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3 de abril de 2022 Twitter Faceboock

Ideas de Izquierda
Socialismo, revolución y futuro: sobre el nuevo número de Jacobin
Eduardo Castilla | @castillaeduardo
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En una suerte de loop permanente, el debate por el futuro y el pasado reaparece en las discusiones de la intelectualidad de izquierda y progresista. Las causas son evidentes: la debacle capitalista empuja al planeta al creciente caos. Imaginar un horizonte distinto al desastre resulta complejo, aventurado hasta cierto punto. Ese marco es el que permite que el balance de las experiencias socialistas y comunistas del siglo XX sigue reemergiendo [1].

Esos son los temas que trae a discusión el último número de Jacobin Latinoamérica: “Volver al futuro” es volver a interrogarse por las experiencias del llamado socialismo real; por las relaciones entre socialismo y democracia; y por los postulados que debe levantar cualquier perspectiva de transformación del orden existente.

Con la intención acordamos. Como marxistas revolucionarios estamos obligados por nuestra pasión a buscar las lecciones estratégicas del pasado en función de los combates del presente y la preparación estratégica de los que vendrán. Ese es nuestro punto de partida para un repaso crítico de la mirada que permea la revista y, en particular, el texto de presentación firmado por Martín Mosquera [2].

De revoluciones y tradiciones

Yendo a inicios del siglo XX, Mosquera reseña:

Había confianza en el futuro porque los avances sociales y políticos lo permitían. Los partidos socialdemócratas crecían elección tras elección, los sindicatos aumentaban sus afiliados y se había desarrollado una vigorosa subcultura obrera en el seno de la sociedad burguesa (…) A partir de 1914, en un puñado de años se experimentarían de forma acelerada los problemas que luego marcarán repetidamente al siglo XX: capitulación de la socialdemocracia, burocratización del primer Estado obrero, autonomización u oligarquización de las direcciones partidarias, conservadurismo de las estructuras sindicales, resiliencia del Estado burgués y de su aparato represivo (pp. 7-8).

El racconto resulta arbitrario. Se desentiende de un evento monumental: el triunfo de la Revolución rusa y la creación del primer Estado obrero de la historia, hecho que despertó esperanzas de transformación en las masas oprimidas y explotadas del mundo. ¿Cómo hablar de la burocratización sin hablar del triunfo? ¿Cómo explicar la deriva posterior sin dar cuenta de las potencialidades? La degeneración burocrática de la URSS solo entró a la historia tras la capitulación de la socialdemocracia y su traición a la revolución alemana de 1918, donde fueron brutalmente asesinados Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht. Se consolidó en los marcos de otra revolución fracasada, también en Alemania, pero en 1923 [3].

Partiendo de ese balance abstracto, Mosquera define la necesidad de “reconstruir un horizonte político alternativo”, señalando que

Como bien señala Catherine Samary, no podemos desentendernos del estalinismo simplemente afirmando: “no fue socialismo, no nos concierne”. Una cierta idea del socialismo ya no es deseable o factible: eliminación rápida del mercado, estatización generalizada de la vida social, supresión de las libertades formales y de las instituciones representativas en nombre de un tipo de democracia superior (p. 9).

Esta generalización no da cuenta de los debates y análisis que marcaron los primeros años de la revolución rusa, así como las décadas siguientes. En la mirada de quienes dirigieron aquella gran gesta obrera y campesina, la URSS fue siempre una forma transitoria hacia el sistema socialista, una trinchera de lucha por la revolución socialista internacional. Ni Lenin ni Trotsky consideraron nunca a la URSS como otra cosa. Graficando esa concepción, el autor de La revolución traicionada señalaba que

… el problema histórico de “¿Quién vencerá?”, no puede resolverse dentro de las fronteras nacionales (…) los éxitos o los fracasos del interior no hacen más que preparar las condiciones más o menos favorables para su decisión en la arena mundial [4].

Mosquera pasa por encima de la historia, omitiendo las múltiples discusiones sobre estrategia revolucionaria que cruzaron el marxismo en el siglo XX. ¿O acaso pueden obviarse las polémicas sobre la teoría de la revolución permanente de Trotsky y aquella otra, ilusoria –de matriz stalinista-bujarinista– que proponía el socialismo en un solo país? [5]

La “cierta idea” de socialismo que presenta se corresponde, esencialmente, con aquella que transmitió el stalinismo a la historia. Los cultos al Estado y al Partido (con mayúsculas) fueron productos casi lógicos de la burocratización de la URSS. Ilustrando esa identidad entre socialismo y Estado, el VII Congreso de la Internacional Comunista burocratizada definía en sus resoluciones que

… bajo la dirección del Partido Comunista (bolchevique) de la Unión Soviética, y como resultado de haber llevado a cabo la reconstrucción socialista de la economía nacional (…) se ha conseguido el triunfo definitivo e irrevocable del socialismo en la URSS y el fortalecimiento del Estado de la dictadura del proletariado en todos sus aspectos [6].

Las páginas de La revolución traicionada sirvieron para denunciar aquella farsa discursiva: “La victoria completa del socialismo ha sido anunciada varias veces durante los últimos años en la URSS, bajo formas particularmente categóricas” (p.77). Irónica y precisa, la pluma de Trotsky se negó a aceptar esa identidad entre la forma concreta del Estado soviético y el socialismo.

Estados alterados

Agosto de 1917. Rusia. Posiblemente uno de los meses más calientes de la historia mundial. Desde la clandestinidad, Lenin escribe El Estado y la revolución.

El problema de la actitud de la revolución socialista del proletariado hacia el Estado adquiere (…) la importancia de un problema actual en extremo urgente, el problema de explicar a las masas que deberán hacer en breve, para liberarse del yugo del capital [7].

La cita no resulta ociosa. El problema del Estado es, para toda teoría política revolucionaria, cardinal. El editor de Jacobin presenta una revisión crítica de la teoría marxista del Estado. Análisis que, como veremos, tiene consecuencias de actualidad.

Engels había legado el pronóstico de que el Estado comenzaría a desaparecer cuando expropiara a la burguesía. Hoy se debe rechazar sin miramientos esa predicción ingenua (…) una de las tareas fundamentales del socialismo del siglo XXI es determinar las formas institucionales duraderas de un poder político democrático, en lugar de suponer que solo se requiere de un poder de excepción de corto plazo que se irá extinguiendo para dejar su lugar a un autogobierno social sin mediaciones institucionales (p. 10).

El fundador del socialismo científico no realizaba ninguna “predicción”. Definiendo al Estado como un órgano de opresión con carácter de clase, ensayaba una hipótesis teórica sobre la dinámica posrevolucionaria. Polemizaba, en las páginas del Anti-Düring, contra un intento de volver a un socialismo basado en preceptos moralistas [8], que rechazaba mirar la realidad a la luz de antagonismos de clase. Pero corría 1878: la Comuna de París ya había probado que el proletariado puede apropiarse del poder en la práctica. Retroceder en la teoría era desarmar a la clase obrera.

Mosquera propone una concepción reformista del Estado capitalista, otorgándole

…una autonomía real al poder estatal –y por lo tanto a las direcciones políticas que lo dirigen–, lo que implica que el Estado nunca es presa de relaciones de fuerza exteriores, sino que actúa sobre ellas, las modela, las constituye como tales, en el mismo grado en que es constituido por ellas (…) Este punto está cargado de profundas consecuencias estratégicas (…) nos devuelve al terreno de la lucha entre proyectos estratégicos antagónicos [9].

Que la política conlleva cierto grado de autonomía es evidente. El marxismo revolucionario nunca afirmó lo contrario. Sin embargo, Mosquera le confiere un carácter casi absoluto, concediendo al poder estatal potestades que van más allá de su carácter de clase. Eso lo conduce a la reivindicación estratégica de los proyectos políticos burgueses de raigambre antineoliberal, que defienden discursivamente el papel del Estado en la economía.

Cabe recordar que, hace solo unos meses, el editor de Jacobin censuraba al Frente de Izquierda por tener una mirada “sectaria” sobre el Gobierno de Alberto Fernández y Cristina Kirchner [10]. En ese entonces, el Frente de Todos aún desplegaba una vaga retórica contra el capital financiero internacional. Eso es una evocación ya demasiada lejana. Hoy, acuerdo con el FMI mediante, ¿qué opina?

La extinción del Estado

Caminando en la ventosa cornisa de la revolución, Lenin complejizaba la definición marxista del Estado, distinguiendo el “aparato administrativo” del aparato “represivo y de opresión”. Escrito semanas antes de la conquista del poder, en “¿Podrán los bolcheviques mantenerse en el poder?”, señalaba:

Además del aparato de “opresión” por excelencia –el Ejército regular, la Policía y la burocracia–, el Estado moderno tiene un aparato que está íntimamente ligado con los bancos y los consorcios, un aparato que realiza, si vale la expresión, un vasto trabajo de contabilidad y registro. Este aparato no puede ni debe ser destruido. Lo que hay que hacer es arrancarlo del control de los capitalistas (…) hay que subordinarlo a los soviets proletarios [11].

Los soviets (consejos en ruso) emergieron durante la marea revolucionaria de 1917. Organismos de autoorganización que se constituyeron inicialmente como un doble poder [12], pronto su fisonomía habilitó que devinieran “soporte” de una nueva estructura estatal. Las masas de obreros, soldados y campesinos podían ejercer la administración de un sistema que, por ejemplo, incluía bancos, consorcios y servicios postales. Eran, al mismo tiempo, baluarte del nuevo poder en la medida en que se armaban para defenderse. En ese terreno, conforman también un nuevo aparato represivo: el de la inmensa mayoría de la población contra la minoría capitalista y terrateniente, la dictadura del proletariado. En esa dinámica, el Estado obrero como herramienta de dominación y opresión podía “comenzar a extinguirse”.

La consolidación de ese nuevo poder estaba inescindiblemente ligada al desarrollo de la democracia más amplia entre los productores. De allí la que la URSS inicialmente estableciera el voto universal dentro de los soviets para el conjunto del pueblo trabajador, restringiéndolo solo a la minoría de terratenientes y capitalistas.

Sin embargo, esa dinámica no podía abstraerse del desarrollo económico y social. Ningún régimen puede estabilizarse en un escenario de pobreza y decadencia social. Si este precepto aplica a Estados capitalistas, lo hace aún más para el caso de un Gobierno surgido de una revolución popular, donde el poder es ejercido por quienes nunca lo han hecho antes: los trabajadores y el pueblo pobre. Atrasada social y económicamente, la Unión Soviética unía su destino al mundo. La hipótesis de extinción del Estado que había ilustrado Lenin en las páginas de El Estado y la revolución solo podía desplegarse en condiciones de un crecimiento económico que garantizara abundancia creciente para satisfacer las necesidades de las grandes masas [13]. Pero ese escenario era irrealizable en los marcos de este Estado nacional. El mismo Trotsky señalaba que

Partiendo únicamente de la teoría marxista de la dictadura del proletariado, Lenin no tuvo éxito (…) en la elaboración de todas las conclusiones necesarias en cuanto al carácter del Estado de atraso económico y aislamiento del país (…) Esta subestimación manifiesta de las dificultades inminentes se explica porque el programa se fundaba enteramente y sin reservas sobre una perspectiva internacional [14].

Resulta imposible desplegar aquí un balance, incluso parcial, de los Estados obreros que ocuparon parte del mapa mundial en el siglo XX. Cabe consignar, sin embargo, que la revolución socialista –incluso aquella impulsada por el aparato stalinista– no se impuso en países avanzados. Fue, de conjunto, una experiencia acontecida en países económicamente atrasados y dependientes. Ese límite no puede ser ignorado al momento de elaborar conclusiones globales.

¿Hubiera sido otro el destino de las ideas socialistas en caso de una revolución triunfante en Alemania de 1923? ¿Qué hubiera acontecido si las masas italianas lograban superar a la dirección del Partido Comunista a la salida de la Segunda Guerra Mundial y un ascenso de masas revolucionario [15] sacudía el centro del continente europeo? Este tipo de interrogantes casi no tienen cabida en las páginas de Jacobin [16].

Oh, melancolía…

En un intento de cruzar pasado y futuro, Mosquera señala:

Si la izquierda quiere disputarle el futuro al capitalismo tiene que volver a asociarse con la proyección estimulante de las fuerzas sociales hacia una vida más rica, multifacética e interesante. (…) Debe revivir la confianza prometeica que en algún momento tuvo la clase trabajadora en su capacidad para apropiarse del mundo... (p. 13).

La mirada de Mosquera elude un balance global del siglo XX. Siglo marcado por múltiples revoluciones y procesos revolucionarios. Pero es imposible mirar ese pasado sin leer críticamente el accionar de grandes aparatos, como los partidos comunistas europeos o los nacionalismos burgueses en los países atrasados. Durante décadas, triunfos revolucionarios en países atrasados –como China o Cuba– no se convirtieron en fortalezas para desarrollar la lucha de clases a nivel internacional. Menos aún para extenderla al corazón de las grandes potencias imperialistas. Cuando, a fines de los 60, la revolución llegó al centro de Europa, los grandes aparatos reformistas actuaron frenando su despliegue [17].

Ese fracaso abrió paso al ciclo neoliberal. Las derrotas condujeron a la fragmentación de la clase trabajadora; a su debilitamiento estructural, que se acompañó de un retroceso ideológico y cultural. La conciencia política se movió hacia atrás, permeada por el ascenso del individualismo. En este período tampoco fueron inocuos los partidos reformistas de la clase obrera. El poder capitalista caminó un sendero pavimentado de traiciones: socialdemócratas y comunistas trabajaron para desmovilizar y paralizar al movimiento obrero [18].

La melancolía conlleva un riesgo: no saber con precisión qué se añora. Enzo Traverso llega a señalar que

… la melancolía de izquierda no significa necesariamente una nostalgia por el socialismo real y otras formas arrasadas por el estalinismo. Más que un régimen o una ideología, el objeto perdido puede ser la lucha por la emancipación como una experiencia histórica que merece recordarse y tenerse en cuenta a pesar de su frágil, precaria y efímera duración [19].

La melancolía de izquierda que despliegan Mosquera y Jacobin se acerca a esa mirada. Un enfoque que reivindica el pasado de “brillo” de las ideas comunistas, casi como una totalidad inescindible. Pero esa mirada melancólica aparece como un obstáculo a la hora de las lecciones estratégicas: el “fracaso” de las ideas socialistas se torna una abstracción por fuera de los resultados de la lucha de clases.

Imaginarios del futuro, posibilismos del presente

Proponiendo una perspectiva, Mosquera señala

Quedan planteadas, entonces, cuestiones programáticas fundamentales para el caso en que se reabran procesos de transición al socialismo en nuestra época. ¿Qué relación entre el plan y el mercado? ¿Cuál nivel de centralización y cuál de autonomía de gestión de los productores en los lugares de trabajo? ¿Qué Estado necesitamos? ¿Qué relación entre las experiencias de “democracia desde abajo” y las formas de centralización representativa? (p. 9).

A este listado cabe agregar una pregunta fundamental: ¿cuál es el camino para que se “reabran procesos de transición al socialismo”?, pregunta que remite, indefectiblemente, a otra: ¿cuáles son los sujetos –políticos y sociales– que podrían abrir esos procesos y por qué medios?

Las concepciones presentadas por Mosquera empiezan a corporizarse. Analizando los procesos de movilización de los últimos años, consigna que

… las clases populares son capaces de irrumpir explosivamente en la esfera pública, derrumbar gobiernos o incluso regímenes de largas décadas (…) pero rápidamente llegan a un punto muerto: simplemente no saben cómo continuar (…) las experiencias de canalización institucional de estas movilizaciones (el ciclo progresista en América Latina, las candidaturas de Bernie Sanders y Jeremy Corbyn, el cambio constitucional en Chile), aun con sus aspectos positivos, están muy lejos del objetivo de implantar una alternativa social y política al capitalismo entre las clases populares” (p. 9).

La equiparación entre los procesos revolucionarios –incluso aquellos derrotados, como Chile del 73– y los gobiernos o corrientes de centroizquierda actuales resulta más que arbitraria. No es preciso caminar muy lejos para encontrarse con las enormes limitaciones políticas y programáticas de los fenómenos latinoamericanos [20]. Pero si los límites subjetivos de la lucha de masas resultan un hecho ineludible [21], los procesos reivindicados por Mosquera son parte esencial de la construcción de esos límites.

La “canalización institucional” ha sido y sigue siendo un proceso de pasivización del movimiento de masas. La experiencia latinoamericana de las últimas décadas confirma esa dinámica, con corrientes políticas que –en diversas variantes y modalidades– actuaron como frenos al despliegue de tendencias agudas en la lucha de clases. Construidos como parte de esa mecánica política, los discursos de tinte socialista o antiimperialista, funcionaron como placebos ideológicos, consagrados a frenar el descontento social, mientras las políticas concretas se detenían ante el umbral de la propiedad privada capitalista.

El Estado burgués, aun en su versión “progre”, estuvo lejos de la autonomía real declamada teóricamente por Mosquera. Sobre las limitaciones de esos procesos políticos se construyó la reemergencia de las derechas golpeadas por la movilización de masas o desplazadas electoralmente en años previos [22]. El nuevo ciclo político de Gobiernos progresistas en la región camina la gestión desde esos enormes límites.

Entrada la tercera década del siglo XXI, parece evidente que el Estado capitalista no puede ser impulsor de una perspectiva socialista. Ese camino solo puede ser reanudado por una alianza política y social de la clase trabajadora y el pueblo pobre, en abierta oposición a ese Estado que sigue funcionando, esencialmente, como el “comité ejecutivo de los negocios capitalistas”. En esa dinámica, la conquista de la independencia política por parte de las mayorías explotadas y oprimidas aparece como un elemento esencial. Esto, necesariamente, debe traducirse en un partido que plantee una estrategia socialista y revolucionaria.

¿Volver al futuro? ¿A qué futuro?

En las primeras décadas del siglo XX, la revolución emergió de la catástrofe. Del drama gigantesco de la Primera Guerra Mundial y de la decadencia infinita que, en los años 30, empujaba hacia la Segunda. Frente a esa barbarie, la existencia de la Revolución rusa alimentó la esperanza de futuro que acompañaba los combates de la clase obrera y el pueblo pobre. Lejos de una visión puramente evolucionista como la que sostuvo la socialdemocracia [23], el horizonte de caos era un potente motor para la lucha por transformar el mundo de raíz.

La apertura de “procesos de transición al socialismo” dependerá de múltiples circunstancias. La decadencia económica del capitalismo se acompaña de tendencias crecientes al enfrentamiento geopolítico entre grandes potencias. La guerra de Ucrania aparece como un violento capítulo de esa novela. Hace ya tiempo, Lenin definió a la imperialista como una época de crisis, guerras y revoluciones. La realidad se empeña en darle, cada vez más, la razón.

Sin embargo, aquel optimismo hacia el futuro también estaba permeado por las enormes potencialidades técnicas que el capitalismo había implicado. Aquellas “maravillas mucho mayores que las pirámides de Egipto”, según había escrito Marx a mediados del siglo XIX. Hoy resulta evidente que ese dominio, en manos del capital, conduce a una anarquía destructiva del planeta y la vida humana. Sin embargo, es posible y necesario liberar las formidables potencias de la tecnología de la traba que impone la propiedad privada capitalista. Esa perspectiva es la que puede permitir divisar un horizonte de futuro distinto, donde la impotencia y el escepticismo no ganen la conciencia de millones.

Un horizonte donde la técnica avanzada permita reducir crecientemente la jornada laboral, conquistando tiempo libre para el ocio y el disfrute pleno de la vida. Uno donde las conquistas en el terreno de las comunicaciones y el big data permitan una planificación racional [24] del conjunto de la producción, organizada en función de las necesidades de las grandes mayorías, no del lucro capitalista. Un horizonte así solo puede abrirse paso por encima de los misérrimos intereses de la clase capitalista. Ese abrirse paso tendrá, necesariamente, el rostro de la revolución social.

 
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