SUPLEMENTO

Victoria en la derrota. A propósito de Isaac Deutscher, el gran biógrafo de Trotsky

Matías Maiello

TROTSKY
Ilustración: Mar Ned - Enfoque Rojo

Victoria en la derrota. A propósito de Isaac Deutscher, el gran biógrafo de Trotsky

Matías Maiello

Grandezas y debilidades de la trilogía de Deutscher sobre León Trotsky.

A lo largo de los tres libros que componen la biografía de Trotsky escrita por Isaac Deutscher –El profeta armado, El profeta desarmado y El profeta desterrado–, historia y literatura se entrelazan creando un efecto magnético. Si fuera solo ficción ya valdría la pena leerla, pero no lo es. Retrata la vida de uno de los más grandes revolucionarios del siglo XX.

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Estamos ante uno de esos casos donde la trayectoria del autor se entrecruza con la del biografiado. Nacido en Polonia en 1907, Deutscher ingresa al Partido Comunista Polaco a los 20 años. Opuesto a la política del llamado “tercer período” de la Komintern y decepcionado por la realidad de la URSS que visita en 1931, comenzará a confluir con las ideas de Trotsky. Al año siguiente será expulsado del Partido Comunista y formará el núcleo de la Oposición de Izquierda en Polonia que luego se transformará en sección de la Liga Comunista Internacional. Sin embargo, en 1938, él y la sección polaca de conjunto, se opondrán a la fundación de la IV Internacional por considerarla prematura. Al año siguiente, Deutscher partirá a Londres unos meses antes de la invasión de Polonia por las tropas de Hitler.

Estas referencias a la vida del autor no son ociosas. Marcan claves de lectura. La fundación de una nueva internacional revolucionaria, la IV Internacional, que Deutscher considera como una dilapidación de esfuerzos, una decisión para la cual a Trotsky “le falló su comprensión de la realidad” [1], es según este último “la tarea más importante de mi vida, más importante que el período de la guerra civil o cualquier otro”. El fundamento para tal afirmación, Trotsky lo encuentra, justamente en su propia biografía: “Las vicisitudes de mi destino personal me han enfrentado a este problema y me han armado con experiencias importantes para alcanzar su solución. Actualmente no queda nadie, excepto yo, para cumplir la misión de armar a una nueva generación con el método revolucionario” [2].

Este es un nudo de un entramado mucho más amplio donde las biografías se mezclan. Según el historiador Pierre Broué, autor de otra importante biografía de Trotsky, por momentos en la trilogía “Deutscher está demasiado inclinado a interpretar a la luz de sus propias concepciones” [3]. Sin embargo, las opiniones personales del autor no impiden conocer la vida y el legado de Trotsky. En esa tensión el resultado global es que Deutscher, el biógrafo, triunfa. La narración atrapante, la reconstrucción de los debates, los dilemas históricos y personales, las encrucijadas políticas y batallas de la lucha de clases en el escenario del gran drama histórico de la primera mitad del siglo XX, logran pintar el retrato Trotsky.

En sus páginas se recrea la vida del gran revolucionario. La organización de la Unión de Obreros del Sur de Rusia por el joven Bronstein, su paso por las prisiones de Nikoláiev y Jersón, la fuga de Siberia, los debates en la socialdemocracia rusa, la revolución de 1905 y su labor como presidente del Soviet, la elaboración de la teoría de la revolución permanente, su lucha contra la guerra imperialista, la revolución de 1917 y su ingreso al Partido Bolchevique, su papel como dirigente de la insurrección de octubre y luego en la creación del Ejército Rojo, la fundación de la Internacional Comunista, la lucha contra la naciente burocracia en URSS, la Oposición de Izquierda, la Oposición Conjunta, el combate al estalinismo, el exilio, sus elaboraciones teóricas, su búsqueda constante de explorar y aprovechar las oportunidades revolucionarias en cada momento en un camino que pasa por Alemania, China, Inglaterra, el Estado Español, Francia, siguiendo el itinerario de los principales combates de la clase obrera a nivel global, y finalmente a la fundación de la IV Internacional.

La trilogía de Deutscher no es solo una gran biografía, tiene su propia historia. Para 1954, cuando fue publicado su primer tomo –El Profeta Armado–, no solo habían pasado 14 años del asesinato de Trotsky y la IV Internacional había sido diezmada por la persecución de stalinistas, nazis e imperialistas “democráticos”, sino que la Segunda Guerra Mundial había catapultado el prestigio de la burocracia soviética producto de haber derrotado a la Wehrmacht. Las nuevas generaciones que se radicalizaban a la salida de la guerra veían en ella “el” comunismo. La acción conjunta del stalinismo y las potencias imperialistas habían frenado la revolución en los países centrales y las grandes revoluciones como la China de 1949, burocratizadas desde su inicio, no dieron lugar a una nueva internacional. La crisis que se produce en el comunismo “oficial” a la muerte de Stalin en 1953 encontraba a la figura de Trotsky sepultada bajo montañas de calumnias, mentiras y falsificaciones. Parafraseando Walter Benjamin, ni los muertos estaban seguros, y menos aún Trotsky.

En este contexto la trilogía tuvo un impacto enorme. Uno de los más destacados falsificadores de la historia de los últimos tiempos, Robert Service, recuerda resentido el “resurgimiento de la reputación de Trotsky en Occidente gracias al trabajo de su seguidor polaco Isaac Deutscher” [4]. El brillo literario, la investigación histórica, su capacidad para presentar la escena política e incluso los debates teóricos fluyendo como parte del relato, reviven en una reconstrucción documentada la imponente trayectoria revolucionaria de Trotsky y contribuyen así a resituar su lugar en la historia. Fue devorada desde su primera publicación por varias generaciones de lectores de Europa, América, y otras latitudes que se incorporaban a la vida política. Llegando a la militancia y mucho más allá, la trilogía representó un significativo aporte para la continuidad del legado de Trotsky luego de la Segunda Guerra Mundial.

Ahora bien, si el halo del biógrafo, autor de esta obra monumental, llega hasta nuestros días, las esperanzas que abrazaba Deutscher en una autorreforma de la burocracia de la URSS como vía para la regeneración de la perspectiva socialista pueden parecer extrañas e incluso extravagantes a las nuevas generaciones que lean su obra en la actualidad. Pero en aquel entonces no era así. Para 1945, la política de Roosevelt, quien veía una gestión coordinada con Stalin del sistema mundial a la salida de la guerra convencido de que este no quería exportar la revolución, es sustituida por la más agresiva de Truman –que incluyó Hiroshima y Nagasaki como advertencia a la URSS– y dio inicio a la llamada “guerra fría”. La lucha de clases mundial era presentada como una lucha entre “campos” estatales. Un punto de vista útil tanto al imperialismo –para combatir y ocultar el desarrollo de esta lucha de clases al interior del “campo” capitalista–, como a la burocracia de los Estados obreros frente a los procesos de revolución política que atravesaron las tres décadas que siguieron a la guerra mundial.

La visión de Deutscher quedó atrapada en este clima de época. Como diría él mismo sobre Trotsky en El profeta armado: “Cierto es que, desde su atalaya, no pudo abarcar todo el panorama a sus pies: densas nubes ocultaban algunas de sus partes, y el juego de la distancia y la perspectiva parecía diferente de lo que se ve desde el valle” [5]. Así fue que depositó expectativas primero en el sucesor de Stalin, Malenkov, y luego en Jrushchov, afirmando en El profeta desterrado, publicado en 1963, que “por una ironía de la historia, los epígonos de Stalin comenzaron la liquidación del stalinismo y en consecuencia llevaron a la práctica, a pesar de sí mismos, partes del testamento político de Trotsky”. A lo cual agregaba que: “La historia, por lo tanto, tal vez reivindicará al Trotsky que durante doce o trece años luchó por las reformas [en la URSS] y no al Trotsky que, en los últimos cinco años de su vida, abogó por la revolución” [6]. Pasadas más de tres décadas de la caída del muro de Berlín, la historia ha refutado ampliamente el pronóstico de Deutscher.

A finales de los ‘80 y principios de los ‘90, la burocracia de la ex-URSS se pasó con armas y bagajes al neoliberalismo para avanzar en la restauración del capitalismo en Rusia, como lo hicieron también, con sus particularidades, las burocracias del resto de los Estados obreros burocráticos. En contraste, la apuesta estratégica de Trotsky por una “revolución política” que defendiendo las conquistas de la Revolución de Octubre, derrocara a la burocracia para recuperar la democracia de los Soviets y reformulara toda la planificación económica en beneficio de las mayorías, así como su lucha sin cuartel por la extensión internacional de la revolución como única vía para desbloquear la perspectiva socialista, se erigen como dos grandes conclusiones de toda la experiencia revolucionaria del siglo XX.

Aunque Trotsky nunca llegó a ver una “revolución política” como la que avizoraba, múltiples procesos de este tipo tuvieron lugar en la segunda mitad del siglo. Desde la insurrección de Berlín en 1953, Hungría y Polonia en 1956, pasando por la Primavera de Praga en 1968, hasta el proceso polaco de 1980-81. Sin embargo, Deutscher vio en aquellos procesos sobre todo una amenaza. En El profeta desarmado, sostiene que: “Europa del Este (Hungría, Polonia y Alemania del este) […] se encontraron al borde la restauración burguesa al término de la era de Stalin; sólo la fuerza armada soviética (o su amenaza) la frustró allí” [7]. Un camino muy diferente al recorrido por otros intelectuales como por ejemplo Peter Fryer, periodista del Daily Worker –órgano oficial del PC británico– que luego de ser enviado a cubrir la supuesta “contrarrevolución” en Hungría en el ’56 saca la conclusión de que “todo el futuro del movimiento comunista mundial depende de poner fin al stalinismo” [8] y se une a las filas del trotskismo. El súbito colapso de la URSS en el ‘89-‘91 y su devenir capitalista es inentendible sin la derrota de todos estos procesos a manos de la burocracia.

En lo que refiere al desarrollo internacional de la revolución, Deutscher proyectaba hacia el pasado y el futuro la situación de la segunda posguerra donde la revolución se encontraba bloqueada en los centros imperialistas. Al mirar hacía la década de 1930 polemiza retrospectivamente con Trotsky. Se pregunta en relación a las posibilidades revolucionarias fuera de la URSS: “¿en qué grado eran reales y cuál era la importancia de ese potencial entre las dos guerras?”; y se responde: “Trotsky lo vio repleto de probabilidades revolucionarias desaprovechadas. El historiador de la época no pudo estar tan seguro de esas posibilidades latentes. Él tan solo puede evaluar su actualidad, no su potencialidad” [9]. De esta forma, el historiador excluye el pensamiento estratégico, descarta el cálculo de probabilidades, y busca simplemente constatar los resultados dando la espalda al campo de batalla. Una visión que parecería contrastar con la de aquel militante del comunismo polaco que a comienzos de los ’30 había organizado la oposición contra la política criminal del “tercer período” con la que el stalinismo allanaba el avance de los nazis, que solo 5 años antes de llegar al poder eran una fuerza secundaria en Alemania sumando unos 800 mil votos frente a los más de 13 millones de socialistas y comunistas.

La idea que movilizó a Lenin y Trotsky sobre que el triunfo de la revolución alemana, con su poderosa clase obrera, su industria y tecnología, podría haberse unido a la vasta Rusia soviética para ser el pivote de la revolución mundial se ubica por fuera del horizonte deutscheriano. Esto, a pesar de que el derrotero de la revolución en Alemania marcó a fuego todo el período de entreguerras, el destino de la URSS y, por ende, la vida del propio Trotsky. Desde su lugar como negociador de la paz de Brest-Litovsk apostando al estallido de la revolución que llegaría meses después en noviembre de 1918, pasando por el levantamiento de marzo de 1921 que lo llevaría a la lucha contra las tendencias izquierdistas en la Internacional Comunista y la derrota del ‘23 producto de las vacilaciones de la dirección que aceleraría la consolidación de la burocracia en la URSS, hasta el combate de finales de la década del ‘20 y principios de los ’30 contra la línea stalinista de “clase contra clase”, y finalmente el ascenso sin lucha de Hitler en 1933, luego del cual, Trotsky emprenderá el camino hacia la fundación de una nueva internacional.

Deutscher sostiene que “Stalin operó desde el supuesto de la inexistencia de posibilidades de una victoria comunista en Occidente o en Oriente. Si efectivamente fue así, entonces sacrificó al egoísmo de la Rusia bolchevique la sombra y no la esencia de una revolución mundial” [10]. Una concepción, sin dudas, opuesta a la de Trotsky, para quien el triunfo de nuevas revoluciones podía ahorrarle a la humanidad la barbarie de Auschwitz y el gulag, y evitar una masacre a gran escala como la que finalmente tuvo lugar con la Segunda Guerra Mundial. La perspectiva de Deutscher, huérfana de lucha de clases capaz de dar una respuesta positiva a la contradicción entre revolución y contrarrevolución, necesitaba algún demiurgo de la Historia que viniera en su auxilio, y lo encontró en el propio desarrollo de las fuerzas productivas nacionales de la URSS.

Sus esperanzas se situaban al interior de la Unión Soviética que para ese entonces había pasado de ser un país atrasado donde la extrema pobreza en el campo y el analfabetismo eran la norma, a convertirse en la segunda potencia mundial. Con esta vara evaluará la estrategia del Kremlin en la segunda posguerra: la “coexistencia pacífica”. “Hace treinta años, –decía Deutscher en 1956– el statu quo significaba el aislamiento de la Unión Soviética débil y atrasada frente a las potencias no comunistas, inmensamente superiores […]. La cuestión de si el bolchevismo debía consagrarse ante todo a la ‘construcción socialista’ en el interior o a la temprana difusión de la revolución en el extranjero era entonces un verdadero dilema […] Actualmente, Moscú no tiene un dilema tan grave que le preocupe. La fuerza principal del comunismo, actual y potencial, está dentro del bloque soviético y no fuera” [11].

Pero aquella “superación” del dilema mostró ser un juego de espejos. No solo porque una de las claves para la reconstrucción de la URSS, luego de la guerra fue el desarrollo de un amplio proceso de expoliación y opresión nacional de los Estados del glacis ocupados por el Ejército Rojo, sino también porque ya para finales de la década de 1950, las propias prebendas y arbitrariedad burocrática en la planificación, así como la influencia de los mecanismos del mercado mundial capitalista en el que la URSS estaba inmersa, sellaron nuevamente sus límites estructurales. Comenzó la reversión de los principales indicadores económicos, la caída de la producción agrícola, de la productividad industrial y del consumo, y para mediados de la década de 1960, la caída de Jrushchov expresaba el fracaso de las políticas económicas del Kremlin y las esperanzas del desarrollo del “socialismo en un solo país”.

A finales de la década de 1960, no fue el ejemplo del desarrollo económico de la URSS, como hubiera esperado Deutscher, quien falleció en 1967, lo que golpeó sobre las masas de los centros imperialistas, sino la lucha de clases en la periferia. En EE. UU. fueron los movimientos por los derechos civiles y las protestas cada vez más masivas contra la guerra de Vietnam, que se desarrollaban también en Europa combinadas con los movimientos en apoyo a Argelia. En 1968, el imperialismo norteamericano sufría una derrota de proporciones con la ofensiva del Têt, y semanas después, en el marco del retroceso de las condiciones de vida y el fin del “boom” económico de posguerra, comenzaría el ascenso de la lucha de clases en Europa, que incluiría no solo el Mayo Francés y el Otoño Caliente italiano, sino la Primavera de Praga contra la burocracia. A contramano del pronóstico de Deutscher, se plasmaba en este punto la vigencia de la teoría de la revolución permanente.

La derrota de aquel ascenso de masas, que conmovió las más diversas latitudes del planeta marcará también el destino de la URSS, así como de la gran mayoría de los Estados donde se había expropiado a la burguesía. Lo que discípulos de Deutscher como Fred Halliday vieron cómo el inicio de una prolongada “segunda Guerra Fría”, en realidad fue el inicio del desmoronamiento del bloque soviético cuyas bases habían sido corroídas por la burocracia hasta destruirlas. Frente a lo que Deutscher presentaba en su momento como una visión realista de la relación de fuerzas, fue el abordaje de Trotsky el que se mostró más acertado al integrar los múltiples niveles de análisis de la economía, la geopolítica y la lucha de clases pero considerando siempre el de la lucha de clases mundial como aquel amplio marco en el que se sitúan los resultados finales. El destino de la URSS no se decidió por el desarrollo interno de sus fuerzas productivas, ni siquiera en los mapas de los Estados Mayores, sino en el mapa de la lucha de clases global.

Aunque Trotsky no pudo prever el mundo de la Guerra Fría, difícilmente podría haberlo hecho en 1940, su pronóstico alternativo sobre el destino de la URSS desarrollado en La revolución traicionada, se mostró acertado: o bien triunfaba una “revolución política”, o bien la burocracia terminaría restaurando el capitalismo. Al contrario de lo que señalaba Deutscher, es el Trotsky de los últimos cinco años de su vida, que abogó por la revolución contra la burocracia así como por la lucha sin cuartel contra la colaboración de clases de los “frentes populares” y por la extensión internacional de la revolución como única vía para desbloquear la perspectiva socialista, el que se proyecta históricamente sobre el siglo XX y llega hasta la actualidad.

El profeta armado comienza con una extensa cita de El Príncipe de Maquiavelo que oficia de explicación al nombre de la zaga. En ella, dice el florentino, que “todos los profetas armados han sido vencedores, y los desarmados abatidos”. Y agrega: “conviene notar, además, que el natural de los pueblos es variable. Fácil es hacerles creer una cosa, pero difícil hacerles persistir en su creencia. Por cuyo motivo es menester componerse de modo que, cuando hayan cesado de creer, sea posible constreñirlos a creer todavía” [12]. Sin embargo, Trotsky, rechazaba la idea de que estos métodos pudiesen contribuir al avance hacia el socialismo. Por eso se negó a tomar el poder con las bayonetas del Ejército Rojo frente al ascenso de Stalin [13], sabía perfectamente que el socialismo era una construcción consciente que no podía llevarla a cabo ningún “déspota revolucionario” [14]. La teoría y el programa marxistas y la organización revolucionaria eran las principales armas de las que se podía valer el proletariado en relación con sus fines.

La IV Internacional no logró adquirir, pese al gran ascenso revolucionario que tuvo lugar a la salida de la Segunda Guerra Mundial, el peso de masas que Trotsky preveía. Incluso muchos de sus partidarios más prominentes cedieron a las presiones del mundo de posguerra con la ilusión de lucha entre “campos”, el fortalecimiento del stalinismo y de las tendencias reformistas en los países centrales a partir del boom económico, y el florecimiento de los movimientos “tercermundistas” en las colonias y semicolonias. Sin embargo, como decía Antonio Gramsci, a la dirección de un partido debe juzgársela en función: “1) de lo que hace realmente; 2) de lo que prepara para el caso de que fuera destruida”. A lo que agregaba: “Entre estos dos hechos es difícil indicar el más importante” [15]. Si tenemos en cuenta esto, desde la posguerra hasta hoy, luego de la Restauración burguesa, la herencia de la IV internacional y las elaboraciones teórico políticas de Trotsky son sin duda el gran legado para los revolucionarios del siglo XXI.

Deutscher termina el último volumen de la trilogía con un epílogo titulado “Victoria en la derrota” para destacar los aspectos de victoria que acompañaban al Trotsky exiliado y aislado al final de su vida. Podríamos decir que también su gran biógrafo tuvo su “victoria en la derrota”. Su propia derrota fue apostar a la autorreforna de la burocracia, al avance hacia el socialismo dentro de las fronteras nacionales y desde arriba. Su victoria fue habernos dejado esta gran obra para conocer la vida y el legado revolucionario de Trotsky, y así, contradictoriamente, o tal vez no, haber contribuido a la lucha actual por la reconstrucción de la IV Internacional.

Conseguí la trilogía de Isaac Deutscher sobre Trotsky en la librería virtual de Ediciones IPS.

NOTAS AL PIE

[1Deutscher, Isaac, El profeta desterrado, Buenos Aires, Ediciones IPS y LOM, 2020, p. 196.

[2Trotsky, León, “Diario del exilio”, citado en Deutscher, Isaac, El profeta desterrado, ob. cit., pp. 226-227. Ver también: ¿Adónde va Francia? / Diario del exilio, Buenos Aires, Ediciones IPS-CEIP León Trotsky, 2013 (Obras Escogidas 5, coeditadas con el Museo Casa León Trotsky), pp. 243-244.

[3Pierre, Broué, “Trotsky: a biographer’s problems”, en Brotherstone, Terry y Dukes, Paul (eds.), The Trotsky Reappraisal, Edimburgo, Edinburgh University Press, 1992, p. 18.

[4Service, Robert, Trotsky, Barcelona, Ediciones B, 2010.

[5Deutscher, Isaac, El profeta armado, Buenos Aires, Ediciones IPS y LOM, 2020, p. 157.

[6Deutscher, Isaac, El profeta desterrado, ob. cit, pp. 281 y 282.

[7Deutscher, Isaac, El profeta desarmado, Buenos Aires, Ediciones IPS y LOM, 2020, p. 416.

[8Fryer, Peter, “La tragedia de Hungría”, en Hungría del ‘56, Buenos Aires, Ediciones IPS, 2006, p. 103.

[9Deutscher, Isaac, Rusia después de Stalin, disponible en: https://www.marxists.org/espanol/deutscher/1953/rusia_despues_de_stalin. htm.

[10Ídem.

[11Deutscher, Isaac, Rusia, China y Occidente. Crónica contemporánea 1953-1966, México, Era, 1977, p. 66.

[12Maquiavelo, Nicolás, El Príncipe, capítulo VI, citado en Deutscher, Isaac, El profeta armado, ob. cit., p.13.

[13Trotsky fundamenta esta negativa en su artículo de noviembre de 1935 “¿Cómo venció Stalin a la Oposición?”, disponible en https://ceip.org.ar/Como-vencio-Stalin-a-la-Oposicion.

[14Ver: Deutscher, Isaac, Stalin. Biografía política, México, Era, 1965.

[15Gramsci, Antonio, “Maquiavelo. Cuándo puede decirse que un partido está formado y no puede ser destruido con medios normales” (Q14, §70), Cuadernos de la cárcel, Tomo 5, México, Ediciones Era, 1999, p. 160.
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Matías Maiello

Nació en Buenos Aires en 1979. Es Lic. en Sociología y docente (UBA). Militante del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS). Es coautor junto con Emilio Albamonte del libro Estrategia Socialista y Arte Militar (2017).
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