesto, en primer lugar a las diferentes corrientes que nos reivindicamos por la revolución obrera y socialista, pero con la mirada puesta en ganar para este reagrupamiento de fuerzas a aquellos sectores del movimiento obrero, la juventud y las mujeres en lucha que resisten los elementos de desmoralización y las campañas antisocialistas de toda la maquinaria ideológica burguesa, aquellos que comprendan que la única salida de fondo progresiva a la catástrofe nacional, es una perspectiva que apunte a una verdadera revolución social, que lleve a un gobierno propio de los trabajadores, trabajadoras y el conjunto del pueblo pobre.

Es una discusión que debería darse también, por supuesto, con aquellos militantes de la izquierda chavista, hoy crítica, que genuinamente quieren luchar por una revolución social y estén abiertos a revisar críticamente y superar por izquierda la experiencia del chavismo.

Es en función de estos objetivos que desde la Liga de Trabajadores por el Socialismo (LTS) hacemos este llamado, con el propósito de iniciar intercambios con las diferentes organizaciones y sectores que acuerden con esta perspectiva.

Algunos elementos de caracterización: lo que está en juego

Sin pretensiones de agotar aquí la caracterización de la situación nacional sobre la que actuamos, queremos señalar algunos elementos que nos parecen importantes tener en cuenta para esta discusión.

La profundidad de la crisis es tal que coloca a Venezuela en una circunstancia histórica en que la superación en clave capitalista de la catástrofe actual, en que caso de darse, implicará afectar seriamente su ya entredicho estatus de “nación independiente”, al convertir tal independencia cada vez más en una formalidad, pues se verá ante una profundización de la extranjerización de su economía, del saqueo de recursos, de la subordinación a las necesidades del capital financiero internacional usurero; cuestiones presentes ya en la historia del capitalismo nacional, incluyendo por supuesto el período de Chávez, pero cuya profundización cualitativa avanza con las políticas actuales y el implícito consenso entreguista que hay en las fracciones de la clase dominante. Todo sobre la base de prolongar en el tiempo las actuales condiciones de superexplotación de su clase trabajadora y la miseria extendida de las masas.

Los verdaderos dueños del país serán cada vez más los capitales trasnacionales (bien sea de “occidente” –Estados Unidos, Europa– o los de “oriente” –China, Rusia–) y las fracciones de la burguesía nacional (tanto la tradicional como la surgida o fortalecida con el chavismo) que se acomoden subordinadamente en el esquema que se termine concretando. Nos podrán llamar cada tanto a votar a cada tanto, pero más aún que hoy las verdaderas decisiones sobre el país y nuestras vidas serán tomadas en las oficinas de los prestamistas extranjeros, de las trasnacionales, del FMI y el BM (si se impone el plan de EEUU), y de los banqueros y empresarios locales. La “soberanía nacional” y la “soberanía popular” serán más que nunca una farsa.

A esta reconfiguración reaccionaria del país apuntan las salidas burguesas que hay sobre la mesa, salidas reaccionarias que se convertirán en las únicas “alternativas” si no hay irrupción del pueblo trabajador con sus propias demandas y programa. Ha sido la ausencia de intervención de la clase trabajadora como sujeto propio en la crisis económica y política de todos estos años, lo que ha llevado a la situación en que todas las variantes en juego han sido de carácter reaccionario. La intervención política desde la izquierda revolucionaria debe apuntar a remontar esta cuestión estratégica, a impulsar la intervención de las trabajadoras y trabajadores con independencia de clase.

Maduro y las FF.AA. “a su manera” siguen enfrentados a las pretensiones más agresivas del imperialismo yanqui: a su manera es siendo los responsables de la ruina de las industrias públicas y operando un curso entreguista por su propia cuenta, con clara orientación privatizadora; a su manera es aprovechando las agresiones imperialistas para profundizar los golpes represivos contra el pueblo, lo cual es por otro lado funcional y complementario con diezmar más aún la capacidad de resistencia de la clase obrera y el pueblo pobre a los ataques actuales y por venir en cualquiera de los planes de “reconstrucción” (en palabras de la derecha) o “recuperación” (en el lenguaje del gobierno).

En última instancia, esta profundización del autoritarismo, del silenciamiento y bloqueo de la capacidad de lucha obrera y popular, es funcional al conjunto de los intereses capitalistas foráneos sobre el país, incluso de aquellos enfrentados hoy al régimen actual, pues diezmar las fuerzas obreras y populares es diezmar la única fuerza capaz de oponer una valla verdadera ante el capital imperialista, es facilitar el camino a quienes quieren repartirse Venezuela como se reparten los despojos de un botín de guerra.

Solo la irrupción de los trabajadores y trabajadoras con sus propias banderas y métodos de lucha puede hacer aparecer en la escena nacional una perspectiva diferente.

La situación de la clase obrera y la izquierda que lucha por la revolución socialista

La clase obrera venezolana se encuentra con sus fuerzas muy debilitadas, en otros países, por mucho menos de los golpes que hemos recibido aquí, los trabajadores han respondido con importantes jornadas de lucha y resistencia, con huelgas nacionales o paros generales. La capacidad de resistencia ha sido poca e impotente en comparación con la magnitud de los golpes recibidos, ningún gobierno en la historia nacional –ni siquiera la última dictadura militar con Pérez Jiménez– había logrado destruir tanto el salario y arrebatarle tantas conquistas a la clase trabajadora. La debilidad es tanto objetiva como subjetiva.

Además de los despidos, la emigración de cientos de miles de trabajadores, las renuncias ante las insoportables condiciones salariales y de vida, han venido a significar un factor clave de debilidad objetiva de las fuerzas de los trabajadores, afectando incluso a organizaciones sindicales, que han visto la diáspora no solo de trabajadores sino incluso de sus dirigentes. El cambio de muchos trabajadores y activistas de la condición de asalariados para dedicarse al cuentapropismo, al comercio minorista, como alternativa para la sobrevivencia, también ha disminuido las fuerzas objetivas de la clase. La represión, la persecución laboral, policial y militar extendida, los encarcelamientos de dirigentes sindicales, han sido otro factor clave para desarticular las organizaciones de lucha de los trabajadores.

La subjetividad ha sido golpeada también. Buena parte de los trabajadores que constituían la vanguardia de su clase en las luchas antipatronales y que adherían al chavismo, han visto cómo el proyecto al que apostaron ha llevado al país y al pueblo a una situación tan desastrosa. El que consideraron “su” gobierno se transformó cada vez más en el verdugo de los trabajadores. El régimen que con Chávez se asentó apelando a la constante movilización controlada de las masas trabajadoras, es hoy un régimen profundamente autoritario que infunde terror y miedo a los trabajadores con sus cuerpos represivos. Para muchos de estos dirigentes y trabajadores, se torna desmoralizante ver que el proyecto en que cifraron sus esperanzas se les ha vuelto totalmente en contra, incluyendo las organizaciones sindicales que conformaron, las cuales no son sino meros aparatos patronales, una burocracia sindical traidora que sirve al Estado en la aplicación de las políticas antiobreras. La manera desastrosa en que fracasó este proyecto, con pretensiones de nacionalismo burgués, es fundamental en la desmoralización de las masas que cifraron en él sus expectativas.

La inflación tan agresiva, convertida luego en hiperinflación, hizo su parte en diezmar la capacidad de resistencia de los trabajadores, al reducir drásticamente casi de la noche a la mañana sus condiciones de vida, mientras la capacidad de lucha y de respuesta ante la magnitud de fenómeno era prácticamente nula.

Más hacia el conjunto de la clase trabajadora, lastima fuerte la subjetividad la impotencia ante la situación, ver cómo se han recibido tantos golpes sin capacidad de pararle la mano al gobierno y a los empresarios. Nuestra clase ha hecho intentos por ponerse en pie –y los sigue haciendo–, pero hasta ahora no han rendido frutos significativos, ver que las luchas no arrojan resultados positivos, que no son capaces de frenar la brutal caída de las condiciones de vida, es un elemento que tiende a afectar la moral de combate.

Las burocracias sindicales opositoras ligadas a los partidos de la derecha han contribuido a esto. A pesar de que, por su ubicación política, impulsan algunas luchas, han sido enemigas de cualquier desarrollo con personalidad propia de la potencia de los trabajadores, pues han desviado y puesto las luchas o instancias de coordinación bajo la órbita de la estrategia de Guaidó y el imperialismo estadounidense, le asignan a los trabajadores el rol de una pieza más del engranaje de ese otro bando patronal y reaccionario. Eso también le ha puesto límites a las luchas y ha contribuido a su impotencia.

En materia programática, toda esta debacle del mal llamado “socialismo del siglo XXI” también ha afectado diseminando confusión y descreimiento en algunas demandas que forman parte del programa obrero, como el control obrero de la producción, las expropiaciones de los capitalistas, las milicias obreras, etc. Al haber tomado el gobierno estas ideas y haberlas convertido en todo su contrario, o en apenas fuente de negocios de una burocracia civil y militar ineficiente, descaradamente corrupta y antiobrera, que llevó las empresas públicas a la ruina, muchas de estas demandas hoy no forman parte del arsenal de exigencias obreras, cuando durante todo un período aparecían con cierta frecuencia en una amplia vanguardia que luchaba. Lo que se muestra como si fuera “el fracaso del socialismo” o de esas demandas obreras, tiende a afectar con un retroceso programático a vastos sectores, sobre lo que se monta el pensamiento burgués más clásico para deslegitimar cualquier demanda en este sentido como “inviable” o “nociva” porque “llevan al fracaso”.

La suerte de la izquierda que lucha por la causa de los trabajadores y los explotados, por supuesto no puede escapar a esta realidad de la clase obrera. Además de los balances que puedan hacerse sobre el devenir de las diferentes organizaciones, su inserción o peso previo, su política ante el chavismo y ante la oposición de derecha, etc., esta realidad objetiva del sujeto principal para la construcción de organizaciones revolucionarias, es un factor que no puede menospreciarse para explicar el rol marginal que actualmente ocupa este espectro en la lucha de clases y en la política nacional.

En estas circunstancias, es mucho más perentorio dar un paso al frente en una orientación para explorar las posibilidades de reorganización de fuerzas de quienes luchamos por la construcción de organizaciones revolucionarias e internacionalistas. Sería de una miopía enorme, o de un sectarismo autoproclamatorio impotente (en última instancia liquidacionista), no reconocer esta necesidad y no tener disposición a realizar todos los esfuerzos necesarios en este sentido.

Para la recuperación de las fuerzas y capacidad de lucha de la clase trabajadora, para enfrentar la realidad actual y la que se vendrá, la reconstrucción de sus organizaciones de lucha deberá ir aparejada con la recuperación, y aún mayores avances, de esos elementos ideológicos y programáticos anticapitalistas que hoy aparecen confusos o en descrédito. Lo que es inseparable de limpiar esas demandas y banderas de la tergiversación que de ellas se ha hecho bajo el chavismo, de sacar lecciones históricas sobre un proyecto que hizo de consignas y frases “anticapitalistas” y “socialistas” sinónimo de embauque y fracaso. Y para esa labor será necesaria la presencia en las luchas y en esas organizaciones de la izquierda anticapitalista, una labor que evidentemente será más fructífera si se trata de una izquierda más fuerte y más grande de lo que hoy sumamos las corrientes que nos reivindicamos de esa perspectiva.

La independencia ante los bandos patronales y reaccionarios en pugna

Una de las cuestiones de principio para poder reagrupar fuerzas de una izquierda anticapitalista de los trabajadores, las mujeres y la juventud, es la independencia de clase. Luchar sin concesiones por la independencia política de los trabajadores ante cualquiera de los bandos patronales en pugna, no es solo una cuestión de principios declarativos, sino también de importancia estratégica y que debe expresarse en la política concreta.

Diferentes corrientes ideológicas y políticas burguesas actúan en el movimiento obrero, incluyendo en sus luchas reivindicativas, eso no es ninguna novedad, es parte de la historia del movimiento obrero: luchar por reivindicaciones parciales de los trabajadores, organizar sindicatos, no implica que no se pueda ser al mismo tiempo subsidiario de ideas políticas ajenas a los intereses de la clase obrera. En las circunstancias actuales del país, donde para aplicar sus planes antiobreros el gobierno se sirve de una nefasta burocracia sindical autodenominada “de izquierda”, “socialista”, “obrerista”, y donde otra ala de la burocracia sindical obedece a los planes antiobreros de la derecha proimperialista, no se puede luchar consecuentemente por la independencia política de los trabajadores si no se combate la influencia de estas corrientes.

La existencia de organizaciones de frente único de los trabajadores, como los sindicatos u otras instancias comunes para determinadas luchas, donde actúan diversas corrientes, no exime la batalla política e ideológica hacia estas corrientes, suspender esa lucha en nombre de la unidad de acción (bien contra “el gobierno-patrón” o bien “contra el imperialismo”), implicaría para los revolucionarios sencillamente claudicar y renunciar a pelear por la influencia política entre los trabajadores, en favor de un limitado sindicalismo reivindicativista o corporativo. Centralmente, no podría ser consecuente con la independencia política tener posiciones correctas en declaraciones políticas contra las diferentes fracciones patronales, pero convivir sin lucha con sus expresiones al interior de las organizaciones sindicales y de la clase trabajadora.

Es además una cuestión estratégica, porque sin emerger como un sujeto político, no solo como sujeto de luchas reivindicativas parciales o corporativas, sino con un programa de clase propio ante los problemas económicos y políticos del país, la clase trabajadora no podrá jugar un papel independiente en la disputa nacional, mucho menos poder articular una alianza obrera y popular contrapuesta a las diferentes variantes capitalistas. Sin intervención independiente de la clase obrera no será posible aspirar alguna hegemonía obrera ante el malestar social y las luchas, y sin hegemonía obrera no hay alianza obrera y popular posible: las luchas parciales de los trabajadores y sectores populares, por más correctas que sean, no evitarán que sean diferentes variantes burguesas las que ejerzan su influencia decisiva sobre el conjunto de los explotados y sectores postergados del capitalismo dependiente venezolano.

La cuestión del balance del chavismo

Por supuesto, es ineludible reflexionar y sacar lecciones históricas de las últimas dos décadas de la lucha de clases en el país, y del fenómeno político que acaparó durante largo tiempo las expectativas de las masas y nos ha conducido a la situación actual. Sin pretender “resolver” aquí esta cuestión, nos parece pertinente señalar por lo menos algunas definiciones que consideramos claves para este balance.

¿Cómo un régimen que ascendió empalmando con un previo auge de luchas, que se consolidó apoyado en grandes movilizaciones y acciones de los trabajadores y el pueblo pobre, pasó a ser el engendro autoritario que es el verdugo actual de las libertades democráticas del pueblo? ¿Cómo ese mismo pueblo que hizo el Caracazo, el 13 de abril y la derrota del paro-sabotaje patronal, se ha mostrado impotente para frenar las brutales políticas regresivas que le han impuesto? Son preguntas que ameritan respuestas.

Desde nuestra perspectiva, es necesario entender el rol regresivo que jugó Chávez en cuanto a la recuperación y fortalecimiento de la autoridad estatal burguesa ante las masas, la reconstrucción de la legitimidad de masas de un aparato estatal maltrecho en ese aspecto tras la rebelión popular del ’89 y el auge de luchas y profunda crisis del régimen que le siguió. Al calor de un discurso “incluyente”, “participativo”, de “democratizar la gestión”, y concesiones económicas a las masas trabajadoras y pobres, se recuperaba y fortalecía la legitimidad del Estado burgués venezolano como Estado “distribucionista” de la renta, pero ese “Estado distribucionista” es el mismo Estado que disciplina y controla, que golpea cuando lo necesita, y por eso uno de los pilares de esa relegitimación ante las masas fue lavarle la cara a las Fuerzas Armadas, y más aún, se avanzó en fortalecer cada vez más el papel de estas en la gestión pública, en la economía y en el control social de la población.

Elementos “clásicos” de un bonapartismo sui generis girado a izquierda (Trotsky), que se apoyaba en la movilización controlada de las masas, al tiempo que avanzaba en la cooptación y estatización de sus organizaciones, fortaleciendo la capacidad de disciplinamiento estatal.

Esta crítica y denuncia, que fuimos desarrollando desde los mismos primeros años de Chávez en el gobierno, la hemos actualizado recientemente, incorporando como herramienta de análisis la categoría “Estado integral” (Gramsci), para dar cuenta de cómo este proceso implicó que el Estado burgués ampliara sus tentáculos hacia “la sociedad civil” –en este caso que nos interesa, hacia las organizaciones de las masas explotadas y pobres–, incorporándolas a su lógica y volviéndolas funcionales a las razones de Estado. La cooptación y estatización fue tan amplia que abarcó al movimiento obrero, popular, campesino, estudiantil, indígena y de mujeres, en todos esos sectores el Estado “absorbió” directamente o indirectamente gran parte de sus organizaciones, cooptándolas o creando nuevas bajo la disciplina estatal, incluso en algunos casos cambiando directamente por ley la naturaleza de organizaciones gremiales o de lucha reivindicativa a meras instancias de “cooperación con el Estado” (como los “consejos educativos”).

Esta “ampliación” del Estado fue consustancial a un proceso de pasivización del movimiento de masas. Es una cuestión de importancia estratégica: fue esterilizando la capacidad de lucha de gran parte de estas organizaciones, anulándolas como herramientas capaces de responder vigorosamente cuando las proporciones entre coacción y consenso fueron cambiando cada vez más en favor de la coacción, cuando al cambiar las condiciones económicas y políticas la faz “distribucionista” del Estado fue desdibujándose para otorgar el primer plano a la faz autoritaria. Este carácter expansivo e “integral” que adquirió el Estado burgués bajo Chávez, logró que organizaciones formalmente no estatales sirvieran de auxiliares del mismo e incluso cumplieran el papel de “policías del Estado” entre las masas. Todo este proceso previo es crucial para explicar por qué, cuando el bonapartismo plebiscitario (la autoridad del líder legitimado periódicamente en procesos electorales) dio paso a un bonapartismo cada vez más apoyado en la coacción y la represión (con Maduro), encontró a los trabajadores y el pueblo pobre desprovistos de la capacidad de respuesta necesaria. Eso es parte del legado de Chávez.

Esta cuestión nos parece que debe estar sobre la mesa de cualquier discusión de balance del chavismo, y sobre el cual colocamos a disposición, como aportes iniciales, más no excluyentes por supuesto, algunas de las reflexiones que hemos elaborado al respecto.

Otro aspecto central es el referido a que la ruina en que ha terminado el país no puede explicarse solo por problemas de corrupción, de “la burocracia” o alguna hipotética “desviación”. Sería un balance superficial. El proyecto de Chávez, en su enfrentamiento parcial con los capitales imperialistas, no contemplaba ni su expulsión ni la emancipación nacional de las diferentes cadenas que nos subordinan al capitalismo imperialista (deuda externa, tratados de no doble tributación, transferencia de riquezas a los países centrales, etc.), menos aún abolir la propiedad capitalista en el país.

El chavismo heredó la “crisis estructural” del “capitalismo rentístico”, heredó un capitalismo dependiente enfermo, que décadas atrás había mostrado ya un agotamiento de sus posibilidades de “desarrollo”, iniciando un retroceso en sus ya limitadas capacidades productivas y reforzando el carácter parasitario de la clase dominante local. Una vez tocaron techo las posibilidades de un mayor desarrollo de la “acumulación nacional de capital”, la burguesía nacional se acomodó más en su naturaleza preferentemente comercial-importadora y fugadora de renta al exterior.

Chávez recibió esta herencia, y como su “socialismo” era con empresarios, con una improbable burguesía que se hiciera “nacionalista y productiva”, más allá de los elementos de mayor dirigismo estatal en la economía, de la ampliación del papel financiero y empresarial del Estado (todo lo cual le dio elementos de “capitalismo de Estado”), su promesa de “desarrollo nacional” no escapó a la misma lógica de todos los regímenes burgueses anteriores, que contemplaban el “desarrollo” como el mecanismo mediante el cual el Estado ponía renta petrolera en manos de capitalistas nacionales que, en teoría, la harían productiva: convertir la renta en capital. La novedad aquí sería una “economía social” que, sin embargo, como no podía ser de otra manera al mantenerse todo lo anterior, nunca pasó de ocupar un lugar totalmente marginal en la economía.

Tras esa idea de “sembrar el petróleo” con el capital privado nacional, en medio de un capitalismo dependiente atrofiado y una clase capitalista que encuentra las vías de realización de sus ganancias no tanto en la “producción nacional” como sí en los dólares baratos de la renta, en el comercio (y fraude) importador, en las contrataciones de servicios con el Estado y en la fuga de capitales, vivimos un nuevo episodio histórico del deplorable proceso de transferencia de renta pública a manos privadas, operado esta vez bajo el chavismo: la clase capitalista local, que en los períodos previos era co-responsable (junto al capital imperialista) de la atrofia de las capacidades productivas nacionales, no se hizo más productiva y menos parasitaria, como le proponía Chávez, sino que profundizó ese carácter, y el saqueo hacia el exterior de la renta pública y del potencial “ahorro nacional” siguió su curso, en dimensiones enormes. En lugar de “diversificarse la producción nacional”, lo que se diversificó fue la composición de la parasitaria burguesía nacional, con nuevas cohortes surgidas bajo el chavismo.

Si bien estos elementos no agotan toda la explicación del por qué el chavismo terminó por ser una nueva promesa de desarrollo nacional frustrada, nos parece que es en esa dirección, en su carácter de clase, que deben buscarse los fundamentos de esta cuestión, y no en aspectos secundarios como la corrupción o la gestión burocrática, que en última instancia derivan –directa o indirectamente, por necesidad o accidentalmente– del carácter de clase del proyecto y de la naturaleza política bonapartista del régimen.

Es una cuestión sobre la que colocamos a disposición también las elaboraciones que hemos desarrollado en el último período (aquí, aquí y aquí).

¿Cómo avanzar? ¿Cómo explorar las vías que puedan apuntar a algún reagrupamiento?

Por supuesto que al plantear esta discusión no desconocemos la existencia de importantes diferencias que determinan la existencia de organizaciones separadas. Así mismo, no ignoramos tampoco el hecho de que el chavismo ha sido un parteaguas fundamental en la militancia de quienes aspiran a la revolución social, decantando que mientras unos militábamos con ese objetivo en oposición por izquierda al mismo, confrontándolo, miles de trabajadores, jóvenes, mujeres, militantes honestos de izquierda, lo hacían siendo parte de ese proyecto, considerando que era así como se superaría el capitalismo; eso sigue siendo una línea divisoria hoy.

Pero este no es un llamando meramente declarativo. Consideramos, como señalamos antes, que la magnitud de las tareas planteadas por la profunda crisis histórica que atraviesa el país –en un contexto internacional de mayores crisis, lucha de clases y enfrentamientos interestatales–, nos plantea a las y los revolucionarios en Venezuela, hacer los mayores esfuerzos posibles por reagrupar fuerzas, en una tarea prácticamente de reconstrucción de una izquierda revolucionaria y anticapitalista en el país.

Para abrir esta discusión y explorar posibles pasos en este desafío tan importante, nos dirigimos a las organizaciones que se reivindican obreras y socialistas, como el Partido Socialismo y Libertad (PSL), Marea Socialista (MS), la UST, así como a aquellas que viniendo de la izquierda del chavismo, como los compañeros y compañeras de enComún, estén abiertos a confluir y discutir un reagrupamiento que supere por izquierda el proyecto del chavismo. Es el caso también de militantes de las organizaciones que confluyen en la Alternativa Popular Revolucionaria (APR), que están conscientes de la necesidad de una discusión seria sobre el fracaso del chavismo, pero ven cómo la orientación de sus organizaciones es construir un frente político que no se propone el más mínimo balance crítico al respecto, y que cuando hablan de “reorganización de la izquierda” se refieren solo a aquellos que se identifican como leales continuadores del proyecto de Chávez.

Nos dirigimos también a esas decenas de trabajadoras, trabajadores, jóvenes, activistas, que sin estar afiliados en ninguna organización política, sostienen convicciones políticas revolucionarias, concuerdan con la necesidad de pelear en Venezuela por una verdadera revolución social que ponga el poder y la economía en manos de las mayorías trabajadoras. Muchos y muchas de estos son compañeros que adhirieron al chavismo, pero están en un proceso de revisar críticamente ese proyecto, sus resultados, sacando las lecciones estratégicas para superarlo por izquierda, en función de un proyecto verdaderamente anticapitalista y emancipador, y no abandonarlo por derecha, como muchos ex dirigentes chavistas que han ido a echarse a los brazos de la oposición proimperialista.

Otras y otros de estos activistas sin organización definida, son jóvenes y mujeres de una generación que nació a la vida política ya en la decadencia del chavismo, que no se incorporaron a este proyecto, pero que tampoco se hicieron de derecha, como ha sido el caso de la mayoría del activismo juvenil en el país en los últimos años. Son compañeros y compañeras que no aplauden el capitalismo y sus miserias. A todos estos compañeros y compañeras también dirigimos este llamado.

Es claro que la confluencia en la construcción de una organización revolucionaria común sería el objetivo más ambicioso de un eventual avance en este reagrupamiento de fuerzas. Sin embargo, entre la situación actual, marcada por la persistencia de importantes diferencias, y ese objetivo ambicioso, hay toda una serie de posibilidades que pueden significar pasos de mayor confluencia política, unidad de propósitos y servir de experiencias concretas.

Entre las diversas corrientes y activistas que mencionamos, hemos venido coincidiendo desde hace tiempo en demandas y acciones comunes relacionadas con el salario, la libertad de los trabajadores presos, contra el entreguismo privatizador expresado en la ley “Antibloqueo” (y ahora la #LeyMaquilas), contra las sanciones imperialistas, la lucha de las mujeres por el aborto y contra los femicidios, entre otras.

Consideramos sin embargo un mayor nivel de coordinación sería apostar a la construcción de un polo de independencia de clase ante los diversos hechos claves de la economía y la política nacionales, un espacio político que aparezca mostrando una posición de defensa de los intereses nacionales, obreros y populares, de las mujeres y de la juventud, desde una perspectiva propia de la clase trabajadora. Esta posición podría expresarse en declaraciones comunes, ruedas de prensa, campañas unitarias y acciones de calle, a través de las cuales vaya proyectándose en la escena nacional la existencia de un espacio político claramente diferenciado del gobierno y de las distintas variantes de la oposición de derecha, de defensa de los intereses de las mayorías trabajadoras, la juventud y las mujeres, con total independencia política y sin deudas con el pasado que nos condujo a esta situación.

Tal independencia de clase, consideramos, tendría que expresarse en postular una perspectiva anticapitalista ante los problemas estructurales del presente nacional, un programa que junto a las reivindicaciones “mínimas” o democráticas (como la libertad de los presos por luchar, el presupuesto para la educación, el respeto a los contratos colectivos, el derecho al aborto y contra la violencia machista, contra los desalojos de campesinos, etc.), señale claramente un programa de demandas transitorias anticapitalistas, que son las únicas que podrían darle solución de fondo en clave progresiva a problemas como el desempleo estructural y la miseria salarial, la pobreza, la destrucción de las empresas públicas, la dependencia nacional y la atrofia de sus fuerzas productivas, el reparto de la tierra y la cuestión agroalimentaria, la decadencia de la educación y la salud públicas, la opresión de la mujer y la juventud, entre otros. Todo esto como parte de la lucha por un gobierno de los trabajadores y el pueblo pobre.

Un espacio de estas características podría ser un polo de atracción para trabajadores, trabajadoras, jóvenes, activistas del movimiento de mujeres y militantes de izquierda, que no se resignan pasivamente a la realidad que nos golpea y que buscan alguna alternativa coherente de organización revolucionaria, para enfrentar tanto al gobierno como a las variantes de derecha.

Hasta los momentos no ha sido posible avanzar en un espacio de esas características, más allá de la coincidencia en campañas o posiciones comunes sobre temas específicos. Por ejemplo, con algunos compañeros alrededor de hechos políticos como las ofensivas de la oposición de derecha (en 2017 e incluso en 2019), se dan diferencias que han marcado estos impedimentos. consideremos que es necesario explorar las posibilidades de sentar algunas bases que permitan avanzar hacia polo político de las características que venimos señalando.

A la par que se explora la posibilidad de ir construyendo un espacio de esas características, un paso importante lo constituiría también ponernos de acuerdo para abrir un período de discusiones, tanto bilaterales como públicas, donde en diversos espacios y modalidades podamos confluir con aquellos y aquellas interesadas en esta discusión. Estas palestras públicas pueden ser tanto para fijar posiciones comunes sobre aquellos temas en los que haya acuerdos, en lucha contra las distintas variantes burguesas que se disputan hoy el país, como para colocar sobre la mesa las diferentes posiciones que haya sobre determinados temas en el marco de la discusión planteada sobre un reagrupamiento de la izquierda revolucionaria.

Varias de las organizaciones llamadas a confluir en esta discusión, hacemos parte a su vez de corrientes internacionales, lo cual es un importante punto de apoyo para discutir desde una perspectiva no limitadamente nacional sino internacional e internacionalista.

Más aún, algunas hacemos parte de corrientes que coincidimos ya en un importante frente político-electoral de independencia de clase y con un programa de ruptura con el capitalismo, como lo es el Frente de Izquierda y de los Trabajadores – Unidad (FITU) de Argentina. Un espacio político que ha sabido construirse a contracorriente de la moda de los neo-reformismos que, como Syriza en Grecia o Podemos en el Estado Español, rápidamente terminaron administrando las políticas capitalistas contra sus pueblos, abriendo el camino a la demagogia y retorno de la derecha. Un frente político-electoral en el que, a la par de la intervención común en las elecciones y determinados hechos políticos, se desarrollan públicamente, de cara a la vanguardia y al pueblo trabajador, importantes debates sobre cuestiones estratégicas y políticas en las que hay diferencias. Este espacio se ha convertido en referencia para franjas importantes de la clase obrera, la juventud y las mujeres en Argentina, conquistando un espacio en la superestructura política con diputados nacionales y provinciales, además del lugar que ocupa en los procesos de la lucha de clases. Aunque por ahora no estén dadas las condiciones para la constitución de un frente de estas características en el país, esta experiencia constituye un importante punto de referencia.

Así mismo, actualmente en sectores de la izquierda revolucionaria internacional se desarrolla un importante debate alrededor de la crisis del Nuevo Partido Anticapitalista (NPA) de Francia, que expresa la deriva de los proyectos de “partidos anticapitalistas amplios” (un modelo que pudiera ser también el caso del PSOL en Brasil). Es una discusión que resulta pertinente a la hora de pensar las bases para un reagrupamiento de mayor alcance, como lo es la confluencia en la construcción de partidos revolucionarios. Proponemos también hacer un lugar para este debate, como parte de los intercambios que tengamos en función de explorar las vías para un reagrupamiento de fuerzas de la izquierda anticapitalista en Venezuela, pues constituye también una referencia importante de una experiencia actual.

¿Por dónde empezar?

A partir de la publicación de este llamado, les proponemos a las diversas organizaciones y compañeros concretar reuniones formales para discutir este planteamiento.

Varias de las organizaciones sostenemos portales públicos o medios informativos que pueden cumplir un papel importante en el impulso, convocatoria y difusión de las diferentes iniciativas y debates que se desarrollen en función de los objetivos planteados. En nuestro caso, ponemos a disposición la plataforma de la red internacional La Izquierda Diario, que en el caso específico de nuestro país cuenta con una llegada mensual a miles de personas que, con toda seguridad, seguirán con atención el desarrollo de esta discusión. Como una primera iniciativa, planteamos la posibilidad de abrir en La Izquierda Diario Venezuela una sección especial donde se puedan reflejar las distintas elaboraciones, posiciones y contribuciones al respecto de esta discusión, es decir, no solo las nuestras, sino las de todos los que confluyan en esta discusión.

Ponemos sobre la mesa las más recientes ideas que hemos expuesto sobre esta cuestión (aquí y aquí) y, más de conjunto, las diferentes elaboraciones que sobre la realidad nacional, balances y perspectivas hemos venido publicando en el suplemento Ideas de Izquierda Ve. De igual manera, queremos discutir con todas y todos los que tengan disposición, el manifiesto “El desastre capitalista y la lucha por una Internacional de la Revolución Socialista”, para abordar la situación mundial y la discusiones que esta plantea para las y los revolucionarios.

Avancemos compañeros y compañeras en explorar las diversas vías de diálogo y acción común en esta perspectiva.

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Ángel Arias

Sociólogo y trabajador del MinTrabajo @angelariaslts
Sociólogo venezolano, nacido en 1983, ex dirigente estudiantil de la UCV, militante de la Liga de Trabajadores por el Socialismo (LTS) y columnista de La Izquierda Diario Venezuela.
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