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Red Internacional

Oriente Medio.Revueltas del hambre y crisis económica en Líbano

La bronca explotó en la ciudad norteña de Trípoli, Líbano, por el deterioro acelerado de las condiciones de vida desde 2019, mientras el país se hunde en una crisis económica y social.

Santiago Montag@SalvadorSoler10

Miércoles 30 de junio | Edición del día

El país de los cedros en el pasado fue un ejemplo de estabilidad económica y crecimiento, solía ser la llamada "Suiza de Oriente Medio". Pero la guerra civil finalizada en 1990 destrozó esa imágen, y en los últimos dos años la inestabilidad política junto a una crisis social y económica, han convertido al pequeño país en una bomba de tiempo sistemática.

Este martes el Gobierno libanes subió los precios del combustible cumpliendo con el compromiso de la semana pasada de recortar los subsidios. Esta medida tenía como objetivo aliviar la escasez de combustible en todo el país, pero afecta directamente a los usuarios más pobres al tener un impacto sobre la generación de electricidad y en el precio de todos los productos básicos. Líbano es un país que vive a oscuras, no tiene más de 3 horas diarias de electricidad en algunos barrios, y 6 horas promedio en todo el territorio.

En las últimas semanas la ciudad norteña de Trípoli se viene manifestando contra estas condiciones de vida, donde también escasean los alimentos y medicamentos. El Gobierno tuvo que enviar al Ejército a reprimir las protestas que asaltaron edificios públicos y bancos. Este miércoles miles han salido a la calle a enfrentar la represión haciendo retroceder a las tropas libanesas convirtiendose en una verdadera revuelta social. Los manifestantes hartos de de vivir bajo una inflación galopante que supera el 150%, no retrocedieron ante los disparos de munición real de los soldados enviados a contener la bronca popular.

En ciudades como al-Tal, la juventud se manifestó con armas de fuego disparando al aire. También exigieron que se cierren los bancos y los negocios en protesta por el deterioro de las condiciones de vida. En las localidades de Tabbaneh y el vecindario de Al-Barani también se protestaron con armas de fuego con mucha indignación debido a la escasez de combustible, cortes de electricidad y precios escandalosos.

Además en esas zonas, que están consideradas entre las más pobres del país, la indignación invadió a la población a raíz de la muerte de un niño como consecuencia de los cortes de energía que apagaron su máquina de oxígeno. Además en algunos hospitales están posponiendo cirugías para ahorrar en suministros médicos vitales, como anestésicos.

La capital Beirut, y ciudades importantes como Sidón, también han presenciado en los últimos días fuertes protestas por la escasez de combustible en las gasolineras donde se formaron las llamadas “colas de la vergüenza”. Los manifestantes hicieron bloqueos de rutas quemando neumáticos y basura en las calles para armar barricadas. Los enfrentamientos entre la policía y los manifestantes dejaron casi 20 personas heridas solo en la ciudad norteña de Trípoli. Para el alcalde de la ciudad “la situación está fuera de control”.

Para calmar las aguas, el parlamento libanés aprobó este miércoles un subsidio en efectivo para familias con dificultades económicas. La medida paliativa costará 556 millones de dólares al año y podría permitir el levantamiento de un programa de subsidios de 6.000 millones de dólares para bienes básicos. Cada familia elegible para el programa recibiría alrededor de 93 dólares al mes, según Reuters. Sin embargo, la escasez de divisas en el país no anuncia que sea una medida sostenible.

Crisis orgánica creciente

El Líbano se encuentra en una situación de crisis orgánica cuyo punto de partida podemos fijarlo en el estallido del 2019. Desde ese momento han caído varios ministros y aun no han podido formar gobierno en el parlamento. El Banco Mundial, en el mes de junio, catalogó la crisis económica del país entre crisis las más severas y peores desde mediados del siglo XIX, criticando el fracaso oficial en implementar políticas que mitiguen la situación desde el estallido de la primera crisis. En el mismo informe se descubrió que el producto interno bruto del país se había reducido de $ 55 mil millones de dólares en 2018 a solo $ 33 mil millones en 2020, con una caída del PIB per cápita de alrededor del 40%.

La libra libanesa está por las nubes. Por cada dólar los libaneses deben pagar entre 17,000 y 18,000 libras en el mercado negro. Mientras que a su vez el Banco Central retiene los dólares en una suerte de “corralito” para evitar la crisis de reservas. Lo que afecta a miles de familias que viven de las remesas que envían desde el extranjero millones de trabajadores, que giran parte de su salario, repartidos en distintos países del mundo, centralmente Francia.

La pobreza extrema se ha triplicado desde el 2019 cuando la economía se estaba acercando a un precipicio. Para muchos hogares, los servicios básicos como salud, electricidad, agua, Internet y educación están casi fuera de su alcance. Pero esto ha tenido poco impacto en los políticos que intentan proteger un sistema de clientelismo que se rige por líneas sectarias. Esto ha socavado la gobernabilidad que ha estado en manos de las principales familias y políticos salidos de la guerra civil de 1975 a 1991. La indignación general pasa por una corrupción endémica donde el clientelismo étnico religioso está a la orden del día.

Entre las principales fuentes de corrupción se encuentran los contratos esenciales del Líbano, que abarcan la importación de combustible, la generación de electricidad, las telecomunicaciones, la biometría y los pasaportes. Por ejemplo, uno de los negocios de los empresarios vinculados al gobierno, pasa por la retención de combustible y medicamentos en barcos para aumentar los márgenes de ganancia para ser vendidos a precios mayores en Siria.

Esta situación ha arrastrado al país a sucesivas crisis políticas vitales abiertas. El estallido en 2020 de un almacén con casi 3.000 toneladas de nitrato de amonio - un químico que en ocasiones se usa para fabricar explosivos – no fue un cisne negro que explotó en la cara de la élite política libanesa, sino que fue parte de una escalera de crisis sin resolver en el país, profundizando la situación. Ante la catástrofe, el entonces primer ministro Hassan Diab renunció al cargo, y desde agosto del 2020 no se ha formado gobierno en el país.

En Líbano se corta la luz durante largas jornadas, en ocasiones superando las 21 horas diarias, además del racionamiento impuesto por los dueños de los generadores de barrio por la falta de combustible, interrumpiendo el trabajo en hospitales u otros lugares.

Estas crisis coinciden con un aumento de la tasa de desempleo, inflación, interrupciones en una gran cantidad de medicamentos y un aumento en los precios de los alimentos que en su mayoría son importados, lo que ha provocado la aceleración de la propagación de la pobreza a gran escala. La mitad de la población vive ahora por debajo del umbral de la pobreza, según Naciones Unidas.

A esto se le suma que el colapso financiero pueda socavar el sostenimiento del Ejército, una herramienta fundamental que mantiene unidas a las distintas facciones del país desde los Acuerdos de Taif que permitieron la reunificación nacional. En este sentido, varios altos mandos del Ejército han dado la alerta de que la situación está generando inestabilidad.

Todos estos elementos muestran que en Líbano se está desarrollando una crisis orgánica difícil de solucionar. Las protestas están aumentando y se dan en todas las regiones del país, esto significa que tanto en el sur de mayoría chiíta, centro critiano maronita y norte sunita, apuntan al Gobierno sin entrar -como hace la casta dirigente- en confrontaciones étnico-religiosas.

El último 17 de junio miles de trabajadores libaneses asistieron a una huelga general convocada por los sindicatos que paralizó la economía del país exigiendo respuestas ante situación ridiculizando a la casta política. Si bien el Gobierno intenta callar las protestas con subsidios de miseria, los levantamientos regionales muestran una foto de lo que pueda suceder en los próximos días donde las masas exigen algo más que migajas. Como dijo un activista del Movimiento Futuro, Mustapha Alloush, residente de Trípoli, "lo que está sucediendo es solo el comienzo".




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