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24 de octubre de 2021 Twitter Faceboock

DEBATE DESDE LA IZQUIERDA
La estrategia del PCV frente al chavismo: de la “distención” y el seguidismo a la “defensa del legado”
Humberto Zavala | Venezuela | @1987_zavala

El vuelco del Partido Comunista de Venezuela hacia la naciente Alternativa Popular Revolucionaria (moteada por Maduro como “izquierda trasnochada”) y los recientes debates sobre las posiciones históricas del PCV frente a los gobiernos de Chávez y Maduro, invitan a reflexionar sobre las raíces profundas de dicha orientación y cómo inciden todavía en sus concepciones estratégicas y programáticas. Planteamos algunas ideas a partir de las polémicas públicas que ha venido sosteniendo Carlos Aquino, dirigente nacional del PCV.

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El nacimiento de la Alternativa Popular Revolucionaria (APR) en agosto del 2020 convocada y conformada por partidos como el PCV, PPT junto a desprendimientos del “chavismo crítico” y otras agrupaciones o sectores de base, con un escenario de catástrofe económica y social de fondo y de cara a las elecciones parlamentarias de finales de año donde obtuvieron una banca, suscitó desde la reacción despótica del aparato gobernante del PSUV contra su militancia durante y después de la campaña electoral, hasta alguno que otro debate entre los grupos que militan a la izquierda del gobierno de Maduro.

Cuando se aproxima su primer congreso nacional, lo que inicialmente se presentaba como “no una ruptura sino un deslinde electoral” (frente al gobierno) asume en su portavoz parlamentario del PCV el lugar de “verdaderos continuadores del legado de Chávez” contra la “deriva ultra liberal” del gobierno de Maduro. Pero ante estos posicionamientos hay militantes y cuadros del PCV que no están conformes con que su partido, aun habiendo, por fin, “deslindado” con Maduro, tenga el perfil de ser los “consecuentes defensores del legado de Chávez”, y exigen revisar (y corregir) la actitud histórica de este partido hacia los gobiernos de Chávez y Maduro. Este parece ser el caso de la polémica de Carlos Aquino, miembro de la dirección nacional del PCV.

La alianza histórica del PCV y el chavismo en el “debate Aquino”

A lo largo de una serie de artículos, como «Espuelazos... a quienes corresponda», «Es tiempo de “lavar la ropa sucia” dando la cara» y «Descubrir la verdad, sin importar a dónde nos lleve», con la habitual jerga “marxista-leninista” a la usanza del partido que lo formó, Aquino ofrece un recuento de las posiciones históricas de la dirección del PCV frente a los gobiernos de Chávez y Maduro entre el 2000 y 2017, citando una generosa cantidad de hechos, documentos y declaraciones, tanto oficiales como extra oficiales.

Demuestra de manera clara y tajante cómo el PCV “se permitió y promovió la enorme influencia de las concepciones chavistas en todos los niveles de la estructura del PCV, llevándolo a desempeñar un papel complaciente y seguidista”, y le cuestiona a su partido que ya por fuera del “Polo Patriótico” y de cara a la conformación del APR sigan propagando la influencia del chavismo en lugar de realizar un profundo balance autocrítico sobre el mismo.

Y es que en el terreno de las definiciones problemáticas hacia el chavismo pesan sobre el PCV en el período de 2006-2007: 1) que la “revolución bolivariana” era “expresión de la más amplia democracia participativa y protagónica”; 2) que estábamos en “una fase de transición al socialismo”; 3) que presenciábamos “la sustitución del modo de producción capitalista, a favor del socialismo”; 4) que era para el PCV “nuestro proceso revolucionario”; 5) que Chávez era “líder del proceso revolucionario, de la lucha antiimperialista y por el socialismo”, “liderazgo indiscutible (...) para avanzar victoriosamente rumbo al socialismo” (citado por Aquino, 26/04/21 en aporrea.org).

¡De tal nivel de adaptación ideológica (y práctica) a la estrategia del chavismo estamos hablando! No podríamos menos que coincidir con el polemista en que tal adaptación, tal caracterización como “revolucionario” y “socialista” de un proyecto y un liderazgo apenas tibiamente nacionalista burgués, es totalmente problemática para quienes se digan comunistas. Pero amén del aporte a este necesario debate de ideas emprendido por Aquino al exponer lo anterior, en su diatriba dirigida contra la dirección del PCV parece haberle comprado el mismo tipo de ubicación política que lo dejará a la mitad de la problematización.

Y es que esta adaptación que acusa en la dirección, podría resultar hasta “lógica” en la concepción de la “revolución por etapas” de los viejos partidos comunistas del continente: el consabido dogma de que en países como los de Nuestra América, “corresponde”, primero, una etapa histórica de lucha “antiimperialista y antioligárquica”, “de liberación nacional”, y sólo posterior a haber completado las tareas de dicha etapa por medio de una alianza que no precisa un corte determinado en la periodización histórica (es decir, la mentada etapa puede ser tanto de algunos años como de un siglo), pero sí el sujeto social que las lidera, “las burguesías nacionales” o “democráticas”, solo después, comenzaría la transición a la nueva etapa, una revolución “obrera, anticapitalista y socialista”. ¿Suena acaso familiar?

La consecuencia lógica de tal dogma –que jamás ha tenido alguna experiencia histórica que lo compruebe– es que, en esa “primera etapa”, a la clase obrera se le niega el derecho a luchar hasta el final por sus propios intereses de clase, es decir, no solo por reivindicaciones en el marco del capitalismo, sino por derrocar el capitalismo e instaurar su propio poder. Una lucha que, a su vez, exigiría la más plena independencia política de los trabajadores frente a las demás clases sociales, en especial frente a la burguesía, es decir, tener su propio proyecto revolucionario y luchar para hacerlo realidad, para sumar tras ese proyecto a los demás sectores postergados por el capitalismo, lo que quiere decir que no va detrás de otro proyecto político que no sea el suyo, como clase.

Esto, sin embargo, según el dogma en cuestión, “no corresponde” a esta etapa. Asignándole al proletariado apenas el papel de ser un acompañante “clasista” del proyecto burgués “nacionalista” o “antiimperialista” de turno, peleando, a lo sumo, por alguna que otra reivindicación radical, que sin embargo no rompa la “alianza antiimperialista” con sectores de la burguesía, es decir, que no rompa el colaboracionismo de clases. En teoría, todo esto en función de una hipotética “acumulación de fuerzas” o de “condiciones” para, a futuro, cuando llegue la “siguiente etapa”, no se sabe si en pocos años o en más de un siglo, proponerse entonces sí la lucha proletaria por la revolución socialista.

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Tal es la razón por la cual su política hacia “el proceso” fue de facto la negación de la lucha de clases en favor de la “distención” hacia los gobiernos de Chávez y Maduro por poco más de 18 años, en los que trabajó decididamente en bloquear toda posibilidad de que las luchas de la clase trabajadora tomaran un curso independiente de las direcciones sindicales pro gobierno o a lo sumo limitándolas a demandas estrechamente economicistas intentando servir de “mediación” entre sus reclamos y las instituciones del Estado, así como justificando en más de una oportunidad el curso bonapartista del Gobierno, justificando poderes habilitantes, haciendo vergonzantes silencios ante represiones y encarcelamientos de trabajadores, avalando la ANC fraudulenta, entre tantas otras.

Los resultados de dicha política por sí solos relucen en relación al estado en que se encuentran actualmente las fuerzas productivas del país, frente a la opulencia y autoritarismo de la camarilla gobernante que ayudaron a consolidar, más todavía, el estado en que se encuentran hoy por hoy tanto objetiva como subjetivamente la clase obrera de conjunto y los sectores populares... para no hablar demasiado del estado en que se encuentra actualmente el propio PCV.

De hecho, el seguidismo del PCV al chavismo, no solo cuando Chávez sino incluso ante Maduro y el giro brutalmente ajustador y represivo, provocó en años previos la salida de sus filas de militantes honestos que, sin embargo, no consiguieron dentro del partido el clima ni las vías para desarrollar democráticamente sus posiciones y poder incidir en un cambio de rumbo del partido. El que salgan hoy a la luz pública las críticas de Aquino, que expresamente llama a no mantener hacia afuera un falso monolitismo que no existe, expresa esa acumulación in extremis de la inconformidad al interior de este partido.

¿“Errores tácticos” o un problema de estrategia política?

Retomando la idea anterior, Aquino acierta en criticar la política de “distención” del PCV hacia los gobiernos de Chávez y Maduro en el periodo 2000-2017, pero su límite está en pensar que el PCV que conocemos daba para una política sustancialmente distinta a la que terminó adoptando, la que nos presenta apenas como una deriva “social reformista” de la dirección del partido, contraria al otrora “marxista-leninista”, “genuinamente comunista” o “glorioso y combativo” PCV. Es decir, que desde las concepciones y tradiciones del PCV se podría haber tenido una política diferente ante Chávez, distinta a la “distención” y el “seguidismo”. Pero, ¿es esto cierto? ¿Cómo se terminó imponiendo entonces siempre esa línea “de la dirección” y no otra “más racional” o “más de principios”?

Al contrario, quien escribe estas líneas considera que esta política del PCV no cayó del cielo, como mencionaba hace un momento, ella es cónsona con la concepción de “revolución por etapas” propia de ese supuesto “marxismo-leninismo”.

El colaboracionismo de clases, tras la idea de “alianzas patrióticas”, no es ajeno a la doctrina y a la tradición impunemente llamadas “marxista-leninista”, es más bien parte fundacional e integral de las mismas.

Pero logra imponerse además por otras condiciones que tampoco tienen nada que ver con los principios de clase de la ortodoxia marxista, y sí por el contrario con las más cristalizadas características de los partidos estalinistas: el verticalismo burocrático entre los métodos de conducción y funcionamiento interno del partido, la negación de la democracia interna del partido, la imposición de un centralismo burocrático vendido como centralismo democrático; y finalmente, la estrategia de “frente popular” que explicaremos en las líneas siguientes, donde lo primero nos indica por qué lo segundo siempre termina por imponerse en este tipo de organización partidaria.

Las raíces teóricas e históricas de la estrategia de “distención” del PCV

Más allá de las variaciones específicas que sufrirá la fisonomía política del partido a lo largo del siglo XX y XXI, en el terreno táctico y de sus alianzas de corto y mediano plazo, las concepciones teóricas y organizativas más cristalizadas del PCV son fiel herencia de las orientaciones de la Internacional Comunista de mediados de la década del 30 del siglo pasado, cuando el otrora partido de la revolución proletaria mundial comenzaba a ser hegemonizado por Stalin hasta su completa liquidación.

Gracias a las innumerables lecciones estratégicas de la “revolución de octubre” de 1917 y los procesos revolucionarios de la época (es decir, tanto los triunfantes como los derrotados, que fueron la mayoría), la Internacional Comunista en vida de Lenin pudo legar en su tercer congreso la táctica del Frente Único obrero, que orientaba a los comunistas a impulsar acciones audaces en común con las organizaciones reformistas de masas (que hasta entonces eran “obreras” en su composición), conservando los principios de independencia política y organizativa. Era una política a la vez defensiva y con perspectivas de pasar a la ofensiva: un medio para unir las fuerzas de la clase trabajadora (más allá de la adscripción como comunistas, socialdemócratas, anarquistas, etc.) para defenderse frente a los ataques de los capitalistas y sus gobiernos (bien fueran “democráticos” o fascistas), y a su vez para preparar la ofensiva revolucionaria, convenciendo, mediantes esas luchas, mediante esa experiencia práctica, a los trabajadores no comunistas, que adscribían a corrientes reformistas, que sus direcciones serían incapaces de luchar por sus reivindicaciones hasta el final y que tales reivindicaciones sólo tendrían solución definitiva por medios revolucionarios.

Por cierto que cuando Aquino señala la deriva “social reformista” de la dirección del PCV, no advierte siquiera la enorme brecha que hay entre el “reformismo obrero” de principios del siglo XX (ya bastante perjudicial y embaucador para los trabajadores, pero de origen proletario), y el “reformismo” de partidos burgueses –con caudillos militares– como el PSUV o el “legado del comandante” al que visiblemente el PCV adhirió en las últimas décadas.

Volviendo al asunto, estas políticas de la Internacional Comunista en vida de Lenin fueron abandonadas totalmente bajo la dirección de Stalin y Cía. Una vía fue optando por la táctica “ultraizquierdista” a principios de los 30’s que señalaba de “socialfascistas” a las organizaciones obreras socialdemócratas y se negaba a hacer frente único con estas para enfrentar el fascismo, cumpliendo un papel nefasto al facilitar así el ascenso del nazismo en Alemania. La otra vía fue un giro de 180 grados a derecha, hacia los “frentes populares”.

El abandono de la táctica de Frente único obrero por parte de los viejos Partidos Comunistas a mediados de la década del 30 del pasado siglo tuvo un correlato en la teoría y programa, que se consolidó retrocediendo a formulaciones que ya las revoluciones obreras habían enterrado, como la “colaboración de clases” en los llamados “Frentes Populares”, es decir la unidad programática de los PC con fracciones “progresivas” de la burguesía “antifascista”, o “democrática”, o “antiimperialista y antioligárquica”, según sea el caso. A la par que también en los métodos de conducción de los partidos, que se caracterizaron por el monolitismo, la verticalidad y el burocratismo, que obstaculizaron siempre la posibilidad de desarrollar hasta el final debates teóricos y políticos que desafiaran lo fundamental de esta política, desafío que siempre escamotearon señalando a la disidencia como “trotskista”.

Cuando el “comunismo oficial” hace pie en nuestro país, es ya en esa época de degradación y retroceso en la Internacional Comunista, a diferencia de otros países de la región (como Cuba, Chile, Argentina, Brasil, Perú, México, etc.), donde la IC tenía partidos o grupos durante la década de los 20’s, y donde por tanto se conocieron y se vivieron los rigores de la encarnizada lucha entablada al interior del PC de la URSS y el resto de la IC, entre la burocracia que se iba enquistando y quienes por izquierda se oponían al abandono del bolchevismo. Aquí, ya en los 30’s, llegó todo “filtrado”, todo ya con la impronta estalinista.

Es así como el PCV, ya en sus orígenes practicaba este tipo de política “frentepopulista” justificándola con la necesidad de enterrar la herencia de la dictadura gomecista por medio del “Bloque de abril” de 1936, o por medio del apoyo político al general y gobernante Isaías Medina Angarita (1941-1945), o en la “Junta Patriótica” en el período 1957-1958 al auspiciar el pacto de avenimiento obrero-patronal para frenar los procesos de lucha hasta que se consolidara la “democracia”, o mediante el apoyo electoral a Wolfgang Larrazábal para las elecciones de 1958, o en “alianzas tácticas militares” con fracciones “patrióticas” del ejército durante la lucha armada de los años 60, o en el “Chiripero” para llevar al gobierno al neoliberal Caldera, justo antes de entrar en alianza estratégica con el chavismo.

Hay una continuidad histórica, una tradición de colaboración de clases, que Carlos Aquino no advierte, o conscientemente ignora, haciendo eje solo en el chavismo, sin profundizar por tanto en explicar cuáles son las razones por las cuales su partido ha tenido tan grave adaptación al chavismo, no solo en época de Chávez sino también de Maduro, hasta hace muy poco. Por eso nos parece que en su crítica se queda a medio camino, que aún rasga la superficie del problema.

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A modo de cierre: ¿podemos esperar del PCV una completa ruptura con el “legado de Chávez”?

En líneas anteriores hemos situado la estrategia de “distención” del PCV hacia el chavismo como apenas una etapa en la larga cadena de fidelidad a su política de construir “Frentes Populares” con sectores de la política nacional que representan a una burguesía emergente que logra embaucar a la clase obrera y al pueblo pobre con representaciones y consignas “democráticas” o “antiimperialistas y antioligárquicas”.

Si nos tomamos el tiempo suficiente para reflexionar las cosas que hemos intentado señalar en este artículo, entenderemos lo urgente que es en el actual escenario tanto nacional como internacional, luchar por construir un partido revolucionario basado en los principios de la lucha de clases, que sea capaz de unificar estrategia y programa en las distintas batallas que toque librar a la clase obrera hacia la conquista del socialismo, razones estas por las cuales quienes construyeron la LTS en Venezuela jamás claudicaron ante el chavismo.

Suponiendo de manera contra fáctica, tal vez Aquino tenga algo de razón al reclamar que la fisonomía política del PCV pudo no ser tan obsecuente y tal vez hasta un poquitín más “ofensiva” hacia los gobiernos respectivos de Chávez y Maduro, especialmente como señala, después de los años 2007 y 2013, pero en lo sustancial hemos visto que esta actitud del PCV hacia estos gobiernos no podría ser más coherente con su orientación histórica.

La pregunta importante es, sin embargo, ¿podrían esperar la clase obrera y los sectores de la juventud de izquierda que aspiran genuinamente a construir un partido revolucionario, “el viraje revolucionario” de la dirección del PCV en la APR? Podríamos decir desde ya con toda certeza que eso sería la negación de sus fundamentos teóricos y programáticos como partido. Para romper realmente con la subordinación al proyecto de colaboración de clases encarnado por Chávez, tendrían que romper con la “ortodoxia marxista-leninista” (es decir, estalinista) que indica las alianzas de colaboración de clases con cuanto proyecto burgués “nacionalista” o “patriótico” aparece por estos lares.

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