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TV // SERIES.The Americans y la nostalgia de la Guerra Fría

Testigo de una época en la que el socialismo dejó de ser una mala palabra y el triunfalismo capitalista un discurso incontestado, The Americans estrena su cuarta temporada.

Celeste Murillo@rompe_teclas

Domingo 1ro de mayo de 2016 | Edición del día

La premisa de The Americans es sencilla: Philip (interpretado por Matthew Rhys) y Elizabeth Jennings (interpretada por Keri Russell) son, en apariencia, un matrimonio como cualquier otro. Viven en los suburbios de Washington DC (la capital de Estados Unidos), administran su propia agencia de viajes y tienen dos hijos, Paige y Henry.
La nostalgia es una marca registrada (y premiada) de la serie. Desde la presentación, un cóctel de símbolos de los años ‘80 hasta la ambientación y la estética de cada capítulo en el Estados Unidos de Ronald Reagan y la era conservadora, son una marca de época.

Intro de The Americans (FX)

Paisajes de la Guerra Fría

Lo que distingue a The Americans de cualquier otra serie con una trama tan común y corriente es el hecho de estar ubicada en la decadencia de la Guerra Fría, entre fines de los años 1970 y comienzos de la década de 1980. Esos años estuvieron signados por dos grandes tendencias, el colapso inminente de la Unión Soviética (corroída internamente desde hacía décadas por el estalinismo) y la ofensiva capitalista (liderada por el presidente estadounidense Ronald Reagan y la primera ministra británica Margaret Thatcher).

En medio de ese clima político, se desarrollaba (desde el final de la Segunda Guerra Mundial) lo que se conoció como la Guerra Fría, cuyas principales potencias en pugna eran Estados Unidos y la Unión Soviética (URSS). En Estados Unidos esta “guerra” se apoyó en la continuidad de la demonización del comunismo y la URSS, aprovechando el descrédito de la burocracia estalinista. Vale recordar que seguía fuertemente impregnada la estela del macartismo, que había hecho estragos en la cultura y la política estadounidenses.

Grandes acontecimientos de estos años atraviesan las diferentes temporadas de The Americans y le dan cuerpo a una cronología de la Guerra Fría: Polonia, la “Contra” en Nicaragua o la guerra en Afganistán. De más está decir que quien busque en The Americans un retrato documental de la época fracasará en su objetivo. El “relato” no escapa a los excesos romantizados de un pasado visto con nostalgia, en un momento político en el que los guionistas se dan el lujo de dejar mal parada a la CIA.

Los unos y los otros

The Americans se construye alrededor de una familia típica: papá, mamá, hijo, hija. El guión completa el retrato suburbano con la llegada de otra familia “perfecta”, cuyo “jefe” es un agente del FBI. En el espejo de estas dos familias aparecen los reflejos de dilemas cotidianos sobre las relaciones humanas, lo personal y lo político.
Elizabeth y Philip Jennings no son una pareja “normal”. Ambos son espías “ilegales” de la Unión Soviética que trabajan bajo las órdenes de la KGB (la policía secreta rusa). Su trabajo no está bajo la supervisión de la “Rezidentura”, donde el gobierno y la agencia de inteligencia llevan adelante sus operaciones legales.

En las misiones de Elizabeth y Philip conviven su relación de pareja (que nació como misión primera y no de la atracción mutua o el “amor”), la relación con sus hijos y los desafíos personales que representan los roles que deben asumir. Seducir (política o personalmente), convencer, espiar o engañar, plantean para ambos dilemas personales y políticos.

El personaje de Elizabeth combina problemas diversos: debe cumplir con los mandatos sociales de las mujeres (para no llamar la atención), y a la vez con los de su trabajo y su reputación (es reconocida como una de las mejores), que la obligan a sobreponerse a situaciones que sus compañeros varones no deben atravesar. Una tensión que se mantiene latente en su personaje es la relación con su madre y su hija, dos figuras que evidencian sus mayores debilidades.

La familia “contraparte” de los Jennings es ideal solo en apariencia. El agente del FBI Stan Beeman (Noah Emmerich) y su esposa Sandra, atraviesan una crisis de pareja. Sin advertirlo todavía y por motivos completamente diferentes, los Jennings atraviesan la propia. El agente Stan, a la vez, se involucra en un romance con Nina (Annet Mahendru), empleada de la “Rezidentura”, cuyo derrotero mantendrá como uno de los ejes durante varias temporadas.

En el fragor de las crisis familiares, el guión coloca a dos mujeres, en principio secundarias, como expresión de la “idiosincrasia” estadounidense de esos tiempos (y quizás estos también). Sandra Beeman (esposa de Stan) y Paige Jennings (hija de Elizabeth y Philip) se rebelan a su modo contra sus realidades cotidianas. Sandra optará por una salida de autoafirmación femenina New Age, ante un matrimonio anodino y la indiferencia de su esposo absorbido por el trabajo en la CIA y su romance paralelo con Nina. Paige, criada en la secularidad de una familia atea, encontrará su “identidad” en la religión y se convertirá en cristiana renacida.

De este lado de la pantalla

A diferencia de House of Cards, incluso a diferencia de Homeland o Scandal, The Americans no es una serie política. Su contexto es político, respira y transpira política pero se trata sobre todo de historias de personas, un drama como tantos que recorren las pantallas de televisión en esta era dorada de las series.

Sus protagonistas ocupan los escalafones medios y bajos de la larga cadena burocrática de espionaje estatal. La imagen y el “mensaje” que cruza los episodios de The Americans suelen ser que al final del día, el agente Stan, la empleada de la Rezidentura o un espía que trabaja “por su cuenta” como Philip o Elizabeth tienen contradicciones, enfrentan dilemas y toman mejores o peores decisiones. Lejos quedaron los retratos morales binarios heredados de la posguerra, donde Estados Unidos enarbolaba los valores democráticos y la URSS era demonizada sin tapujos. Si hay algo que muestra The Americans es eso.

Desde que existe la industria cultural, especialmente la estadounidense, hubo, hay y habrá historias de espías, conspiraciones, aliados y enemigos fabricados para la ocasión. ¿Sufre The Americans del cinismo en boga de que “todo es lo mismo”? ¿Son simplificados y presentados sin distinción los objetivos del imperialismo y de la URSS? Sí y sí.

Sin embargo, como sucede con otras series aclamadas por la crítica, gran parte de su atractivo reside en la lectura y la recepción del público, además de muy buenas actuaciones como la de Keri Russell (que gracias a Elizabeth Jennings superará el karma de Felicity) y grandes ambientaciones. Más allá de las críticas posibles al guión, como las simplificaciones o la ausencia de críticas (más o menos tímidas tanto de la sociedad estadounidense como de la soviética de esa época), es imposible pasar por alto que el show televisivo más popular sobre espías hoy no responde en absoluto al gusto de un público conservador o de derecha. El retrato de la burocracia y la ineficacia del FBI, o el poner al mismo nivel “humano” a los agentes de bajo rango de ambos bandos son a la vez una ridiculización de la potencia imperial y un guiño a sus críticos.

Y sobre todo, el reconocimiento de The Americans habla de la época y de las nuevas generaciones, para quienes el relato de la Guerra Fría es algo muy lejano. Una generación que está más cerca de la caída de Lehman Brothers que de la del Muro de Berlín, y recibe con más ganas visiones críticas de las democracias capitalistas o los relatos que supieron construir. Casi la única explicación de que una serie estadounidense esté dispuesta a mostrarle al público una imagen burlona del FBI y de las aspiraciones de Estados Unidos en la Guerra Fría. Una vez más, lo más interesante sucede de este lado de la pantalla.


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