SUPLEMENTO

Trotsky: "Uno de los marxistas clásicos del siglo XX que más pensó América Latina"

La Izquierda Diario México

Trotsky: "Uno de los marxistas clásicos del siglo XX que más pensó América Latina"

La Izquierda Diario México

Este sábado 20, en conmemoración del 82 aniversario de su asesinato, se llevó a cabo el foro "Trotsky, la actualidad de su legado". En él participaron activistas y militantes socialistas de EE UU, México, Centroamérica y Cuba. Rescatamos aquí la ponencia del camarada Pablo Oprinari.

México fue la última morada de León Trotsky. Aquí, el y su compañera Natalia encontraron la hospitalidad y la calidez que les había sido negada: para Trotsky, el planeta se había vuelto un enorme territorio sin visado. Aquí también lo alcanzó la brutal persecución del stalinismo, que segó innumerables vidas de sus compañeros de la Oposición de Izquierda, de su propia familia y de él mismo, hace exactamente 82 años. El México de Villa y Zapata, que había vivido una de las revoluciones más importantes del siglo XX en América Latina, estaba conmovido en esos años por nuevos procesos políticos y sociales. Y el revolucionario ruso llegó también a un continente sacudido por importantes procesos de la lucha de clases, por golpes militares, y por el ascenso de la estrella de la dominación estadounidense sobre América Latina.

En México, Trotsky, quien ya había sido el presidente del soviet de Petrogrado en 1905, el líder junto a Lenin de la Revolución de Octubre, el constructor y jefe del Ejército Rojo, y también líder de la lucha contra la degeneración estalinista -que consideraba su pelea más importante y su acción más indispensable─ se convirtió en uno de los marxistas clásicos del siglo XX, nacidos en el llamado viejo continente, que más pensó América Latina y que más nos ha legado para comprender la realidad de nuestra región, en la cual surgieron también, años antes, figuras de la talla de Mariátegui.

La realidad es que esto ha sido profundamente invisibilizado incluso por muchos estudiosos de las ideas de izquierda en nuestra región, posiblemente un prejuicio surgido del hecho de pensar a los marxistas clásicos de inicios del siglo XX como eurocéntricos o europeizantes. En cambio, el legado de Trotsky -que nosotros hemos concentrado en la edición de los Escritos Latinoamericanos- es una muestra muy clara de que el marxismo es una herramienta fundamental para entender la realidad de nuestros países, de nuestra región. Y no solo su historia, sino también el presente y las tareas de los marxistas revolucionarios en el Siglo XXI.

Vamos a plantear aquí algunas de las aportaciones fundamentales de Trotsky sobre México y América Latina que conservan gran actualidad para el presente. La realidad latinoamericana de los años 30 del siglo pasado fue un terreno fértil para la actualización de la principal innovación teórica que realizó Trotsky: su teoría de la revolución permanente. Un continente cuya composición social estaba marcada por la emergencia de un todavía joven proletariado, y donde existía, en la mayoría de nuestros países, un campesinado amplio y numeroso. Aquí Trotsky planteó la necesidad de la alianza revolucionaria obrera y campesina; y su independencia respecto a la burguesía nativa. Esto devenía de la importancia que tenía, de una parte, la cuestión agraria ─Trotsky fue impactado sin duda por la experiencia de la Revolución Mexicana de 1910 y veía en “el ansia de tierra” el motor de esa revolución─ y junto a ello, la cuestión de la independencia nacional, como se evidenciaba en los movimientos antiimperialistas de esos años, o, por ejemplo, en las movilizaciones en defensa de la expropiación petrolera en México.

Decía LT que la clase obrera en América Latina podía llegar al poder antes que estas cuestiones cruciales fueran resueltas (ya que la burguesía no lo había hecho), y que el gobierno de los trabajadores podía volverse un instrumento para la resolución de las mismas, y para avanzar en un camino ciertamente anticapitalista.

Sin embargo, esto solo podía hacerse a condición de la independencia de la clase trabajadora y de que buscara convertirse en hegemónica en la alianza con el resto de los oprimidos. Trotsky afirmaba que

“[…]La independencia del proletariado, incluso en el comienzo de este movimiento, es absolutamente necesaria, y oponemos particularmente el proletariado a la burguesía en la cuestión agraria, porque la clase que gobernará, en México como en todos los demás países latinoamericanos, será la que atraiga hacia ella a los campesinos.” 

Esto implicaba además, la independencia política y organizativa de los revolucionarios. Trotsky se distinguía así de la mayoría de la izquierda latinoamericana, encuadrada en los partidos comunistas oficiales, que sostenían que la clase obrera debía ir como cola de la burguesía nacional, quien estaba destinada a encabezar una primera etapa de revolución democrático-burguesa (la experiencia fatal en China, España y otros países de esta revisión del marxismo mostró lo erróneo de esa concepción).

Desde este ángulo es que consideró al gobierno de Lázaro Cárdenas, para el cual acuñó una categoría fundamental, una aportación enorme al marxismo del siglo XX y XXI: la noción de bonapartismo sui generis, o de tipo especial. Decía que en los países de desarrollo industrial atrasado, donde el capital extranjero tiene un gran peso, el gobierno oscila entre la burguesía imperialista y la débil burguesía nativa, así como entre ésta y la clase obrera, lo cual puede dar lugar tanto a dictaduras policiales, si se inclina a la derecha; o, si se inclina a la izquierda, en experiencias como la del cardenismo, que se apoyaba en la clase obrera para maniobrar frente al imperialismo; esto mientras subordinaba a sus organizaciones al estado y al propio gobierno.

Partiendo de aquí, y de su teoría de la revolución permanente, Trotsky consideraba que, aún cuando Cárdenas realizó una medida progresiva ─como la expropiación petrolera y de los ferrocarriles─ de soberanía nacional, la defensa puntual de las mismas y de la soberanía nacional del pueblo mexicano (que impulsaron vehementemente los trotskistas estadounidenses) no podía confundirse con el apoyo político al gobierno, que se mantenía en los marcos del capitalismo. Decía que “no se trataba de construir el socialismo con las manos de la burguesía, sino de utilizar las condiciones que se presentan dentro del capitalismo de estado y hacer avanzar el movimiento revolucionario de los trabajadores”.

Otro aspecto que queremos destacar es el análisis de Trotsky de la política imperialista sobre América Latina. Debatiendo con Haya de la Torre, el líder del APRA peruano, y contra la idea de que Estados Unidos era un “buen vecino”, decía que la democracia imperialista yanqui no dudaría en desplegar “en un futuro próximo una política imperialista extremadamente agresiva, dirigida, especialmente, contra los países de América Latina”. Esto se verificó, qué duda cabe, en las décadas siguientes, y sigue plenamente vigente hoy, como se ve tanto en los países capitalistas semicoloniales y dependientes oprimidos por el imperialismo, como frente a Cuba, el primer estado obrero del continente, que enfrenta una situación crítica que afecta en primer lugar al pueblo trabajador. Motorizada tanto por las consecuencias del criminal bloqueo yanqui, como por la política de la burocracia gobernante, que profundiza la desigualdad social, mantiene la opresión política y avanza en medidas de corte restauracionistas.

Volviendo a lo que decíamos antes respecto a Trotsky, su denuncia del rol del imperialismo yanqui, estaba vinculado a proponer la unidad internacionalista y antiimperialista de las masas latinoamericanas bajo la consigna de la lucha por los Estados soviéticos de América Latina, así como de la alianza de las mismas con el proletariado al norte del Río Bravo, y por eso era tan importante la construcción de secciones de la IV Internacional en nuestra región y en Estados Unidos, país que consideraba fundamental en la medida que una revolución socialista allí alentaría al resto de la región en ese camino, y sería un empuje esencial para la derrota del capitalismo a escala mundial y la construcción de una sociedad comunista.

En la realidad latinoamericana actual, el legado de Trotsky cobra actualidad. Hoy la clase obrera está más extendida que en aquellos tiempos, y localizada en los principales resortes de la economía de nuestros países ocupando posiciones estratégicas para la lucha contra el capitalismo. Tiene sus aliados fundamentales ya no solamente en el campesinado pobre y los pueblos originarios, sino también entre los millones de pobres urbanos, la juventud estudiantil y trabajadora, así como en el movimiento de mujeres.

En las últimas dos décadas, América Latina ha estado cruzada por dos oleadas fundamentales de rebeliones y revueltas que han abierto profundas crisis en los distintos países y mostrado la gran energía de las masas, como vimos en Chile, Bolivia, Colombia, Ecuador y otros países de la región; la oleada más reciente la vimos desde el año 2019 y que se dio a la par que las luchas de los trabajadores que han surgido en distintos países de Europa, de Asia y de Estados Unidos. En este contexto, las cuestiones que planteaba Trotsky en torno a la hegemonía proletaria en la alianza con el resto de los oprimidos, son imprescindibles para superar los límites de las revueltas recientes, evitar que se dilapide la energía puesta en juego y desplegar una estrategia capaz de derrotar efectivamente al capital. Y esto está íntimamente vinculado ─como entonces─ a la independencia de clase respecto de los gobiernos y regímenes políticos existentes.

Esto implica abordar el debate en torno a los progresismos latinoamericanos. Después del primer ciclo de los mismos, a inicios de este siglo, asistimos a un segundo momento, más reciente, con López Obrador en México, hasta Boric en Chile o Castillo en Perú, por mencionar algunos ejemplos. Hay quienes quieren presentar a estos gobiernos como el reflejo de las acciones de masas que se dieron en los respectivos países, estableciendo una identidad entre ambos; por el contrario, aunque llegaron generando grandes ilusiones, representaron la negación de las posibilidades que la acción de las masas planteaba en términos de trastocar revolucionariamente el orden establecido, en ese sentido implicaron la restauración de la autoridad estatal ante crisis orgánicas profundas y pasivaron la movilización de masas. Limitándose a algunas concesiones parciales y a una retórica antineoliberal, pero negándose a modificar la estructura dependiente y semicolonial, terminaron abriendo el camino para el retorno de la derecha en varios de los países.

Si Trotsky consideró a los nacionalismos burgueses de su tiempo como bonapartismos sui generis y planteó que “no se podía construir el socialismo de la mano de la burguesía”; los progresismos latinoamericanos, aún aquellos que hablaron de socialismo del siglo XXI, estuvieron incluso lejos de aquellas experiencias y es aún más imprescindible una postura independiente.

Los acontecimientos de los últimos años están cruzados, en nuestra región, por la pandemia y sus consecuencias, por la crisis económica, la guerra de Ucrania y la disputa entre Estados Unidos y China que se despliega también aquí, así como por los intentos de Biden de fortalecer la presencia imperialista en la región. Los nuevos progresismos, que surgen en este contexto, después de la última oleada de rebeliones y revueltas, es aún más limitada y moderada que la primera. Lo muestra el caso de los gobiernos de Chile o de Perú, quienes rápidamente han cambiado el rumbo ideológico que mostraron en sus campañas, anticipando el camino que profundizara seguramente Lula en Brasil en caso de triunfar.

El gobierno de López Obrador es una expresión de ello. Su retórica progresista y algunas de sus medidas, si bien generaron ilusiones en amplios sectores de la población, no cuestionan lo esencial de los intereses capitalistas. Y, más aún, mantienen aspectos muy importantes de las políticas neoliberales a las que se propuso combatir: me refiero a la subordinación económica a los EEUU y a sus políticas migratorias, la precarización laboral, que afecta a millones de trabajadores del sector público y privado, o a la militarización, con la creación de la Guardia Nacional y ahora el anuncio de que, finalmente, más de sus 120,000 integrantes que están apostados en las calles estarán bajo el mando de las Fuerzas Armadas.

Aunque el gobierno mantiene un importante apoyo social, en los cuatro años de la llamada Cuarta Transformación, distintos sectores de trabajadores han dado importantes luchas de resistencia contra la precarización laboral y los despidos ─como es el caso de las y los trabajadores del Gobierno de la Ciudad de México, de Notimex, de cultura comunitaria, y de distintos sectores educativos─, También, el movimiento de mujeres tomó las calles en varias ocasiones, motorizado por la lucha contra los feminicidios que, lejos de disminuir, han crecido en nuestro país. Al calor de estos procesos surgen sectores que enfrentan al gobierno y que pueden avanzar en una perspectiva independiente, poniéndose más a tono con lo que sucede en el resto del continente.

Sin duda, las causas y condiciones económicas y sociales que provocaron las revueltas y rebeliones que se dieron desde 2019 en América Latina siguen vigentes, y pueden despertar nuevos procesos de la lucha de clases. Como decíamos antes, el pensamiento estratégico de Trotsky es fundamental si se trata de aprovechar la experiencia que están realizando sectores de la clase trabajadora con los gobiernos progresistas, para construir organizaciones revolucionarias en los distintos países de nuestra región. Que apuesten a que la clase obrera se ponga al frente de la alianza de los explotados y oprimidos y que seamos una real alternativa frente al progresismo y las direcciones reformistas del movimiento de masas en los nuevos procesos de la lucha de clases, con una perspectiva que luche por el socialismo. Ese es el horizonte que impulsan en Argentina, Chile y otros países, las organizaciones con las cuales integramos la Fracción Trotskista por la IV Internacional.

En México, las y los socialistas del MTS creemos que este desafío está planteado. Sin duda implica un debate estratégico al interior de la izquierda, donde muchos se han adaptado al gobierno de la 4T y sostienen sus políticas; la perspectiva de subordinarse al progresismo burgués en nombre de combatir a la derecha, es impotente y representa una renuncia a sostener un programa y una estrategia que defienda los intereses de la clase trabajadora.

Nosotros creemos, por el contrario, que hay que construir una organización socialista y revolucionaria, superior a lo que hoy existe, que sea políticamente independiente del progresismo lopezobradorista como de la derecha, que incorpore a los sectores de trabajadores, jóvenes y mujeres que inician una experiencia con el gobierno. En el país de Villa y Zapata, se trata de construir una organización que luche por la segunda revolución mexicana, obrera y socialista.

Pero para pelear por ese objetivo, necesitamos también levantar una perspectiva internacionalista, que frente a la unidad de los capitalistas y sus gobiernos, busque la unidad de las y los trabajadores mexicanos con sus hermanos latinoamericanos y con el poderoso proletariado multiétnico estadounidense, que empieza a moverse, como ya contaban las compañeras. Allí, en los trabajadores de Amazon, de Starbucks y de otros sectores industriales y de servicios, entre los trabajadores migrantes, están los aliados de los trabajadores estatales, de la educación, de los trabajadores de la industria que empiezan a levantarse contra el charrismo sindical. Como en los tiempos de Trotsky, cuando los marxistas revolucionarios de Estados Unidos y de México impulsaban hermanados estas tareas, enfrentando la persecución y las deportaciones. En estos tiempos, para quienes impulsamos el MTS en México y Left Voice en EEUU, es necesario retomar esa rica experiencia y levantar una política internacionalista y antiimperialista conjunta.

Ante un panorama de crisis capitalista, de guerras, e incluso del desastre ecológico al que el capitalismo lleva a la humanidad, pero también de resistencia y de nuevos procesos de la lucha de clases, hay que volver fuerza material una estrategia para la lucha, a ambos lados de la frontera, por una sociedad sin explotadores ni explotados a nivel nacional e internacional, y por un futuro comunista para la humanidad. Ese es el mejor homenaje, un homenaje militante, que le podemos hacer a Trotsky.


VER TODOS LOS ARTÍCULOS DE ESTA EDICIÓN
CATEGORÍAS

[Teoría // Ideología]   /   [León Trotsky]   /   [Latinoamérica]   /   [América Latina]   /   [Cultura]

La Izquierda Diario México

@LaIzqDiarioMX
COMENTARIOS